Conspiración colonialista

En 1808, un grupo que luego participaría en la Revolución de Mayo –y en el que se destacaba Manuel Belgrano– apoyó un proyecto para que doña Carlota de Portugal extendiera sus dominios al Río de la Plata. Pensaban así matar dos pájaros de un tiro: librarse del yugo español y quedar bajo el ala de Gran Bretaña, hermana mayor de Portugal. No pudo ser.

Por Pacho O'Donnell | Imágenes: Archivo

A pesar de que los jóvenes “alumbrados” Belgrano, Castelli, Vieytes, los hermanos Rodríguez Peña y otros habían conocido durante las invasiones británicas la potencia de la movilización popular, sus proyectos de insurrección contra la metrópoli estuvieron teñidos de elitismo. No pasaron de maniobras cupulares en las que sectores del poder pujaron contra otros sectores del poder, dejando fuera a la plebe, a la que toda la clase “decente”, estuviese a favor o en contra del virrey Baltasar Cisneros, temía. Sin embargo, la Revolución de Mayo solo fue posible por el aporte popular.

Un ejemplo de ello es el proyecto del “carlotismo”. Sucedió que la esposa del emperador del Brasil, la princesa Carlota, era hermana del rey Fernando VII, prisionero de Napoleón, y vio la oportunidad de reivindicar sus derechos, como Borbón, a las colonias americanas.

No solo era el pariente en libertad más próximo a Fernando sino también una posible heredera, pues la ley sálica que impedía reinar a las mujeres, establecida en España en tiempos de Felipe V, había sido abrogada por Carlos IV en ocasión, precisamente, del casamiento de Carlota con Juan de Portugal, con la esperanza de una unión dinástica de las dos potencias peninsulares.

La idea de reclamar las posesiones americanas para doña Carlota fue apoyada por su esposo, pues podía significar la anexión de inmensos territorios a la Corona portuguesa, y también por influyentes criollos rioplatenses que imaginaban una vía de independencia de España aunque se cayese en otra servitud europea. Pero, como ya hemos visto, Gran Bretaña deslumbraba a los jóvenes díscolos de entonces por sus ideas libertarias y Portugal era su aliado subalterno. Tanto era así que su emperador estaba en Río de Janeiro porque así lo había dispuesto el Foreign Office. 

El canciller Souza Coutinho, encargado de la operación, hizo pública una fingida separación conyugal de los soberanos para dar la sensación de que los intereses de Portugal no pesarían en las determinaciones de Carlota. Con esa misma intención se le empezó a dar el tratamiento de “Infanta” española y no el de “Princesa Real” portuguesa, y se la hizo vivir en un palacio de la playa Botafogo en lugar de compartir con su esposo el palacio real de San Cristóbal. 

En aquel setiembre de 1808 dos líneas de influencia británica agitaban la corte de Río de Janeiro: por una parte, el embajador Sydney Smythe, lord Strangford, quien obraba con instrucciones de George Canning, canciller inglés; por la otra, su casi homónimo, el vicealmirante Sydney Smith, jefe de la escuadra, quien actuaba con la independencia acostumbrada de los jefes navales ingleses dando una interpretación personal de la política de su país. 

Con la firma de Carlota y Pedro Carlos, su sobrino —incorporado por los británicos por si la Infanta se mostraba inmanejable—, y dirigido al emperador Juan, se redacta el 19 de agosto el documento básico del carlotismo. Ambos “infantes” representantes de la Casa Real de España suplicaban al regente de Portugal que protegiera su causa “contra la propagación del sistema usurpador de Napoleón por ser los más inmediatos deudos del rey de España a fin de asegurar sus derechos combinándose con las fuerzas inglesas, portuguesas y españolas para impedir que los franceses practiquen en América las mismas violencias y sublevaciones que cometieran contra casi toda Europa, interesando al almirante de Inglaterra para que disponga sus fuerzas navales y proteja el Río de la Plata [...] franqueándoles recursos y avisos a los jefes, autoridades y magistrados en estos dominios”.

Foto 2

A pesar de que los jóvenes “alumbrados” Belgrano, Castelli, Vieytes, los hermanos Rodríguez Peña y otros habían conocido durante las invasiones británicas la potencia de la movilización popular, sus proyectos de insurrección contra la metrópoli estuvieron teñidos de elitismo. No pasaron de maniobras cupulares en las que sectores del poder pujaron contra otros sectores del poder, dejando fuera a la plebe, a la que toda la clase “decente”, estuviese a favor o en contra del virrey Baltasar Cisneros, temía. Sin embargo, la Revolución de Mayo solo fue posible por el aporte popular.

Un ejemplo de ello es el proyecto del “carlotismo”. Sucedió que la esposa del emperador del Brasil, la princesa Carlota, era hermana del rey Fernando VII, prisionero de Napoleón, y vio la oportunidad de reivindicar sus derechos, como Borbón, a las colonias americanas.

No solo era el pariente en libertad más próximo a Fernando sino también una posible heredera, pues la ley sálica que impedía reinar a las mujeres, establecida en España en tiempos de Felipe V, había sido abrogada por Carlos IV en ocasión, precisamente, del casamiento de Carlota con Juan de Portugal, con la esperanza de una unión dinástica de las dos potencias peninsulares.

La idea de reclamar las posesiones americanas para doña Carlota fue apoyada por su esposo, pues podía significar la anexión de inmensos territorios a la Corona portuguesa, y también por influyentes criollos rioplatenses que imaginaban una vía de independencia de España aunque se cayese en otra servitud europea. Pero, como ya hemos visto, Gran Bretaña deslumbraba a los jóvenes díscolos de entonces por sus ideas libertarias y Portugal era su aliado subalterno. Tanto era así que su emperador estaba en Río de Janeiro porque así lo había dispuesto el Foreign Office. 

El canciller Souza Coutinho, encargado de la operación, hizo pública una fingida separación conyugal de los soberanos para dar la sensación de que los intereses de Portugal no pesarían en las determinaciones de Carlota. Con esa misma intención se le empezó a dar el tratamiento de “Infanta” española y no el de “Princesa Real” portuguesa, y se la hizo vivir en un palacio de la playa Botafogo en lugar de compartir con su esposo el palacio real de San Cristóbal. 

En aquel setiembre de 1808 dos líneas de influencia británica agitaban la corte de Río de Janeiro: por una parte, el embajador Sydney Smythe, lord Strangford, quien obraba con instrucciones de George Canning, canciller inglés; por la otra, su casi homónimo, el vicealmirante Sydney Smith, jefe de la escuadra, quien actuaba con la independencia acostumbrada de los jefes navales ingleses dando una interpretación personal de la política de su país. 

Con la firma de Carlota y Pedro Carlos, su sobrino —incorporado por los británicos por si la Infanta se mostraba inmanejable—, y dirigido al emperador Juan, se redacta el 19 de agosto el documento básico del carlotismo. Ambos “infantes” representantes de la Casa Real de España suplicaban al regente de Portugal que protegiera su causa “contra la propagación del sistema usurpador de Napoleón por ser los más inmediatos deudos del rey de España a fin de asegurar sus derechos combinándose con las fuerzas inglesas, portuguesas y españolas para impedir que los franceses practiquen en América las mismas violencias y sublevaciones que cometieran contra casi toda Europa, interesando al almirante de Inglaterra para que disponga sus fuerzas navales y proteja el Río de la Plata [...] franqueándoles recursos y avisos a los jefes, autoridades y magistrados en estos dominios”.