Pueblos originarios y mujeres
Por Pacho O'Donnell | Imágenes: Archivo
Sin duda los primeros postergados en nuestro territorio, también en nuestra historia oficial, han sido y continúan siendo los pueblos originarios. En tiempos de la Conquista española sufrieron el inhumano despotismo de la codicia, hoy son víctimas de la miseria y de la discriminación en un país latinoamericano en el que el 90 por ciento de los niños que aparecen en las campañas publicitarias son rubios y la mayoría de ellos tiene ojos claros.
Las noticias que el extremeño Núñez de Balboa hizo llegar del descubrimiento, el 25 de septiembre de 1513, del Mar del Sur (océano Pacífico), se difundieron por toda España y se supieron también en Portugal. El entusiasmo por haber descubierto un nuevo y promisorio continente no mermó el deseo de llegar a Oriente y traspasar esa inmensa barrera que se oponía.
Los portugueses no dudaban de la existencia de un paso que uniera ambos océanos, sobre todo después de las revelaciones del viaje de Vespucci de 1502 y de Gonzalo Coelho desde 1503 a 1506 al litoral marítimo sudamericano. Decididos a no dejarse ganar de mano otra vez por su vecina ibérica, despacharon clandestinamente una expedición a cargo de Nuño Manuel y Cristóbal de Haro que debía recorrer la costa del actual Brasil hasta hallar el paso interoceánico anunciado por los citados navegantes. Se internaron en nuestro Río de la Plata y exploraron el Paraná Guazú, sin avanzar más allá por el calado de sus naves. Luego regresaron a Portugal con la noticia de que, en efecto, existía un paso interoceánico aunque no habían podido explorarlo en su totalidad.
La novedad se difundió pronto por Europa y el geógrafo alemán Johannes Schöner dibujó en 1515 una carta global en la cual se ve a Sud América dividida a la altura del Río de la Plata por un estrecho que comunica el océano Atlántico con el Pacífico.
En España la noticia del descubrimiento del océano Pacífico por Vasco Núñez de Balboa primero, y el viaje clandestino de Nuño Manuel y Cristóbal de Haro al año siguiente, hicieron comprender a sus reyes que era preciso enviar una armada que se adueñase de ese supuesto paso interoceánico y, luego de franquearlo, extender sus dominios por el oeste de las Indias Occidentales, como llamaban a las nuevas tierras. “Habéis de mirar que en esto ha de haber secreto e que ninguno sepa que yo mando dar dinero para ello ni tengo parte en el viaje”. Esto decía el monarca Fernando de Aragón en sus instrucciones al piloto mayor del reino, Juan Díaz de Solís, en 1515, al enviarlo hacia la América meridional.
La suerte no acompañará a dichos conquistadores europeos pues no les sucederá lo que a Hernán Cortés, a quien Moctezuma y su corte recibirán con honores, convencidos de que eran la encarnación del dios Quetzalcoátl profetizada por los augures aztecas. Tampoco la de Pizarro, quien invadirá el imperio incaico y apresará sin dificultades a su soberano Atahualpa, más ocupado en litigar con su hermano Huáscar que en defenderse de los intrusos.
Nuestros querandíes o pampas, a quienes la historia oficial trata de salvajes poco menos que animalizados, deben ser reconocidos como más sagaces que los incas y los aztecas ya que no confundieron a los españoles con dioses y no dudaron de que se trataba de enemigos. No se dejaron impresionar por aquellas naves descomunales, más imponentes que sus piraguas, tampoco por aquellas pieles rígidas que refulgían al sol como la plata que los conquistadores imaginarían abundante en esa tierra nueva.
Los mataron luego de incitarlos al desembarco tentándolos sagazmente desde la orilla con agua, frutas y peces, preciadísimos luego del prolongado y azaroso cruce del océano. El cronista Herrera, integrante de la expedición, relató que “los indios tomando a cuestas a los muertos, y apartándoles de la ribera hasta donde los del navío los podían ver, cortaban las cabezas, brazos y pies, asaban los cuerpos enteros y se los comían”.
Cabe dudar de estos relatos acerca del canibalismo, que se repetirán a lo largo de toda la Conquista con escasas confirmaciones y que tenían por objetivo horrorizar a los europeos y así justificar las intervenciones “civilizadoras” que provocaron la casi extinción de los habitantes americanos.
Las versiones de la muerte de aquellos primeros españoles que se atrevieron a hollar las tierras de lo que hoy es nuestro país han sido siempre expuestas por nuestra historia oficial con solidaridad hacia los intrusos y con aversión hacia los defensores, lo que constituirá el acto inicial del drama de una Argentina siempre pensada desde los otros, desde intereses distintos y muchas veces antagónicos a los nacionales, en particular de sus mayorías populares.
Según mentas de la época los querandíes apresaron a un soldado de apellido Salcedo que paseaba desprevenido por la orilla del río y lo ahogaron cuidadosamente. Luego lo tendieron sobre la orilla y acuclillados a su lado, en silencio, aguardaron. A las pocas horas comprobaron que Salcedo no resucitaba y que su cadáver comenzó a descomponerse con pestilencia. Como si fuera uno de ellos.
Un coro de alaridos de guerra se elevó hacia el cielo: los llegados del mar no eran dioses. Ya sabían a qué atenerse.
LA POSTERGACIÓN FEMENINA
Otro relegamiento en nuestra historia oficial, que se reproduce en la actualidad a pesar de la vocación de cambio, es el de la mujer. Solo en los tiempos modernos, y todavía con retaceo, ha habido reconocimiento hacia algunas de ellas como Julieta Lanteri, Alicia Moreau de Justo y, sobre todo, Eva Perón. En la época de nuestras guerras independentistas pueden rescatarse, como lo he hecho en anteriores publicaciones, a Juana Azurduy, las “Heroicas Cochabambinas” y “la Delfina”.
La postergación femenina era, justamente, el tema del reclamo de Isabel de Guevara, integrante de la expedición de Pedro de Mendoza –primer fundador de Buenos Aires– a la reina de España, a quien escribe veinte años después de la fracasada expedición:
“Muy Alta y poderosa Señora:
A esta provincia del Río de la Plata, con el primer gobernador de ella, Don Pedro de Mendoza, hemos venido ciertas mujeres entre las cuales ha querido mi ventura que fuese yo la una. Y como la armada llegase al puerto de Buenos Aires con mil e quinientos hombres y les faltase el bastimento, fue tamaña el hambre, que a cabo de tres meses murieron los mil [...] Vinieron los hombres en tanta flaqueza que todos los trabajos cargaban a las pobres mujeres, así en lavarse las ropas como en curarles, hacerles de comer lo poco que tenían, a limpiarlos, hacer centinela, rondar los fuegos, armar las ballestas cuando algunas veces los indios les venían a dar guerra, poner fuego a los versos y a levantar los soldados, los que estaban para ello, dar alarma por el campo a voces, sargenteando y poniendo en orden los soldados. Porque en este tiempo, como las mujeres nos sustentamos con poca comida, no habíamos caído en tanta flaqueza como los hombres. [...] He querido escribir esto y traer a la memoria de V.A. para hacerle saber la ingratitud que conmigo se ha usado en esta tierra, porque al presente se repartió por la mayor parte de lo que hay en ella, así entre los antiguos como entre los modernos, sin que de mí y de mis trabajos se tuviese ninguna memoria, y me dejaron de fuera sin me dar indios ni ningún género de servicios”.
No fue la única en demostrar valor: en España, don Alvar Núñez Cabeza de Vaca, el indómito aventurero que había caminado América desde el Atlántico hasta el Pacifico y desde la Florida hasta Asunción, había sido condenado a la pérdida de su adelantazgo y no tenía por sus capitulaciones el derecho a nombrar sucesor.
Está vacante el título y se lo adjudica, el 22 de julio de 1547, el extremeño Juan de Sanabria, pariente de Hernán Cortés. Pero muere antes de emprender el viaje y le sucede en el título su hijo Diego, que no se dio prisa en embarcarse no obstante el impulso que a la empresa daba su madre, doña Mencia Calderón. Finalmente, ante la prolongación de la demora, la decidida doña Mencia zarpó en abril de 1550 solo acompañada de sus hijas mujeres y algunas doncellas que aspiraban a casarse con residentes en Asunción, además de varios marinos a cargo de la navegación. Uno de los pilotos de la expedición escribiría al príncipe Felipe: “[En las naves] venían cincuenta mujeres casaderas y doncellas para poblar la tierra. Mandaba Vuestra Alteza, por su Consejo Real de Indias, que trajera esta gente y señoras y las mujeres doncellas al Río de la Plata y las entregase todas al gobernador”.
Las naves naufragan en una borrasca atlántica y quienes logran sobrevivir van a dar al puerto brasileño de San Vicente. Su gobernador, Thome de Souza, retiene contra su voluntad a las españolas durante catorce meses. Finalmente, doña Mencia logra huir con sus hijas y algunas de las doncellas y emprenden el largo y dificultoso camino a Asunción.
Durante el viaje atravesando selvas y trepando montañas sufren penalidades sobrehumanas, acosadas por indios que ya han aprendido que los blancos son sus enemigos mortales y por enfermedades desconocidas ante las cuales sus organismos no tienen defensas. No pocas murieron de enfermedad, hambre, sed y fatiga, también de heridas de flecha o lanza que provocaban siniestras infecciones.
En marzo de 1556, seis años después de haber salido de España, algunas consiguieron llegar a Asunción, doña Mencia entre ellas. Fueron recibidas con admiración por su epopeya y con entusiasmo por los casaderos. Fue así que doña Mencia de Sanabria, hija de doña Mencia, se casaría con Hernando de Trejo y serían padres de fray Hernando de Trejo y Sanabria, obispo de Tucumán y fundador de nuestra Universidad de Córdoba; años más tarde, viuda, volvería a casarse con Martín Suárez de Toledo, el compañero de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, de cuya unión nacería Hernando Arias de Saavedra, conocido como “Hernandarias”, futuro caudillo del Plata.
EL PAPA BORRACHO Y EL REY LOCO
Las ordenanzas reales preferían el término “pacificación” al de “conquista”: “E mandamos q. estos asientos no se den con título e nombres de conquistas, pues aviendose de hazer con tanta paz e caridad como deseamos, no queremos q. el nombre dé ocasión ni color para q. se pueda hazer fuerza ni agravio a los indios”.
La pacificación empezaba con un discurso dirigido a los indios. El capitán de la entrada o expedición, o quien él designara, debía requerirles, previamente a la lucha, que en paz aceptaran el señorío del Rey, dueño de aquellas tierras por gracia y donación del Papa. Juan de Oviedo, veedor de minas y fundiciones de oro en la expedición de Pedrarias Dávila, nos da una versión completa del documento que se debía leer en lengua castellana a los indígenas de todo el territorio americano. Es de imaginar lo que habrán comprendido...
“De parte del muy alto e muy poderoso e muy católico defensor de la Iglesia, siempre vencedor y nunca vencido el Grand Rey Don Fernando (quinto de tal nombre), Rey de la España, de las dos Secilias e de Hierusalem, e de las Indias, islas y Tierra-Firme del Mar Océano, etc., domador de las gentes bárbaras; e de la muy alta e muy poderosa señora la Reyna Doña Johana; su muy cara e muy amada hija, nuestros señores: Yo, Pedrarias Dávila, su criado, mensagero e capitán vos notifico e hago saber, como mejor puedo, que Dios, Nuestro Señor, uno e trino crió el cielo e la tierra, e un hombre e una muger, de quien vosotros e nosotros e todos los hombres del mundo fueron e son descendientes e procreados, e todos los que después de nos han de venir...”
El amonestador sigue “explicando” a los indios el origen de la autoridad del Papa y de cómo este le hizo donación al Rey de España de las nuevas tierras descubiertas por Colón. Les ruega y requiere que presten su pacífica obediencia a la Iglesia, al Papa y a ellos, comprometiéndoles, en cambio, todos los beneficios de su buena voluntad. Si la sumisión exigida no fuese la respuesta, el documento no ahorra ásperas amenazas de guerra y esclavitud, que inevitable y fatalmente era lo que seguía a la lectura. Cuando la misma llegaba a realizarse.
El padre Bartolomé de las Casas cuenta que cuando los españoles querían asaltar un pueblo indígena marchaban en silencio hasta llegar a muy corta distancia. “Y allí aquella noche entre sí mismos, en susurros, se apregonaban o leían el dicho requerimiento diciendo: ‘Caciques y indios de esta tierra firme, de tal pueblo, hacemos os saber que hay un Dios, y un Papa, y un Rey de Castilla, que es señor de estas tierras, venid luego a le dar obediencia, etc., y si no, sabed que os haremos guerra y mataremos y captivaremos...’”.
Si, excepcionalmente, los intérpretes facilitan la comprensión a los indios, éstos, según el citado Oviedo, saben responder con burlas y amenazas a los términos del documento: “ Respondiéronme: que en lo que decía que no había sino un Dios y que este gobernaba el cielo e la tierra y que era señor de todo, que les parecía bien y que así debía ser, pero en lo que decía que el Papa era Señor de todo el universo en lugar de Dios, y que él había hecho merced de aquella tierra al Rey de Castilla, dijeron que el Papa debiera estar borracho cuando lo hizo, pues daba lo que no era suyo; y que el Rey que pedía y tomaba tal merced, debía ser algún loco, pues pedía lo que era de otros”.
PALO SANTO
En 1530 Girolamo Fracastoro, médico y erudito italiano, publicó su libro Syphilo, que bautizó a la hasta entonces poco conocida enfermedad que asolaba Europa. Como muchas obras de medicina de la época, estaba escrita en forma de poema.
Syphilo, indio americano, libra una imposible batalla contra la enfermedad, y ruega a los dioses que le traigan un bálsamo que lo cure. Estos hacen crecer el “guayacán”, árbol milagroso cuya resina bebida en tisana le devuelve la salud perdida.
A don Pedro de Mendoza no lo mueve el afán de riquezas, que ya posee. Ni el de prestigio, que le sobra a la casa de Mendoza, a la que pertenece también el célebre marqués de Santillana. Tampoco el de gloria, pues ya la ha conquistado durante las guerras de Italia.
El Capitán atraviesa el océano asesino, plagado de borrascas y piratas, al mando de once navíos y 1200 hombres, en busca del “palo santo” o “guayacán” con el que curar su avanzada sífilis. Ese tormento que lo hace arder en fiebre y retorcerse en dolores sobre su jergón.
Lo que su médico, don Hernando de Zamora, no ha tenido en cuenta es que se trata de una planta tropical, jamás hallable en los australes dominios del Río de la Plata.

