Las palabras y las cosas

Se suele analizar el escenario político actual con categorías que no explican, ni de cerca, su inédita complejidad. Mientras se extingue la democracia, seguimos hablando de internas como si fueran la clave de un país en estado de abandono

Los comunicadores y los analistas suelen dar cuenta de la actualidad política enfocando las internas tanto del oficialismo como de la oposición. Aunque muchas veces suenan a rencillas vulgares de vecindario mal llevado, cabe inferir que ahí reside la clave de esta Argentina en estado de abandono. Según tal perspectiva, el oficialismo, escindido en dos vertientes enemistadas a muerte, a duras penas sostiene la gobernabilidad y vive al borde de la deflagración definitiva. Curiosamente, nadie renuncia, a nadie echan. Y el peor de la clase, lejos de partir a Siberia como le auguran tanto en palacio como en las trincheras adversarias, es el que maneja el gabinete. 

Por lo demás, este presunto andar tumultuoso del gobierno no se condice con el éxito que corona las iniciativas que envía al Parlamento. Las leyes pasan como por un tubo lubricado con la solidaridad de los opositores. Una clara señal de que en las agrupaciones en repliegue y oportuna reconfiguración no hay exactamente una interna. Lo que hay es una adherencia al poder de turno, carro al que se suben sin boleto, pero con la energía arrolladora –y la convicción trucha– de los conversos. El viejo truco de la disidencia gestual y la subordinación real. 

“El Gobierno avanza sin obstáculos porque la oposición está dividida”, pontifican los expertos. Los hechos demuestran, no solo ahora, que lo que brinda coherencia, fortaleza y comunidad es el poder. Cuando los partidos o coaliciones abandonan ese lecho abrigado, se desparraman como un flan mal hecho. Es una dinámica repetida, que recorre de derecha a izquierda la fauna política. Algunos ofrecen su fuerza de trabajo y sus votos a los que han tomado su lugar, un deporte extendido en el PRO y el radicalismo, sellos que han consolidado una identidad trans (ojo: en el peronismo también campean las vacilaciones de identidad). Quedan, seamos justos, los que, desalojados del poder, permanecen sin embargo leales a su credo militante. Solo que desconcertados, juntando pedacitos de sus verdades incomprendidas (ahora hasta por ellos mismos). Sobre todo, si el que te acaba de ganar es Milei. La resaca es larga y penosa. En suma, pedir unidad y cohesión a una fuerza opositora es contra natura. Sépanlo.

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Frente a la cabalgata destructora de LLA y asociados, asignarles una gravedad decisiva a las internas, por enconadas que sean, suena a lengua muerta. Significa aplicar categorías insuficientes, anacrónicas, lo que quieran, que atraen la atención sobre asuntos que, frente al daño general, son frivolidades. La política, según la mirada profesional de los especialistas que escuchamos a diario –los que nos cuentan lo que pasa en el interior blindado del poder–, quedó reducida a una dinámica más o menos picante, algo que, con licencia de la Real Academia, podríamos sintetizar como puterío.

¿Se trata de una distracción deliberada? ¿De un juego zonzo que replica los reality shows y las encarnizadas trifulcas magnificadas por las redes sociales? No parece. Más bien refleja la impotencia para describir un mundo al que no le cuadran las palabras que conocemos. Empezando por libertad, vuelta un ardid demagógico que pretende montarse en la tradición liberal y se cristalizó como una consigna marketinera que, en rigor de verdad, refiere (o debería referir) al reverso exacto de los valores que defienden quienes la enarbolan desde el gobierno. ¿Lo qué? Sí, no se entiende nada. La libertad, como tantos otros, es un significante sinuoso. 

Un agravante para hacer pie en la época es que ciertas discusiones retroceden hasta dejarnos perplejos. Creíamos, por caso, que el rechazo al terrorismo de Estado era un acuerdo incuestionable. Cosa juzgada. Pero no: han resurgido quienes consienten la tortura, los asesinatos clandestinos y la apropiación de bebés nacidos en cautiverio, entre otros métodos del programa de exterminio de la dictadura. De modo que, otra vez, es necesario argumentar a favor de la vida y los derechos más elementales. Hay que regresar a la tabla del dos, que es fácil pero que, como toda regresión, provoca un desconcierto duradero. ¿Dónde estamos, de qué hablamos? ¿La Tierra es plana o la sostiene una manada de elefantes disciplinados e inmortales? ¿Sirven las vacunas? ¿Está bien que las mujeres trabajen y voten o deben recluirse en casa para fregar y criar a los hijos? ¿Los bebés vienen de París a bordo de una cigüeña? ¿Era tan mala la esclavitud? Las preguntas, como distopías ridículas, nos empujan sin escalas a la Edad Media. ¿O al futuro?

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La coartada de explicar lo que nos ocurre por medio de algunas variables económicas (la famosa macro) es una abstracción a veces ingenua, a veces interesada. Como si los derechos y la felicidad de las mayorías dependieran de la ejecución prolija de una política monetaria. Esta interpretación también alude a un país ilusorio, a una jerga inercial y enfáticamente técnica a la que seguimos echando mano. La verdad es que el vocabulario que supimos utilizar ya no designa el mundo. Más bien lo escatima, lo esconde. 

El riesgo no es el enfrentamiento faccioso dentro de los espacios políticos. El problema es que ya no tenemos democracia, por mucho que nos guste votar, sobre todo los domingos soleados. Porque no gobierna el pueblo a través de sus representantes como nos enseñaron en la escuela, sino que las leyes las redactan los estudios jurídicos de las corporaciones. Y el aparato judicial está al servicio de la persecución y proscripción de los que desacatan este orden, que tiende a la fractura definitiva de la sociedad. Según se están jugando las cartas, es probable que de acá a poco seamos una colonia gobernada por y para una elite extractivista y/o tecnológica que mantendrá bajo estricta vigilancia digital a las mayorías desahuciadas. 

No puedo evitar que, al decir esto, mi propio lenguaje –que se esmera en contradecir el recitado de los analistas– tampoco me resulte convincente. Me veo orillar la solemnidad, afanarme en un léxico que carece de la densidad semántica a la que aspira. El lenguaje que creía seguro está extenuado. 

¿Cómo se nombra la plutocracia en ejercicio del poder y su cotillón berreta de funcionarios y tuiteros? ¿Cómo se dice que murió la democracia y que no nos parece taaaan tremendo? ¿Cómo se hace para empezar a conversar sobre una base cierta y compartida y, en lo posible, proyectar un sentido alentador? Quizá no sea solo una cuestión de estrategias discursivas, sino de recuperar el valor de la construcción de argumentos. En un planeta donde la legitimidad de cualquier decisión, incluso las más aberrantes, la otorga el gigantismo militar y el capricho de un puñado de magnates con ínfulas de profetas.