Taty Almeida
Por Gilda Fantin | Imágenes: Archivo
Hay personas que terminan formando parte de la historia de un país. No porque lo hayan buscado, sino porque las circunstancias las empujaron a convertirse en símbolo. Ese fue el caso de Taty Almeida, una mujer que transformó el dolor más profundo que puede atravesar una madre en una lucha colectiva que marcó para siempre la historia argentina.
Este 14 de junio, a los 95 años, murió una de las voces más emblemáticas de los derechos humanos en Argentina. Su partida deja un vacío difícil de llenar, pero también un legado que atraviesa generaciones y que seguirá vivo en cada reclamo por memoria, verdad y justicia.
Taty Almeida no nació militante. Tampoco imaginó que un día se convertiría en una de las referentes más respetadas de la defensa de los derechos humanos. Durante gran parte de su vida fue docente, madre y esposa. Había crecido en una familia estrechamente vinculada al ámbito militar. Su padre era oficial de Caballería, su hermano llegó a ser coronel y varias de sus hermanas estaban casadas con militares. La política parecía estar lejos de su vida cotidiana.
Sin embargo, la historia tenía preparado otro destino.
El 17 de junio de 1975 desapareció su hijo, Alejandro Martín Almeida. Tenía 20 años, estudiaba Medicina, trabajaba en la agencia Télam y militaba políticamente. Fue secuestrado por integrantes de la Triple A, la organización parapolicial que sembró terror en los años previos a la última dictadura militar. A partir de ese momento comenzó una búsqueda que nunca terminó. Como miles de madres argentinas, recorrió comisarías, oficinas estatales, cuarteles y despachos oficiales buscando respuestas. Se enfrentó al silencio, a la indiferencia y a la impunidad. Lo que en un principio fue una búsqueda individual terminó convirtiéndose en algo mucho más grande.
En 1979 comenzó a participar de las rondas de las Madres de Plaza de Mayo. Allí encontró mujeres atravesadas por el mismo dolor. Cada jueves caminaban alrededor de la Plaza de Mayo reclamando la aparición de sus hijos. Con sus pañuelos blancos lograron convertirse en un símbolo reconocido en todo el mundo. Taty encontró en esas rondas una nueva familia y una nueva razón para seguir adelante.
Con el paso de los años se convirtió en una de las referentes más importantes de las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Su voz comenzó a escucharse en escuelas, universidades, centros culturales, marchas y actos públicos. Nunca dejó de transmitir el mismo mensaje: la memoria no es una cuestión del pasado, sino una responsabilidad del presente.
Quizás una de las características que más la distinguió fue su capacidad para acercarse a las nuevas generaciones. No hablaba desde un pedestal. Escuchaba, abrazaba, compartía experiencias y construía puentes. Miles de jóvenes conocieron la historia reciente argentina a través de sus palabras.
Su lucha tampoco quedó reducida a la búsqueda de Alejandro. Siempre insistió en que los desaparecidos no eran historias aisladas, sino parte de un plan sistemático de persecución y exterminio. A lo largo de más de cuatro décadas sostuvo una militancia constante, incluso cuando la edad avanzaba y las fuerzas parecían agotarse. Nunca abandonó las calles ni los espacios de encuentro.
Entre los objetos más valiosos que conservó durante toda su vida estuvieron los escritos de su hijo. Tiempo después de su desaparición encontró una agenda donde Alejandro había dejado reflexiones, poemas y pensamientos sobre la realidad social. Aquellas páginas le permitieron descubrir aspectos desconocidos de su hijo y mantener vivo su recuerdo. Décadas más tarde publicó esos textos en el libro "Alejandro, por siempre amor".
La historia de Taty Almeida es, en definitiva, la historia de una transformación. Durante años repitió una frase que terminó convirtiéndose en una bandera: "La única lucha que se pierde es la que se abandona". Esa convicción la acompañó hasta el final.
Su muerte ocurre en un momento en el que gran parte de las históricas Madres y Abuelas de Plaza de Mayo ya no están físicamente presentes. Sin embargo, la huella que dejaron continúa viva en cada joven que se acerca a conocer la historia, en cada acto por el 24 de marzo y en cada pañuelo blanco.
Argentina despide a una referente indispensable. Las grandes luchas no terminan con la muerte de quienes las protagonizan. Taty Almeida logró que su historia trascendiera su propia vida. Convirtió una tragedia personal en una causa colectiva y dejó una enseñanza que atraviesa generaciones: que incluso frente al dolor más devastador, la memoria, la verdad y la justicia pueden convertirse en una forma de resistencia.
Hoy su voz se apaga. Su legado, en cambio, seguirá caminando junto a quienes se niegan a olvidar.

