ANIVERSARIO

Se cumple un siglo de la novela Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes, una exaltación de las cualidades del hombre de a caballo, desde su bravura hasta sus saberes productivos. En aquellos años, ante el amenazante flujo migratorio, la elite cultural se empeñó en construir el mito del gaucho como expresión de la identidad nacional.

Por Alejandro Caravario | Imágenes: Archivo

En julio de 1926 –se acaba de cumplir un siglo– se publicó por primera vez una de las obras decisivas en la construcción del mito del gaucho como expresión de la identidad nacional, Don Segundo Sombra. Su autor, Ricardo Güiraldes (1886-1927), era un gentleman químicamente puro que pasaba largas temporadas en los salones parisinos. Pero si bien estos ejercicios mundanos alentaron su iniciación artística, la inspiración para su novela la encontró en los campos familiares de San Antonio de Areco. El personaje de don Segundo está basado en un peón de esos pagos, Segundo Ramírez, y el texto es un minucioso recorrido por los hábitos y las arduas faenas de los trabajadores rurales. 

“Don Segundo Sombra, como Martín Fierro, es el gaucho mismo”, saludó efusivamente Leopoldo Lugones la salida del libro, que fue un éxito repentino, en una reseña para La Nación. Hasta entonces, Güiraldes había publicado otras obras con suerte escasa. Entre ellas, el poemario El cencerro de cristal (1915), Cuentos de muerte y de sangre (1915) y Raucho (1917), su primera novela, también de aires camperos y autobiográficos. La consagración que le llega con Don Segundo Sombra coincidió con el deterioro de su salud. Apenas un año después de la publicación murió en París a causa de un cáncer del sistema linfático. 

Aun cuando su perfil lo asocia a los escritores aristocráticos decimonónicos (la literatura como atributo de clase), Güiraldes estaba atento a las noticias culturales de la modernidad. Tuvo relación con los autores vanguardistas de la revista Martín Fierro y codirigió la revista Proa con Jorge Luis Borges –trece años menor que él–, cuya obra recomendó entre sus amigos europeos y a quien consideraba “una sensibilidad llena de lastimaduras”. 

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Sus intereses literarios –y la vocación de apadrinar talentos– lo llevaron cerca de Roberto Arlt, por entonces un joven escritor desconocido que iba de acá para allá con el manuscrito de su primer libro, El juguete rabioso, en busca de editores. Tanto por sus materiales narrativos como por sus orígenes y formación, Arlt era el reverso exacto de Güiraldes. El creador de Don Segundo Sombra lo cobijó en su círculo íntimo y lo ayudó a publicar su novela, que salió también en 1926. Se dice que el título fue una sugerencia de Güiraldes, a quien no le sonaba bien el que había imaginado el autor, La vida puerca. El reconocimiento de Arlt puede verificarse en la dedicatoria de aquella edición de El juguete rabioso de un siglo atrás. 

Don Segundo Sombra es la historia de un adolescente, hijo natural de un estanciero y criado por sus tías, que decide huir de la casa –y de cualquier tutela impuesta– para convertirse en gaucho. El maestro elegido para su formación es don Segundo, un resero que funciona como un modelo platónico del hombre de campo. Este paisano respetado por todos no solo le enseña los pormenores de un oficio, sino una conducta equilibrada, justa y leal. Y, por supuesto, viril. 

Pero el aprendizaje del joven (que se llama Fabio Cáceres, según nos enteramos cerca del final, y es el narrador) no implica una evolución de la trama. El texto despliega la vida del gaucho con un afán documental y didáctico. Los arreos, las mateadas, el rodeo, las cuadreras, la riña de gallos, el duelo a cuchillo, el cortejo torpe cuando no abusivo a las chinitas… Las escenas se suceden entre la lírica que exalta la naturaleza y las descripciones técnicas –especialmente referidas a los caballos y su aparejo–, siempre con el imperativo de reflejar la lengua gaucha. Sus entonaciones y su léxico, sus metáforas que aluden al mundo próximo y autosuficiente. 

Segundo es el gaucho absoluto: experto en las riesgosas tareas del campo y a la vez un faro moral. Su bravura, atributo indispensable de la épica rural, no se confunde con temeridad y menos con prepotencia. Cuando un borracho lo encara a punta de facón –es el único entrevero que tiene en su largo itinerario–, Segundo se limita a defenderse con la destreza de un ninja, sin infligirle siquiera un rasguño al agresor, que termina deslumbrado. Por si fuera poco, Segundo es, cómo no, un eximio narrador oral. Sus cuentos hipnotizan los fogones y la novela se toma las páginas necesarias para enmarcarlos dentro de la historia principal. 

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 “Antes de andar haciéndome el ‘taita’, tenía por cierto que aprender a carnear, enlazar, pialar, domar, correr como la gente en el rodeo, hacer riendas, bozales y cabestros, lonjear, sacar tientos, echar botones, esquilar, tusar, bolear, curar el mar del vaso, el haba, los hormigueros y qué se yo cuántas cosas más”. Así enumera el narrador las sabidurías productivas del gaucho, que contradicen el sentido común peyorativo acerca de su incapacidad de insertarse en el mundo laboral –participar de la civilización– sin cuestionar el orden social. 

Si la pampa tiene propietarios, cuyo ganado trasladan alegremente Fabio y don Segundo bajo el sol y la lluvia, tal situación no tensa contradicciones. El campo, en la novela, carece de obstáculos para el andar nómade del gaucho. Es una tierra mítica, al margen de los alambrados y el sistema económico. “¿Quién es más dueño de la pampa que un resero?”, se pregunta el discípulo de don Segundo. Y al referirse a su padrino dice: “Era un espíritu anárquico y solitario, a quien la sociedad continuada de los hombres concluía por infligir un invariable cansancio”. Segundo entiende la propiedad como un cepo. Su terruño es la llanura íntegra; su riqueza, la libertad de movimiento; y su compañía mejor, el caballo. 

Al final, a Fabio le informan que su padre –cuya identidad hasta aquí desconoce– le dejó una estancia y su propio nombre. Por lo tanto, el gaucho –a esta altura hecho y derecho– se convierte en terrateniente. Y, acaso a la manera anhelada por el propio Güiraldes, en un hombre completo. Que a los saberes campestres aprendidos de primera mano les suma las tardías “inquietudes literarias” que lo transforman en “lo que se llama un hombre culto”. La operación neutraliza de modo feliz cualquier binarismo ríspido. Digamos, civilización y barbarie o capital y trabajo. Aunque el desplazamiento a esta “existencia nueva” conlleva algunos dolores de adaptación. El narrador no ignora cómo lo diferencia su condición de hijo ilegítimo: “Volví a pensar en que iba a ser un hombre rico y que yo era lo que los ricos tienen por la deshonra de una familia”.

El texto consagratorio de Güiraldes se inscribe en un período de reivindicación del gaucho. Hasta el centenario de la Argentina, la figura del hombre de a caballo conservaba la reputación negativa establecida por Sarmiento en el Facundo (1845). Frente a la llegada masiva de inmigrantes (según el censo de 1914, eran el treinta por ciento de la población), tal estigma sufrió una abrupta reversión impulsada por la élite cultural y política. Surgió entonces el mito autóctono del gaucho como intento de conjuro al peligroso influjo de la “plebe ultramarina”, como definió Leopoldo Lugones a las multitudes que bajaban de los barcos.  

Justamente Lugones hizo un aporte determinante a esta operación a través de una serie de conferencias que dio en el teatro Odéon, luego publicas con el título El Payador (1916). Allí rescata el Martín Fierro como el poema épico de la Argentina y declara a su protagonista el epítome del ser nacional. A contrapelo del diagnóstico canónico, Lugones dice que “el gaucho fue el héroe y civilizador de la Pampa” y representante de una “raza superior” (a la del indio).

La valoración del Martín Fierro y del gaucho se extiende durante buena parte del siglo pasado. Y se institucionaliza en el sistema educativo y a través del reconocimiento oficial de las tradiciones rurales. El peronismo también se apropiará de la metáfora del gaucho Fierro. En esta línea, un abordaje metafísico es El mito gaucho, del filósofo Carlos Astrada, que encumbra así al hombre de la pampa: “…infinitamente rico en su pobreza, era nada menos que el poseedor de todo el oro pampeano, pero no ciertamente el de los trigales; era pues el insobornable guardador del numen germinal de la nacionalidad”. A su vez, el cine mostraría adhesiones más o menos explícitas a esta lectura.    

Quizá con un atrevimiento académico extremo, hay quienes observan en el título de la novela de Güiraldes un diálogo voluntario con el Facundo. No olvidemos que el ensayo de Sarmiento empieza con este desafío solemne: “¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte…!”. Güiraldes elige bautizar justamente Sombra a su héroe, pero, a la inversa de aquel fantasma enigmático y demonizado, este sustantivo hecho nombre propio concentra las cualidades más valiosas que la tierra puede legar a un pueblo.