La campana y el megáfono

Dos historias a orillas del Riachuelo. Dos objetos –uno remoto, el otro reciente– que se transformaron en emblemas de las luchas populares. Cuando la represión solo amplifica aquello que quiere acallar.

Hay objetos que dejan de ser simplemente cosas. En algún momento de su historia son tomados por una comunidad, por una lucha, por una causa, y empiezan a significar mucho más que aquello para lo que fueron creados. Una tela, una marca, una cruz, un puente, una campana, un megáfono. Entonces se convierten en símbolos.

No se trata de una representación metafísica, sino de algo mucho más concreto. Un símbolo puede convocar, unir, recordar una victoria o sostener una resistencia. Precisamente por eso también puede convertirse en aquello que alguien necesita callar, ocultar o hacer desaparecer. Y cuando eso sucede, cuando un objeto es perseguido por lo que representa, muchas veces termina adquiriendo todavía más fuerza.

Por estas tierras del sur sabemos algo de eso. El pañuelo blanco es un símbolo inequívoco. Basta verlo para que aparezcan la memoria, las ausencias, la lucha, las rondas y todo aquello que se conquistó caminando. Hay cosas que no caben enteras en las palabras y entonces los pueblos inventan símbolos capaces de guardar mucho en muy poco.

Esta historia trata de dos de ellos.

Los dos nacieron, de distinta manera y con más de un siglo de distancia, sobre las márgenes del Riachuelo, allí donde el río termina buscando el Río de la Plata. Uno pertenece a una vieja lucha obrera. El otro está ocurriendo ahora. Uno es una campana. El otro, un megáfono.

A comienzos del siglo XX, La Boca y la Isla Maciel eran territorios atravesados por el trabajo portuario y naval. Miles de inmigrantes habían llegado hasta allí con sus oficios, sus esperanzas de progreso y también con las ideas que recorrían las luchas obreras europeas. Anarquistas y socialistas discutían, organizaban sindicatos y comenzaban a poner en cuestión jornadas laborales que parecían no tener límites.

En octubre de 1901, la Sociedad de Resistencia Calafates Unidos, que agrupaba a los trabajadores dedicados al calafateo de las embarcaciones, tomó una decisión extraordinaria para la época: trabajarían solamente ocho horas por día.

La historia tiene zonas donde la documentación se mezcla con la memoria transmitida. Algunas versiones ubican los hechos en los Astilleros Grondona, cerca de la Vuelta de Rocha; otras, sobre la margen de Avellaneda, en la entrada del Arroyo Maciel al Riachuelo. Para esta crónica me quedo con esa última geografía: la Isla Maciel. Quizás porque allí la historia encuentra, más de un siglo después, una inesperada continuidad.

Para hacer efectiva aquella jornada de ocho horas, los trabajadores habrían fabricado una campana de bronce. Su sonido marcaría el comienzo y el final de la jornada y también el descanso del almuerzo. El tiempo dejaba así de pertenecer exclusivamente al patrón. Ocho horas. Ni una más. Y una campana sería la encargada de anunciarlo.

Según la memoria que atravesó generaciones, en la mañana del 16 de octubre de 1901, Antonio Ciarlo hizo sonar aquella campana para señalar el comienzo de una jornada laboral de ocho horas. Un simple golpe de metal estaba diciendo algo enorme: hasta acá.

La Prefectura intentó encontrarla y secuestrarla. Había comprendido perfectamente que aquello no era solamente un pedazo de bronce. Quitar la campana era intentar quitar la señal alrededor de la cual los trabajadores habían organizado su decisión.

Los calafateadores (o calafates) también lo entendieron así.

Y entonces hicieron otra cosa extraordinaria: arrojaron la campana al Riachuelo, atada a una boya de las tantas que flotaban en aquellas aguas. La escondieron en el río para preservarla.

Hay algo hermoso en esa imagen. El poder buscando una campana y los trabajadores confiándosela al Riachuelo.

Los calafates eran quienes cerraban las juntas de las maderas de las embarcaciones utilizando estopa y brea. El oficio prácticamente desapareció durante la segunda mitad del siglo XX, pero aquella campana sobrevivió. Desde mediados de los años noventa se conserva en la Fundación Museo Histórico de La Boca.

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Más de un siglo después, en la otra orilla de esta historia, aparece otro objeto.

Un megáfono.

Un cono capaz de captar una voz y arrojarla más fuerte y más lejos. Un objeto característico de las manifestaciones, las asambleas y los reclamos populares. Este, en particular, pertenece al Padre Paco, sacerdote conocido por una tarea pastoral tan humanista como incómoda para los poderes de turno, desarrollada también en la Isla Maciel, a la vera del mismo Riachuelo.

Paco es de esos hombres que ponen el cuerpo. En una misa, en un comedor, en una barriada o frente a un cordón policial. Y con ese megáfono acompañó muchas veces a los jubilados que se manifiestan los miércoles frente al Congreso, en esas marchas donde hombres y mujeres que han trabajado toda una vida vuelven a reclamar aquello que sienten que les corresponde.

En una de esas jornadas fue detenido. También su megáfono terminó secuestrado. Días después se lo devolvieron roto, todavía impregnado de gas pimienta.

Y nuevamente un objeto dejó de ser un objeto.

Paco lo conserva. Algún día podrá exhibirse no solamente como un megáfono roto, sino como testimonio de una época. Será la marca material de aquellas jornadas en las que jubilados, trabajadores de prensa, sacerdotes, militantes y ciudadanos fueron reprimidos por dispositivos policiales mientras reclamaban en la calle.

Tal vez allí empiece a escucharse nuevamente la campana.

Porque entre aquel bronce de 1901 y este megáfono hay más de un siglo de distancia, pero también un hilo que los reúne. Los dos fueron creados para amplificar algo. Uno ordenaba el tiempo conquistado por los trabajadores; el otro lleva una voz más allá de las posibilidades de una garganta. Los dos convocan. Los dos alertan. Los dos reúnen. Y los dos, en algún momento, fueron considerados lo suficientemente incómodos como para que se intentara silenciarlos.

La campana debía ser secuestrada. El megáfono fue secuestrado.

Pero hay una vieja dificultad para quienes pretenden terminar con los símbolos: se puede romper el objeto sin romper aquello que representa.

Un megáfono tiene un sonido particular. La voz sale metálica, apretada, como si gritara desde adentro de una lata, decía Roberto Arlt. Rebota contra los edificios y obliga a escuchar incluso a quien preferiría seguir caminando. Así sonó muchas veces el de Paco entre los jubilados.

Una campana suena de otra manera.

El golpe llega de una vez. Metálico, brillante. No entra suavemente: pega en el pecho. Primero aparece el sonido alto y después el grave, profundo, que queda vibrando. Y cuando el golpe termina, todavía permanece un zumbido suspendido en el aire.

Quiero imaginar que aquel sonido atravesó el tiempo.

Que salió de los viejos astilleros, cruzó las aguas oscuras del Riachuelo, pasó por las fábricas, los conventillos y los puentes; que escuchó huelgas, dictaduras, democracias, desocupaciones, conquistas y retrocesos. Y que, más de un siglo después, encontró del otro lado una voz amplificada por un megáfono.

La campana y el megáfono.

Dos objetos modestos. Dos épocas. Dos orillas de una misma historia.

Quizás los símbolos nazcan precisamente así: cuando alguien intenta hacerlos desaparecer y descubre, demasiado tarde, que ya no pertenecen a quien los sostiene en sus manos.

Porque la campana pudo esconderse en el Riachuelo y el megáfono pudo volver roto y manchado. Pero ninguno quedó mudo.

Todavía suenan.

Y hay sonidos que no se pueden ignorar. Obligan a levantar la cabeza, a mirar alrededor, a recordar que otros estuvieron antes y que otros vendrán después.

Son los sonidos que, atravesando el tiempo, nos convocan a asumir la dignidad.