FICCIÓN HISTÓRICA

¿Quién fue en realidad José de San Martín? El escritor Ebel Barat ensaya en “El hijo de la patria” una respuesta desde una ficción protagonizada por el supuesto hijo natural que el General tuvo con María Jesús, una mulata de Luanda. Se ofrece el anticipo de un libro apasionante.

Por Ebel Barat | Imágenes: Prensa

                                            
                                                         Mendoza, 1849

 

Afuera, el frío ha detenido todo. El aire gélido se ciñe en la inmovilidad esperando la primera luz y la llanura se extiende en su solemne indiferencia. Bajo los techos amplios de la habitación, el hombre espera. 

Adentro no hace frío, todavía fulgura el tizón del tronco de lapacho que se ha ido quemando durante la noche. Puede percibir el olor a leña que convalida el refugio. Una madera que casi no conocía y que se ofrece en grandes rollizos, algo tortuosos, buena para la noche.

No es su casa, pero a eso ya se ha acostumbrado. Un refugio es como el regalo de una noche de amor que dejará su huella en un pliegue de la almohada, en la ropa tirada del compañero o en un aro —¿por qué no?—, como han dicho que le sucedió al general de la Gran Colombia, Bolívar. El aro que encontró la muchacha un poco loca pero amable, Manuelita, la “amable loca”. ¿Quién podía comportarse como lo hizo sino ella? Morderlo hasta hacerlo gritar porque tal vez —sí— ese aro había sido abandonado por alguien que visitó su cama.

Un refugio no es un hogar, aunque lo inverso sea posible, inevitable. Lo ha pensado infinidad de veces.

Un refugio. Vuelve a nombrar las dos palabras que conforman su apellido. Uno y dos. Un-i-dos, se dice, y ensaya una carcajada muda de espasmos suaves. Tal vez le guste llamarse como se llama y se pregunta si es un goce oscuro. Oscuro, se dice, ¿de qué otra manera podría ser?

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Todo eso sucede aún debajo de las mantas que mantienen su tibieza familiar y discreta.

La pipa de opio ha quedado al costado de la triste mesita hecha con un parche de cuero blanco, como el de un bombo. Se pregunta por qué ha caído en un lugar en el que los bombos resuenan poco, ¿por qué no recaló donde se pudieran escuchar de noche, como tendría que pedirle su sangre, que ha de ser espesa y violeta? No podía ir a ningún otro lado, ¿quién puede?

Ahora sonríe. Está delgado como una víbora. Una víbora y su madre. ¿Cuánto de víbora habrá tenido que tener su madre? Lo necesario. Una víbora que habrá ondulado su humedad bajo el peso del Hombre.

Vuelve a pensar en eso como un ejercicio, como si fuera necesario para aceptarlo, o para descubrir, tal vez, algo novedoso. Algo que no había terminado de aflorar y así comprender lo que sucedió. Nunca podrá, pero no por eso dejará de frecuentar el camino que conduce a esas imaginaciones donde está una mujer que debería ser su madre, moviéndose como una víbora con el Hombre enfermo que siempre se sometió a estarlo, tantas veces bajo el efecto del láudano. El láudano, cuyo ingrediente principal es lo que él necesita fumar ciertas noches, lo que ayuda a dejarlo flaco y sombrío, desapegado, pero no tanto. 

Y en la pipa que le robó a su madre, la misma por la que pasó la boca de ese Hombre, su padre, pero con tabaco. Le da asco y, aun así, necesita fumar de esa pipa para no olvidarse. Apellido y medio.

Él, ese Hombre, puede nombrarlo como quiera.

Entre esas denominaciones puede decir mi hijo. O el hijo de Jesusa, o el hijo de la mulata. En cambio, él no tiene otra alternativa que decir mi padre, mi papá tal vez. Está condenado a decirle así.

Ya llegará quien golpee a su puerta, ése que le ayudará a afrontar el comienzo del día como sucede desde que está aquí, bajo estos cielos, bajo estas noches donde las estrellas son animales de una especie diferente que apenas se dedican a contemplar las impiedades y el dolor y las risas y el frío que hay debajo.

¿Por qué ha caído en un lugar donde los bombos resuenan poco, si es mulato, si es negro al fin? ¿Por qué debe someterse a los nervios penetrantes de las guitarras? Y contemplar cómo se baila la cueca, o el gato, sin que pueda terminar de entenderlos, como le ha sucedido casi siempre. Una música de niños, básica, casi tonta, sin el retumbe que dice tantas más cosas y tanto más lejos. Ha mirado a los parroquianos en las mesas y en el patio de baile, allá en Chile, en Los Andes, junto a María Jesús —¿cómo no recordarla?—, ha sonreído, ha tratado de acompañar, pero es extranjero de esa música. ¿Por qué no puede dejar de ocuparse de conservar lo que le queda de negro? ¿Para no olvidar quién es, en verdad? Tal vez haya sido cosa de su madre. De ella, que le decía mi negrito.

Una víbora. Así ha de haberse movido su madre, húmeda y muda bajo el peso del Hombre que sabía bailar bien y que habrá afrontado el sexo como una necesidad para la guerra, más fácil que cagar, seco como andaría siempre.

¿Por qué ese Hombre no dejó a su madre en esta misma tierra, aquí en Mendoza, cuando trepó el mapa de la cordillera? ¿Por qué no recomendó por su madre cuidar mucho a mi señora y suministrarle lo que ella quisiera en los términos que a mi mujer propia como hizo con la viuda mexicana, tan puta como condesa?

Y después se llevó a su mulata hacia el norte, necesaria como la carne salada. Carne salada y morena, labios jugosos, ojos abiertos. ¿Quién habrá dicho que un hijo no podría ver así a su madre? Algún falso trasnochado en busca de la palabra prócer. Él puede verla. Ha hecho el ejercicio, lo está haciendo.

Su padre, que será el gran prócer, se llevó a la mulata, su madre, y ella empezó a ver las mismas pedrerías y los valles en donde él llegaría a jugar de chico.

Se la llevó para olerla, para contemplar el cimbrear largo y sano, para contemplar sus ojos de mulata que solamente podían leer en otros ojos, que debían estar siempre atentos. Y mucho más que eso: entender que sólo existe el instante, lo imprevisible. Así sería, recorrida por el tiempo, esperando como esperan los animales, sabiendo que al día sucede la noche. Analfabeta.

¿Qué quiere decir eso? ¿Quién dice que no se puede evocar así a una madre amorosa? Jesús. Se llamaba Jesús. Pero no podían llamarla de esa manera, era mujer, y la nombraron Jesusa.

Sin apellido. Sin apellido y medio. No estaba en ella elegir si quererlo o no. Era la vida, la vida de aquel tiempo, tan extraordinaria como común y corriente.

Allá está el Hombre. Y lo visitan. Sabe que lo visitó ese Loco, allá en Grand Bourg, en Francia. Ese Loco que, según han empezado a decir, no puede parar con sus orgías. Y, sin conocerlo, ya lo odia por eso y por lo que le hizo a su amiga, María Jesús, de

Los Andes. No es el único que lo odiará. Llegará a decir que la sangre que les corre a los gauchos y a los indios no sirve más que para teñir lana. O mejor, tierra. Que la sangre que les corre es lo único que tienen de humanos. Lo odia porque puede verlo en esas orgías que no tendrá reparo en detallar en su cuenta de gastos cuando llegue a funcionario de alto rango, y minuciosamente, como si fuera una necesidad.

Un tipo salvajemente ordenado. Se lo dijo ella, su amiga de Los Andes, que llegó a abrirle el cajón de la mesita de luz al Loco, al sanjuanino. Le dio miedo. Eso, miedo, le dijo, aunque la recuerda incapaz de tenerlo. Demasiado orden, todo ordenadito, como encajado para quedar inmóvil, como una caja repleta, dijo. Lleno de anotaciones. De ordenamientos para que no se le desmande el carácter, el mismo carácter que ya lo ha convertido en líder. Tal vez tenga miedo, el loco. Miedo de perder las anotaciones, las referencias, los mojones con los que ha de establecer su ley.

¿A dónde va con estos pensamientos? ¿Por qué piensa en el sanjuanino? ¿Qué quiere expiar? ¿Qué sucede esta mañana? Es odio. Odia a ese hombre porque abandonó a su amiga de Los Andes llevándosele a la hija, lo odia porque puede intuir lo que podría hacer con las muchachas: desencadenar su barbarie ilustrada, su señorío bestial. Porque en ella, en esas chicas, puede ver a su madre, que también habrá tenido que sonreír y seducir al Hombre y a otros —¿por qué no?— para seguir viviendo, para comer mejor, para dormir en una cama decente, a veces con las piernas entrelazadas a las de un general cercano a la enfermedad, de mal carácter tantas veces, capaz de enviar a Buenos Aires a su esposa patricia y porteña para aprovechar con libertad las gracias de una mujer tan joven como ella que, quizá, podía hacerlo sentir aún más grande en la cama.

Ahora vive allá, en Francia, y ya no tiene que mandar a una esposa de treinta kilos de vuelta en carreta a Buenos Aires, cargando el cajón que podría necesitar si, acaso, no llegara.

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¿Qué habrá sentido su madre cuando el Hombre envió a su ama de vuelta a la capital? ¿Y qué habrá sentido ella, la mujer legítima y patricia, después de haberlo cuidado, de soportar su rigidez, su austeridad de militar y patriota?

Aún vive en su retiro, ha sido lo suficientemente astuto para no morir a manos de la envidia, del afán de dinero y poder que corre por estas tierras donde los hombres del buen hablar se quedan con todo.

Lo suficientemente vivo para seguir vivo, en el lugar donde está más tranquilo, donde no hay revoluciones del populacho que puedan molestarlo.

No fue magnánimo, fue astuto. Aunque se inclina a pensar que también estaría cansado y que las mujeres se le habían acabado para siempre. Dicen que toma café más que mate, pero con bombilla, y que todavía es capaz de dormir en la cama de campaña.

Lo cree. Un Hombre de convicciones capaz de hablar en inglés, en francés, tal vez en italiano. ¿Cuántos hombres de convicciones son capaces de proceder como brutos por esa misma razón? ¿De qué, en verdad, se puede estar convencido?

Demasiado para este día. ¿Qué sentido tiene empezar así? No va a permitir que los pensamientos pegajosos y oscuros sigan ocupándose de él. ¡Arriba!, se arenga, y deja la cama donde ha dormido, la del refugio en el que le toca pasar las noches de los días indiferentes y los del aire tenue y refulgente cuando el sol se pone a recalentar la tierra, siempre polvorienta.

Blanca de la cal de la esterilidad, y sin embargo hecha para el aceite y el vino. Está desnudo. Las piernas son dos columnas larguísimas, perfectamente alineadas, como las de su madre, las nalgas escuetas, como las de su madre, el caminar prensil, como el de su madre. En su delicada fortaleza no se adivina la estirpe del Hombre, que tal vez también esté llena de sangre mestiza. Sin embargo, algo de él debería verse en su porte. No faltará quien encuentre un parecido. En cambio, ¿quién se ocuparía del parecido con su madre, tan flagrante que cualquiera que los hubiese visto juntos cuando él era un muchachito hubiera dicho que eran hermanos? En el Perú seguro que habrán hablado de su parecido con él. Era el héroe, la sangre que debería justificarlo. Por eso fuma el opio en su pipa de porcelana. En alguna actitud, en algún gesto, en

alguna parte de su cuerpo, el héroe del Perú podría haberse reconocido, pero no lo quiso. Siempre fue lejano y protector. Un Hombre egoísta y generoso, y, quizá, verdaderamente austero, que dedicó su vida a armar países y a poner distancia con todos; con él, su hijo, con quien trató de redimirse dándole una esmerada educación, con los anaqueles repletos de libros a los que le franqueó el acceso para que pudiese dar el paso que su madre no podía dar. Es cierto, algo fatal y amargo lleva de él. La mitad, diría algún fanático de la Enciclopedia, pero no tiene por qué ser necesariamente así.

Se rió cuando se enteró de que a su padre la suegra le decía “el cholo”. Porque al propio héroe lo sospechaban contaminado. Todos cholos, hablando en francés como Bolívar, leyendo en francés, en inglés, como su padre, pero todos cholos. Por eso se rió esa primera vez y todavía alguna otra. Y porque él mismo es tan mulato como su madre. Alta, oscura, de boca generosa, de fragancia salvaje.

Está de espaldas frente al aguamanil. Se enjuaga la boca, se lava la cara en el agua que no es helada, que guarda la tibieza densa del cuarto. Tal vez es demasiado flaco, demasiado alto. Los músculos exhiben su relieve, sus brazos y sus dedos largos como sus piernas parecen buscar los objetos desde lejos, con grandes y acompasadas palancas, con movimientos demorados por el tiempo que piden esas articulaciones.

Los negros. Es mulato, lleva sangre negra, y es bien capaz de enamorar a las mujeres que nunca buscó, aquellas que apenas tuvieron acceso a quien se dejaba frecuentar más por amabilidad que por hambre. El sexo con ellas respondía más bien a una curiosidad, había que abordarlo, que explorarlo. 

Jugó, es cierto. Le ha gustado verse jugar ese juego del que no quedó cautivo. Ha sido actor, pero más bien espectador del conjuro, y se ha entregado.

Puede comprender el dolor que comporta el olvido de una mujer enamorada, pero no sentir el desgarro. Solamente una vez vivió algo que se haya parecido: Alexandra.