SEGUNDA ENTREGA

Ante la inminencia de la muerta de Eva, Perón decide que hay que embalsamar el cadáver de su esposa. El elegido para esa tarea es el español Pedro Ara. El general le ordena al doctor Canónico que se ponga en contacto con el médico para convencer de llevar adelante la tarea.

Por Mariano Hamilton | Imágenes: Archivo

 

El cuerpo y la sangre de Eva (capítulos 1 y 2): https://pampa.icpba.gba.gob.ar/El-cuerpo-y-la-sangre-de-Eva-1

 

                                                                            Capítulo 3

Ara bajó del taxi y tocó el portero eléctrico. Sin que mediara palabra alguna, le abrieron. Subió dos pisos por escalera y tocó en el departamento B. Luego golpeó. Le abrió la puerta un hombre flaco y alto, con el pelo peinado hacia atrás a la gomina. Se saludaron. El doctor Canónico lo acompañó hasta un pequeño despacho. Cerró la puerta. Se sentaron. Quedaron enfrentados, separados por un gran escritorio de madera. Ara comprendió que ese gesto indicaba que iban a hablar de negocios. A la derecha del escritorio había una Olivetti. En el escritorio, simétricamente alineados, estaba las lapiceras, un block de hojas, el papel secante y el recetario. Nada estaba allí por azar.

Canónico cruzó las manos, se echó hacia adelante y bajó la voz como si estuviera contando un secreto en un lugar público. El gesto sorprendió a Ara. ¿Por qué tanto susurro si estaban solos? El español pensó en la posibilidad de que hubiera micrófonos.

-La señora Eva Perón está agonizando… -balbuceó Canónico.

Ara se imaginaba esa noticia o tal vez una peor. Se mantuvo en silencio.

-Creemos que el desenlace se producirá en horas, por lo que el general Perón ha decidido contactarlo para que se haga cargo de la conservación de cuerpo.

Ara ya había escuchado que su nombre era uno de los que Perón evaluaba para embalsamar a Eva, pero su cara no lo trasuntaba. El español se mantenía expectante. 

El silencio de Ara puso incómodo a Canónico. ¿Por qué no le decía nada? ¿Acaso no estaba interesado?  Hizo otro intento para arrancarle alguna palabra al hombre que permanecía impávido frente a él.

-Queremos que esté preparado para actuar cuanto antes, porque sabemos que los primeros momentos luego de la muerte son fundamentales para el éxito de la tarea.

Ara asintió:

-Entiendo. Por delicadeza, no puedo referirme a la señora como un cadáver mientras se encuentre con vida. Pero sí puedo decir genéricamente que, ante un proyecto de semejante magnitud, lo mejor hubiera sido adelantase para comenzar con la preparación con mayor anticipación. No es lo ideal improvisar ante un trabajo de tanta responsabilidad. Por eso, y sin hacer caso omiso a una posible recuperación de la señora, aconsejo sólo en carácter preventivo que se acondicione un local, se compren ciertos insumos y se me permita contratar a un ayudante de mi confianza.

-Entiendo, doctor Ara. Sólo le digo que, llegado el momento, usted puede actuar como lo crea conveniente. Para hacerlo tiene la más absoluta aprobación del general Perón.

-Como usted dice, doctor, llegado el momento me encontraré con el señor presidente para sellar los términos del acuerdo. Sin embargo, debo decirle que mi opinión es que, por razones políticas, esta sublime tarea debería ser encarada por profesores argentinos.

Canónico hizo una mueca.

-Pienso igual que usted, doctor. Y así se lo he manifestado al presidente. Pero como decidir una situación de esta naturaleza no es de mi incumbencia, el general Perón optó por encargarle esta misión a una sola persona para que asuma toda la responsabilidad. Y esa persona es usted. 

Ara tomó nota mentalmente del mensaje. En caso de que algo saliera mal en el proceso de conservación del cuerpo, sería responsabilizado. Lo que no sabía era cuál sería la consecuencia. Por un segundo pensó en declinar la propuesta, pero se guardó sus dudas para otro momento.

-Vamos a tomar en cuenta sus pedidos. Espere nuestro llamado -dijo Canónico mientras se ponía de pie.

El español lo imitó. Caminaron hacia la puerta. Se estrecharon las manos y Ara salió del consultorio con paso firme. Llamó al ascensor. Cuando llegó y abrió la puerta de reja, Canónico se acercó: 

-Una cosa más -dijo-. ¿Usted fue quien embalsamó a Jorge VI?

Ara sonrió:

-Estuve en Londres en el momento de su muerte, en un congreso del Comité Internacional de la Nomenclatura Anatómica -respondió Ara de la misma manera en que lo había hecho todas las veces que fue consultado sobre ese caso en particular-. Es una de las tantas cosas que se me atribuyen. No he embalsamado a Jorge VI ni a Lenin. No hagáis caso de todo lo que os digan. 

Ara iba a jugar un rato. Y siempre usaba la misma fórmula para introducir la duda:

-Por otra parte, si lo hubiera hecho, no lo podría decir -concluyó y entró en el ascensor sin esperar la reacción de Canónico. Sabía que el trabajo ya estaba hecho. No había negado ni confirmado la versión. 

Canónico, como todos aquellos que alguna vez le habían preguntado, se quedó con más incertidumbre de la que tenía antes. Y encima le había nombrado a Lenin, algo que no estaba dentro de la información que le habían acercado los servicios de inteligencia. 

Ara apretó el botón que decía PB y cuando empezó a bajar miró hacia el lugar en donde Canónico permanecía sumido en sus reflexiones. Sonrió. Había conseguido el efecto deseado.

 

Foto 2

                                                                            Capítulo 4

Recién cuando llegó a su casa, Ara se dio cuenta del desafío que le habían planteado y que, sin dudas, le iba a complicar su presente y su futuro. 

Fue a la cocina y se sirvió un vaso con agua. Luego se acostó. Miró a su esposa. Pensó que al día siguiente le tendría que compartir lo ocurrido. 

Daba vueltas en la cama sin conciliar el sueño. Pensó que nadie podía estar tan pero tan cerca de una muerta tan pero tan ilustre sin que ese hecho cambiara significativamente su destino. La idea lo perturbó. Se preguntó lo que tantas veces en el último mes: ¿es necesario aceptar la oferta? Su sentido común le decía que no, que por su bien y el de su familia, lo mejor era dar un paso al costado. Pero muchas veces el sentido común está opacado por la egolatría, por la ambición de hacer algo que trascienda al propio tiempo en este mundo y por el poder del dinero. Era fama y fortuna, una combinación que alcanzaba para dejar de lado cualquier recaudo.

Finalmente, el cansancio pudo más y se durmió. Lo último que pensó antes de cerrar los ojos fue en que Evita había muerto y que debía comenzar con el trabajo al día siguiente.