LA MUERTE DEL INDIO

Una reflexión sobre el alcance de las composiciones del Indio, de esas letras que escapan de la “poesía vertical”.

Por Cecilia Di Genaro | Imágenes: Prensa

Mucha gente cree que no le gusta la poesía. Algunas personas creen que está reservada para cierto tipo de humano. Pero todo el día nos cruzamos con poetas, que a veces ni si quiera saben que lo son. Ayer mi hijo le preguntó al barrendero de la cuadra donde nos mudamos cómo se llamaba. Le contestó “Jorge Miguel, pero podés decirme George Michael”. Sospecho que es un poeta. Si alguna vez no encontramos las respuestas, podemos buscarlas en la poesía. Todas las veces, en las canciones. 

Yo nunca fui fan de Los redondos, algo en el timbre de la voz del Indio no lograba cuajar en mí, y por eso no lo curtí como se curten los discos: llegás a tu casa y te sentás a escuchar ese promedio de 45 minutos/una hora de experiencia sonora. Pero sí lo bailé como loca en cada fiesta y es hermoso leer su poesía con el oído y con el cuerpo, mirar al resto y comprobar que a todos nos pasa algo parecido. Como si la revolución se pudiera hacer con la palabra, creando sentido. 

Lo pienso ahora, sobre todo, que está de moda ser cruel. Cuánta falta hacen estos antídotos y qué pasa con la música nueva. 

Mi amigo Fabián Casas habla del ejercicio de hacer una suspención del gusto, porque el gusto es algo que no te deja ver más allá de tus narices. Yo creo que en el caso del Indio lo que me pasa es que puedo encontrar algo que me encanta en un lugar que no termino de entender.  Y tampoco me importa.

La parte que más me gusta es que la del Indio no es “poesía vertical”, es poesía trasversal. Es poesía popular, la que saca de quicio a los chetos y les roba la exclusividad a los intelectuales. La que abarca todas las edades, cruza a una familia -desde los chicos a los abuelos- porque todos pueden quedarse con una parte y hacerla propia. Así se arma el bondi al que se suben para sentirse parte de un algo, parte de un todo. Para saltar y abrazarse en una misma arenga, todos transpirados. Y entonces la bailan en Navidad, en los cumpleaños, en el bautismo. Es lo que otro poeta Miguel llamaba “himnos de mi corazón”. 

Es la puerta que abrió el Indio, la de bailar poesía. A esta la fui a buscar un par de veces y la usé como un remedio: “Cuando la noche es más oscura/se viene el día en tu corazón”.