SPINETTALANDIA Y SUS AMIGOS
Por Mariano del Mazo | Imágenes: Archivo
Hace cincuenta y cinco años, Luis Alberto Spinetta parecía correrse del eje. Sobre el final todavía humeante de Almendra, atravesaba un tiempo de confusión, ácido lisérgico y decisiones intempestivas. Alquiló una casa en Florida, en la calle Avellaneda, a metros del Puente Saavedra, y durante una maratón de poco más de treinta horas en febrero de 1971, registró un disco opaco y luminoso a la vez: denso, errático, por momentos asfixiante y, sin embargo, liberador. Lo pensó como un “anti-disco”, casi una provocación dirigida a RCA Records, que le reclamaba un nuevo álbum. Spinetta respondió con una grabación deliberadamente caótica, una reunión de amigos más cercana al rito que a la obra terminada.
El sello discográfico lo editó aviesamente como si fuera un trabajo de Almendra, con foto del cuarteto incluida. La maniobra derivó en un conflicto judicial que los músicos ganaron, y el álbum fue retirado. Con los años, ese objeto mutante —rebautizado varias veces— quedó fijado como Spinettalandia y sus amigos, acaso el nombre que mejor traduce su naturaleza: un territorio propio, psicodélico y precario, donde conviven el impulso hippie y una deriva maldita. La paradoja es nítida: en su intento de fallar, Spinetta terminó produciendo una de sus experiencias más radicales, un eslabón roto entre Almendra y Pescado Rabioso.
Vivía, además, con la intensidad que imponía la época. Ya había fundado y disuelto una de las aventuras más decisivas del rock argentino, había enfrentado a la industria con gestos de obstinación estética y atravesaba una crisis afectiva con Cristina Bustamante, la “muchacha ojos de papel”. El LSD —que empezó a consumir hacia el segundo disco de Almendra— amplificó esa inestabilidad. Años después, lo recordaría sin épica: “Nunca más en mi vida volví a tomar ácido. Era riesgoso porque se te podía arruinar el balero tranquilamente. Y no sé si no me lo arruinó. No lo sé, pero nunca tuve una crisis o algo así” (Martropía, de Juan Carlos Diez). Y enseguida, con ese humor desbordado que también lo definía: “Una vez me agarró un ataque de Cristo y me puse a parar el tráfico desnudo, en Cabildo y Aguilar. Me llevaron a la 37 y terminé cantando “Madame Ivonne” en la comisaría. Los canas comentaban: ‘Canta como Julio Sosa’, y yo les decía: ‘¿Vieron cómo canto? Bueno, no me rompan las pelotas’”, dijo en el mismo libro de conversaciones con Diez.
También había un pasaje de edad: la salida de la adolescencia hacia un territorio incierto. El derrumbe de The Beatles, la irrupción del sonido pesado de Led Zeppelin y la lectura de Arthur Rimbaud y Antonin Artaud configuraban un nuevo mapa. Pasó de Horacio Ferrer a Baudelaire, en un chasquido de dedos. Como sintetizó Emilio del Guercio: “Empezó a rodearse de otra gente”.
En ese contexto, la casa de Florida funcionó como una comuna improvisada. Por ahí orbitaban Pappo, Pomo, Miguel Abuelo y otros nombres que entraban y salían. “La casa de Florida era abierta, totalmente volada”, le dijo a Pomo a Miguel Grinberg en Cómo vino la mano. Gustavo Spinetta, hermano menor, sumaría otra postal: “En esa casa tuve mis primeros escarceos amoroso. Era la libertad… estaba todo, estaba la música… Me escuchaba todos los discos de Luis. Hendrix sonaba todo el día” (Ruido de magia, de Sergio Marchi).
Con ese entorno, Spinetta grabó un disco de procedimientos inmediatos. Él mismo lo definiría: “Yo quería hacer un ritual; realizar músicas en estado casi tribal. En el disco interviene gente que por primera vez en su vida entraba a un estudio de grabación. Ahora lo escucho y veo que estaba re loco, es obvio, pero siento que pese a todo es un momento experimental muy interesante”, le dijo a Eduardo Berti en Crónica e iluminaciones.
La relación con Pappo condensaba una tensión más amplia. Spinetta lo narró sin filtro en un texto que quedó como documento de época: “Toda la ondita de tipos que si no tocabas blues eras un paquete… todo eso fue una cosa terrible. A mí eso, por momentos, me socavó. Terminé haciendo un blues que ni yo mismo sé qué es. Allí empezó una lucha titánica… Me hice mierda. Me quedé solo. La relación con la mujer que amaba empezó a trastabillar, mi psiquis también, mi música se empezó a fortalecer en un extraño idioma que ni yo mismo sabía qué era, y sobrevinieron los peores momentos de mi vida. Le regalé a Pappo mi guitarra… era una forma de mostrarle que no existían solamente las guitarras con el volumen al mango… ¿Sabés que me fui a Europa y dos días después se la ofreció a Litto Nebbia por 160 lucas?” (Cómo vino la mano).
De ese cruce surgieron momentos clave del disco —“Castillo de piedra”, “Era de tontos”— junto a piezas que expanden su clima. En “La búsqueda de la estrella” asoma una intemperie radical: “La memoria me resulta complicada / No me acuerdo ni de las cosas que leí / Por favor tu mano alada… / Después de todo tú eres la única muralla / Si no te saltas nunca darás un solo paso”.
Antes de que el álbum encontrara su forma definitiva, Spinetta se fue. Emprendió un viaje errático por Brasil, Estados Unidos y Europa, una deriva de meses que luego sintetizó con una imagen elocuente: fue “onda poeta negro”. También ensayó una novela que nunca terminó: “Una novela paranormal. Un diario de mi viaje y mis delirios”.
A su regreso, ese impulso de ruptura encontró un cauce nuevo: la formación de Pescado Rabioso. No había cumplido 22 años. Y sin embargo, en ese breve lapso, ya había atravesado varias vidas. Spinettalandia y sus amigos queda como testimonio de ese momento de quiebre: un disco que quiso ser negación y terminó afirmándose como una de las zonas más libres, más inestables y, justamente por eso, más intensas de su obra.

