"EL LOCO DE LA GUERRA"
Por Mariano del Mazo | Imágenes: Archivo
Ocurrió hace unas semanas. Una tarde otoñal, de esas que convocan al orden interno -la biblioteca, los papeles, sí, pero también los barullos del alma- di con un libro de él, que me dedicó. “El loco de la guerra” es un libro de coyuntura, pero las palabras que escribió con tinta azul y pulso urgente me retrotrajeron a aquellos años 90, en que lo frecuenté profesionalmente. Habrán sido cuatro o cinco entrevistas, todas inolvidables para mí. Esas líneas, que por pudor no voy a reproducir, me provocaron una leve conmoción, muy parecida a la melancolía.
Evoqué una larga charla en su casa cerca de Luján, en Plumas Verdes, a mediados de los 90, en que nos agasajó al fotógrafo y a mí con un suculento asado. Dijo de todo, criticó a medio mundo, y cuando publiqué la entrevista me llamó a la redacción. “Yo no dije lo que vos decís que dije”, me espetó, después de las cortesías habituales. “Pero sí Horacio. Tengo el casete con la grabación”. La cuestión es que había dicho que “no quería extranjeros en Cosquín”, a propósito de una edición del Festival que contaba con la presencia de artistas cubanos, mexicanos y de otros países de América latina. “Quiero escuchar ese casete”, me dijo. “Pero claro, cuando quiera”. Combinamos y se vino a mi departamentito de dos ambientes de San Telmo. Recuerdo que estacionó su Mercedes sobre la calle Bolívar, y que el portero -el querido René, santiagueño y loco por el folklore- le pidió un autógrafo. Yo vivía solo, y el living era un caos. Cuando entró lo primero que dijo fue: “Qué lindo bulín. Qué lindo ser joven…”. Medio que se había olvidado del casete. Lo invité con unos mates, y apreté “play” para que escuchara sus palabras. Su voz se oía clara. “Soy un bocón”, se rió. Daba la sensación de que no le importaba nada. Nos dimos un abrazo en la vereda y partió arando en su cochazo. Los días siguientes René me trataba como si yo fuera un tipo importante.
Todo eso recordé semanas atrás. Me puse a escuchar su música, a leer unas carpetas con recortes. Y a escribir. Décadas antes de que se dejara devorar por su personaje, Horacio Guarany escribió muchas de las más bellas canciones de la música argentina. Piel morena, Domingo de enero, Volver en vino, Si se calla el cantor, Guitarra de medianoche, Puerto de Santa Cruz, Caballo que no galopa, La villerita, Pescador y guitarrero, De puro cantor nomas, Río San Javier y Coplera del prisionero se disolvieron en el fervor del llamado boom de folklore argentino. Fue en los años 60, cuando en la Argentina se agotó el stock de guitarras criollas y fue necesario importarlas de Brasil. En cada pueblo del país había chicos sacando acordes de zambas, chayas, cuecas, tonadas, chacareras de duplas compositivas antológicas como las de Leguizamón-Castilla, Falú-Dávalos, Tejada Gómez-Isella y de autores inspiradísimos como Ariel Ramírez, Ramón Ayala y el propio Guarany. El boom folklórico fue una manifestación cultural criolla enmarcada en un proceso planetario en el que crujieron paradigmas y políticas. Fue una época de tensión entre un mundo viejo y un mundo nuevo, que en términos ideológicos significó un debate entre cierto conservadurismo y las izquierdas disparadas desde Cuba hacia América latina. Guarany se deslizó entre esos dos mundos.
Nacido Eraclio Catalín Rodríguez el 15 de mayo de 1925 en Las Garzas, en medio del monte del Chaco santafecino, fue muy pobre. Tenía un padre hachero indio, una madre española y trece hermanos. La madre debió entregarlo a un primo que trabajaba un almacén de ramos generales para que al menos pueda comer. Guarany nunca se quejó de esa muesca de origen y construyó su futuro como si fuera una fábula: desde que tomó una guitarra las canciones empezaron a salir solas, misteriosamente, y en boliches de avería vislumbró la posibilidad de una salida.
Seguramente en la dureza de esa infancia absorbió la sabiduría con la que destacó como nadie: el conocimiento profundo de su pueblo. Desde que debutó hasta su muerte en 2017 fue elegido por la gente, como una predestinación. Con cierta tristeza y honestidad, Mercedes Sosa solía decir en los años 90: “Yo no soy popular, popular es Horacio Guarany”.
La militancia en el Partido Comunista –por la cual viajó a actuar a Moscú en 1957-, su paso por el peronismo, el apoyo incondicional a Memen (Guarany aseguraba que él fue el autor del eslogan “No los voy a defraudar”), no hicieron más que consolidar la inimputabilidad que su figura pública proyectaba. Amaba el Martín Fierro, y era efectivamente una suerte de Viejo Vizcacha: ladino, carismático, insostenible. Se movía astutamente por izquierda y por derecha. La gente le perdonó todo, y durante al menos cuatro décadas su presencia en los festivales fue garantía de éxito.
Se peleó con medio mundo, desde Atahualpa Yupanqui hasta Mercedes Sosa. Con Yupanqui tuvo un duelo de altura… Las pocas pulgas de Ata le hicieron decir que detestaba a los cantores que gritaban. En la Milonga del solitario escribió:
Siempre bajito he cantao,
porque gritando no me hallo
Grito al montar a caballo,
Si en la caña me he bandeao.
Pero tratando un versiao
Ande se cuenten quebrantos
Apenas mi voz levanto
Para cantar despacito
Que el que se larga a los gritos
No escucha su propio canto.
Guarany se sintió aludido y respondió con un tema titulado El hombre es pura arenita.
Es triste llegar a viejo
Resentido y amargado
Hablar mal de los amigos
No es de estar tierra, cuñao
Quien no tenga mucha voz
Mejor que cante bajito
Hay que tener muchas agallas
Para cantar a los gritos
Todo lo hacía a su manera. Escribía de un tirón, tenía el sí fácil y supo aprovechar el vigoroso viento a favor de su tiempo. Ese ímpetu lo llevó a escribir centenares de canciones distribuidas en más de 60 discos, a editar libros de ficción y de memorias como aquél de la dedicatoria y a actuar en películas, siempre arrebatado por el calor folklórico, que era su propio fuego. Cuesta –y maravilla- entender cómo fue capaz de escribir con esa disciplina casi beatnik del frenesí y la poca corrección versos rotundos como los que atraviesan su obra, de Si se calla el cantor a Cuando ya nadie te nombre. Esa displicencia creativa se extendió a su faceta, más controversial, de intérprete. Apoyado en fogoneros grupos de guitarras, cantaba como si estuviera bajo la ducha. Si bien es cierto que el canto popular puede soslayar cuestiones como la entonación y que, por el contrario, pulcras voces han tropezado con repertorios que exigen una expresividad específica (el ejemplo más patético es el de los cantantes líricos haciendo tango o bolero), Guarany se regodeaba de sus derrapes. Parecía que desafinaba a propósito. El tema, un lugar común de su valoración artística, lo tenía un poco harto. Una vez, después de un show, encaró a un crítico y lo toreó: “Mi amigo: diga que soy gordo, que soy feo, que soy puto; pero no diga que desafino”. Como José Larralde, marcaba la diferencia entre cantante y cantor.
Dejó un anecdotario exuberante como su obra. La leyenda de que vivía en una casa en la cual de las canillas salía vino tenía su costado veraz. No era una casa sino una suerte de salón de reuniones. “En los 70 compré una vieja casa que se vendía al lado de la mía, en Coghlan. Un amigo me dijo: no la tirés abajo, vamos a arreglarla y a hacer un lugar para juntarnos, como un club. Hicimos una hermosa sala, con parrilla, piano, todo. Le pusimos ‘El templo del vino’. Entre otros ahí estuvieron Edmundo Rivero, Chupita Stamponi, los Quilla, los Ábalos, Tejada Gómez. También solían venir Graciela Borges y Olga Zubarry. En la inauguración la bodega estaba bajo llave. ‘Che, loco, ¿y el vino?’, me decían todos. ‘Bueno, abran la canilla’, les decía yo. No me creían, hasta que alguien abrió una. ¡Se armó un quilombo! ¡Salía vino hasta por el inodoro! Yo había cerrado la entrada de agua de la calle y llené el tanque de vino. Parece increíble: yo he hecho cosas importantes, por ejemplo, le puse música al Martín Fierro. Pero hasta el día de hoy, la gente cree que yo en mi casa me sirvo vino de la canilla”.
Sabía cuál era su poder, y lo ejercía. Gustavo Gauvry, dueño durante mucho tiempo del Estudio del Cielito, que grabó con toda la aristocracia del rock argentino, contó: “Conocí a Horacio Guarany en 1984 cuando del sello Polygram me convocaron para grabar en vivo su concierto en el Luna Park. Luego él vino a Del Cielito durante la semana en compañía del querido y recordado Javier Quesada, productor del disco, para el proceso de mezcla. La sesión arrancó a las 11 de la mañana y Horacio se encaminó al quincho a preparar personalmente el asado, mientras nosotros mezclábamos. A cada rato venía y nos traía una empanada y un vasito de vino; curiosamente él no tomaba. Se detenía un momento a escuchar y me decía: ‘Subime un poco la voz’, y se iba. Al rato lo mismo: otra empanada, otro vinito y ‘¡subime la voz, pibe!’ Y así durante largo rato... Su única observación era esa: ‘¡Subime más la voz, querido!’ Finalmente, parece que se cansó y mirándome fijo me soltó: ‘Mirá pibe, yo no canto, yo grito. ¡Y mi voz tiene que ser como una pija que se te mete en el orto!’”.
Tenía desaforadas opiniones sobre el rock. “Son todos drogadictos. Páez, Gieco y Baglietto son imitadores de Los Beatles. Carecen de identidad nacional”. Era homofóbico y sexista, y consideraba que la prostitución debería ser legalizada porque los hombres “tienen sus necesidades”.
Leído y admirador de la buena poesía -de Juan Gelman a Nicanor Parra-, fue corrido por la Triple A y tuvo su exilio entre 1974 y 1978. Como su amiga Nelly Omar, no hizo una bandera política de su persecución. Lo llamaban “Pueblo”, “Potro”, “Tigre”, “Cabezón”. En el último tramo del galope, con el caballo cansado, encontró su lugar en el mundo en Luján, Plumas verdes. “Vivo en la concha de la lora”, se reía cerca del final. Murió en ese sitio, rodeado de sus amores: ya se había reído de todo. Tenía 91 años, el cuerpo cascoteado y una compañera. Hoy que vuelvo a él, a los archivos, descubro una frase textual de una vieja nota. Es pura sabiduría, filosofía popular… No sé cómo enmarcarla. Suena en casa “Caballo que no galopa” y parece que va a llover. La frase es: “Cometa errores, amigo. Equivóquese. La vida es muy corta”.

