Nelly Omar
Por Mariana Fossati | Imágenes: Archivo
Esta historia puede empezar a contarse en la década del 10 del siglo pasado, con un billete de lotería ganador comprado por un inmigrante genovés en Guaminí. Todavía estaba latente el recuerdo de las corridas, el arrebato de la vida y el territorio a los legítimos habitantes de esas tierras, el pueblo mapuche que le dio nombre a la ciudad destacando la isla de la Laguna del Monte, que posee varias especies de árboles que son raros de ver en la llanura. El nombre Guaminí proviene de dos palabras en lengua mapudungun “wapi” y “ponwi” que podrían traducirse como "dentro de la isla".
Apagado a sangre y Winchester el eco de los malones, ese fortín se fue convirtiendo en ciudad. Ahí recaló el italiano Marcos Vattuone, el que compró el billete ganador y usó el premio para convertirse en el dueño de la Estancia La Atrevida, en la localidad de Bonifacio, a pocos kilómetros de Guaminí. El matrimonio de Marcos y Salustiana Pesoa ya tenía seis hijos y el 10 de septiembre de 1911, nació la séptima: Nilda Elvira, quien con el tiempo sería conocida como la cantora nacional Nelly Omar.
Criada en la llanura bonaerense, la pequeña Nilda se metía a escondidas en la cocina de la peonada donde escuchaba las guitarras, las milongas que cantaban en los momentos de descanso. En la discoteca de su padre encontró a los grandes tenores italianos y la ópera. Marcos, el padre, era todo un dandy: usaba un bigote con las puntas prolijamente peinadas para arriba, olía a perfume inglés Atkinsons, usaba una rastra en la cintura con sus iniciales en oro y tenía la sonrisa pintada. Así se iba a Buenos Aires de vez en vez a disfrutar de la noche, los burros y gastarse unos cuantos mangos. Viajaba, se quedaba unos seis meses y cuando Salustiana reclamaba el derroche de sus escapadas teniendo diez hijos que mantener, sólo le contestaba: “el que venga atrás que aré” (así fue, pero para eso falta). No es difícil imaginarse su encuentro con Gardel en esas temporadas en Buenos Aires, en el hipódromo, poniéndose a conversar y compartiendo una copa. De vuelta llevaba los discos del Zorzal para la estancia, así se completó la formación musical de la séptima de sus hijos.
En 1918, Carlos Gardel recaló en Guaminí con Razzano, su compañero de dúo por esos años. Cantó en el teatro de la ciudad en un concierto organizado por Marcos Vattuone. Después de la función, los llevó a su casa –la familia ya estaba instalada en Guaminí- donde los esperaba un balde con hielo y unas cuantas botellas de champagne. Nilda, que andaba por los 7 años, espió aquella reunión y cuando cumplió los 100 se lo contó a Eduardo Valdés en el programa televisivo “Café Las palabras”: “Yo miraba por una persiana y me acuerdo que Gardel tenía una carita redonda, con unas onditas en el pelo, como si fuera un flequillito”. En esa infancia se dejaba deslumbrar por la música y se quedaba cerca cuando sus hermanas mayores tomaban clases de piano, pero su deseo era volar. Los mayores de la familia habían hecho su vuelo de bautismo, el excéntrico Marcos le había prometido a Nilda que ella también podría volar pero no llegó a cumplir: en 1922, a los 45 años, sufrió un paro cardíaco. La película de los Vattuone pegó un volantazo inesperado: se fueron a vivir a Buenos Aires, unos abogados de Bahía Blanca que iban a ayudarles a rematar la estancia los estafaron y se quedaron sin nada. Finalmente, les tocó arriar, pero en la ciudad.
Buenos Aires, 1922
Nilda se empleó en una fábrica de medias y al poco tiempo uno de sus hermanos la empujó al destino de cantora que latía dentro suyo desde los fogones de los peones en Bonifacio. La anotó para cantar en el Club Colegiales sin pedirle permiso y ella que ni consideraba esa posibilidad, lo hizo. De ahí salió su primera contratación por tres días en un teatro, para lo que tuvo que pedirle permiso a su mamá. Estaba dando los primeros pasos de un camino que sería de los más extensos en el mundo: el de una mujer que subió al escenario a los 100 años a dar un concierto.
Pronto eligió un nombre artístico, tomando prestado el de su hermana, “Nelly”, y agregándole uno masculino en honor al poeta Omar Kayan, según cuenta su sobrino en la película sobre la vida de la cantora. Ya como Nelly Omar, y puesta su voz en los escenarios, hasta el mismísimo Ignacio Corsini le ofreció que contara con sus guitarristas cuando necesitase presentarse en vivo. Inevitablemente llegó la radio: en 1932 debutó en el programa de música criolla “Cenizas de fogón” de Splendid. En esos primeros tiempos cantaba con su hermana, a la que le había pedido prestado el nombre, así que no les quedó otra que hacer un intercambio: Nilda era Nelly y Nelly era Nilda. Al estilo de los dúos de cantores, Gardel-Razzano o Magaldi-Noda, las hermanas Omar venían a tomar ese modelo de dos voces para interpretar tangos y canciones criollas.
De a poco Nelly se convirtió en solista, como parte de un universo de cancionistas que integraban Ada Falcón, Azucena Maizani, Mercedes Simone, Rosita Quiroga, Libertad Lamarque, Tita Merello, entre otras. En medio de todas ellas, y desde el comienzo, Nelly Omar fue una intérprete única, más cercana a este tiempo en el decir, sin exageraciones ni inflexiones melodramáticas, fuera del tono agudo que reinaba en muchas de sus colegas y con una naturalidad única para ir y venir del repertorio criollo al tango. Es que había estado en los fogones del campo y también era una mujer de su tiempo, que de muy chica conoció las buenas y las malas de Buenos Aires. En esa ciudad cosmopolita conoció, a través de sus hermanas que trabajaban en la empresa telefónica, a Carola Lorenzini: la pionera de la aviación argentina. Y ahí nomás la encaró y le pidió hacer aquel demorado vuelo de bautismo. No sólo voló por primera vez como acompañante sino que –con el tiempo- empezó a tomar clases para pilotear aviones en Quilmes, donde conoció a una actriz que también trabajaba en la radio. Era Eva Duarte: el tiempo las uniría en la amistad y en el compromiso político.
La popularidad de Nelly Omar en la radio fue tal, que en 1937 ganó –por amplio margen- una encuesta de la revista Caras y Caretas en la que el público elegía a su cancionista preferida. Sin embargo, no llegó a grabar en ese tiempo, ya que su etapa de máxima popularidad coincide con la crisis de la industria del disco de los años `30 en la Argentina. Como deriva del crack de 1929 y la crisis económica mundial, entre 1935 y 1940 las discográficas locales bajaron la producción de discos y muchos artistas que debieron registrar obras no lo hicieron. Nelly fue una de ellas. Recién grabaría en la década siguiente con la orquesta de Francisco Canaro.
En esos años de gran popularidad en la radio, estuvo casada fugazmente. Enseguida se separó, y fue una mujer emancipada, viviendo sola, dueña de su destino. La década del 40 la ubica en escenarios cruciales, la podemos ver junto a Eva Duarte en el acto del Luna Park para recaudar fondos para los damnificados en el terremoto de San Juan. Acto d que el secretario de Trabajo y Previsión Juan Perón se retiró con la actriz de radioteatro y nunca más se separaron hasta que ella murió en 1952.
El tango y el peronismo son dos fenómenos que se desarrollaron juntos en la Argentina de mediados del Siglo XX; también sus protagonistas se entreveraron. En ese territorio que combinaba política y música popular estaba un ex militante radical, creador de FORJA, militante peronista, que era uno de los principales poetas del tango: Homero Manzi. Hubo entre Nelly y él un amor de idas y vueltas. Homero estaba casado. La cantora se ocupó de aclarar varias veces que él era el que estaba enamorado. También contó que la ventana del tango “Sur” (aquella de “y mi amor en tu ventana/todo ha muerto ya lo sé”) era la de su casa o que ella inspiró la letra del clásico “Malena”. Amiga de Evita desde antes de que llevara el apellido Perón, Nelly grabó en 1950 la milonga “La descamisada” y la marcha “El pueblo”. También desde 1950 empezó a grabar como solista. Acompañada por el conjunto de guitarras de Roberto Grela registró 16 fonogramas entre tangos y obras criollas. En 1955 se editó el último de los discos de esta serie con una composición suya -“Pa´ Dumesnil”- con letra de Aníbal Cufré y del otro lado el vals “Que el cielo te proteja”.
En 1951 muere Homero Manzi, días antes el doctor Raúl Matera llamó a Nelly y habilitó su entrada al hospital de madrugada, para que el poeta se despidiera de su musa. A fin de año muere Discépolo y Evita en julio de 1952. El 16 de junio de 1955 la aviación naval bombardeó la Plaza de Mayo, donde murieron 355 civiles. Pretendían matar a Perón, el golpe que finalmente lo derrocó se concretó poco tiempo después. Comenzaba para Nelly la etapa de la prohibición: su grabación de dos obras del cancionero peronista, la amistad con Evita y su propio compromiso la enviaron al silencio. Se lo contó a Eduardo Valdés en la televisión: “Pasé 17 años silenciada por la Fusiladora. Cuando fue el golpe vinieron cinco militares a revisar mi casa, pensaban que yo vivía en un palacio y se encontraron con un departamento de dos ambientes. Tenía un altarcito con las cosas que me había regalado Evita, metieron todo eso en una bolsa rústica de correo y se lo llevaron. Después me di cuenta que se sintieron avergonzados porque habían llevado un notario para registrar lo que habían visto y no pudo anotar nada”.
Caracas, 1955
Prohibida en la Argentina, Nelly buscó trabajar en Uruguay, después en Venezuela. Ganó algo para subsistir, pero volvió. Recién a principios de la década del 70 unos amigos decidieron tomar el riesgo de programarla en un boliche con música en vivo que se llamaba “El rincón de los artistas”. El peronismo seguía proscripto, era probar y ver qué pasaba. Como no tenía ropa adecuada para ponerse, decidió tapar la falta de vestuario con un poncho: en ese acto se resume su origen criollo, la dignidad de haber soportado las casi dos décadas de silenciamiento con estoicismo y la valentía necesaria para retomar el destino del canto. De ahí en más, el poncho fue un símbolo que la acompañó en todas sus actuaciones.
El período más frondoso de la discografía de Nelly Omar se inaugura también a la vuelta de la prohibición. Hasta aquí teníamos los diez registros con Canaro, los dieciséis solistas y los dos del cancionero peronista. La nueva etapa comienza en 1969 con su primer disco de vinilo, “Nelly Omar y su conjunto de guitarras”. Le seguirían nueve long plays más en formato vinilo hasta que llegó su trabajo “La criolla”, un CD que le produjo Gustavo Santaolalla en 2007 junto a las guitarras de Carlos Juárez, cuando la cantora tenía 95 años. Más allá de la interpretación, que la había destacado desde sus primeras apariciones en la radio 70 años antes, escuchar a Nelly en ese disco -a pasos de cumplir los 100 años- es un prodigio de la música popular, la biología y la voluntad.
Luna Park, 2011
En sus últimos años generó lazos con los jóvenes. Fue para muchos de los artistas que revitalizaron el tango desde mediados de los 90 una consejera brava, a veces impiadosa y siempre cercana.
En el Siglo XXI hizo tres conciertos en el Luna Park, el tercero fue para festejar sus 100 años. “Habíamos estado con ella desde las dos de la tarde en el Luna”, dice Carlos Juárez su guitarrista de los últimos años, “y tocamos a las 10 de la noche. No se podía creer que fuera una persona de 100 años”.
“Cantando me he de morir/ cantando me han de enterrar/ y cantando he de llegar al pie del eterno Padre/ desde el vientre de mi madre vine a este mundo a cantar”, recitó mientras las guitarras acentuaban punzantes cada décima, escoltándola, cuidándole las espaldas. Esa noche, las palabras que Hernández le hace decir a Fierro parecieron escritas para ella. Murió en el 2013 a los 102 años, planificando otro Luna Park, soñando con reencontrarse con el público allí donde vio las miradas de Juan y Eva cruzarse por primera vez.
(La historia de Nelly Omar y de otras mujeres del tango se pueden escuchar en el podcast “Ellas estaban primero”)
https://youtube.com/playlist?list=PLD2hW30ldVqK0srPY6M_3kJnG_mqO_xwy&si=_4-Tz6V66Q374cH3
https://open.spotify.com/show/51817Jegg1HeHyfzjTbfwh?si=eqyZazxbTum_cqlKOYeE-g

