Fútbol y política
Por Miguel Frías | Imágenes: Archivo
Leonardo Torresi y Ariel Borenstein, excelentes periodistas y docentes formados en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, acaban de publicar el libro “100 historias asombrosas de los mundiales”. Garantía plena. Torresi, hincha de Los Andes, tiene una larga carrera en el periodismo gráfico y conduce y produce Conurbania, junto con Pedro Saborido y Daniel Míguez, por Unahur, la radio de la Universidad Nacional de Hurlingham. Borenstein, hincha de Racing, publicó libros como Don Julio. Biografía no autorizada de Julio Humberto Grondona y Los muchachos futbolistas. La lucha gremial de los jugadores y la selección Argentina en los mundiales 1950 y 1954. Además dirigió, con Damián Finvarb, los documentales En obra, sobre Carlos Fuentealba, docente asesinado en 2007 por la policía neuquina, y Entre gatos universalmente pardos, sobre Salvador Benesdra, autor de El traductor, una joya literaria que Benesdra no llegó a ver editada porque se suicidó, inédito, el 2 de enero de 1996, a los 43 años.
En gran parte de “100 historias asombrosas de los mundiales”, Torresi y Borenstein no se limitan a repasar rarezas aleatorias de las copas del mundo: articulan las anécdotas con el contexto sociopolítico en que sucedieron; es decir, las resignifican, les dan un sentido histórico. Nada más atrapante en vísperas de un mundial que promete ser convulsionado, con los Estados Unidos a puro embate belicista impulsado por Donald Trump y la ultraderecha internacional (y argentina, como furgón de cola). “100 historias” se convierte, así, en una obra apasionante y, por qué no, didáctica: de haberla leído, la libertaria Juliana Santillán, presidenta de la Comisión de Relaciones Exteriores y Culto de la Cámara de Diputados se habría enterado de que Checoslovaquia se disolvió en los años 90 del siglo pasado. Para ella, y para el resto de los lectores, el libro está en venta a través del sitio https://www.librofutbol.com/. A continuación, fragmentos del trabajo de Torresi y Borenstein.
El Duce amenazaba a los jugadores, pero sacó su propia entrada (1934)
El 10 de junio de 1934, cuando llegó al Estadio Nacional del Partido Nacional Fascista, en Roma, Benito Mussolini fue recibido con todos los honores posibles. La primera Copa europea fue prácticamente un acto de propaganda del régimen y parte de la “puesta” fue el gesto del propio líder en aquella jornada de la final con Checoslovaquia. Para transmitir un gesto de austeridad, el Duce, se acercó a una boletería y compró él mismo las entradas para él y sus dos hijos.
La presión del plantel italiano para ganar el Mundial fue terrible. Unos días antes del inicio, Mussolini le dijo al DT Vittorio Pozzo: “Usted es el único responsable del éxito, pero que Dios lo ayude si llega a fracasar”. Cuentan que en una visita a los jugadores les hizo el gesto de pasarse el dedo por la garganta ¿El Duce tenía aptitudes para el “humor negro” o era una amenaza directa? La respuesta parecía más cerca de la segunda opción.
Italia fue campeona, pero ni así el líder se relajó. Tres veces obligó al equipo nacional a jugar con camisetas negras, en honor a los Camicie Nere (Camisas Negras), la fuerza de choque voluntaria del Partido Fascista. La más resonante, y la última, fue en el Mundial de Francia en 1938, en el partido contra los locales por los cuartos de final.
El coraje y el doloroso destino del “Mozart del fútbol” (1938)
Cuando llegó el segundo Mundial europeo, Austria llevaba tres meses anexada por la Alemania de Adolf Hitler. La Selección, que había clasificado con su nombre, dejó un hueco en la Copa, que aprovechó Suecia, su rival programado, para ganar su primer partido sin jugarlo.
Detrás de ese hecho hubo una historia oscura y dolorosa y a la vez de inmenso coraje, de un futbolista que se convirtió en el primer mártir del fútbol.
El mejor jugador austríaco, Matthias Sindelar, llamado el “Mozart del fútbol”, se negó a jugar para Alemania al resistirse a “servir” al régimen nazi. Se ocultó, y al año siguiente, descubierto por las SS, se suicidó junto a su esposa abriendo el gas de la cocina. Veinte mil personas fueron al funeral.
Siete jugadores austríacos sí aceptaron participar en la Copa jugando para Alemania. Y además de la de Sindelar hubo otra deserción notable, la del capitán Walter Nausch. La condición para integrarse era que se divorciara de su esposa judía. Nausch se negó y huyó a Suiza.
Checoslovaquia, de dos veces finalista a no existir más (1962)
La caída del Muro de Berlín es un hecho histórico que tuvo sus consecuencias en el fútbol. Entre ellas, la desaparición de selecciones que hasta la década del ’90 pasado habían sido animadoras de los mundiales. Entre ellas de Checoslovaquia, subcampeona del mundo en dos oportunidades: en 1934 en Italia y en 1962 en Chile.
En 1934, llegó a estar en ventaja en la final contra el local con un gol de Antonic Puc a los 71 minutos, que tensó al régimen de Mussolini que veían peligrar el título. El argentino “oriundi” italiano Raimundo Orsi empató a los 80. Finalmente, Angelo Schiavo le dio la victoria a Italia.
En ese mundial Checoslovaquia había derrotado 2 a 1 a Rumania en la primera fase; 3 a 2 a Suiza en cuartos de final, y 3 a 1 a Alemania en semifinales. Además de Puc se lucieron el arquero Frantisek Planicka y Oldrich Nejedly, quien fue el goleador del mundial con 5 tantos.
En 1962, nuevamente llegó a la final de un Mundial. Esta vez, en continente americano. El rival era el campeón vigente, Brasil, quien no contaba con Pelé lesionado en el segundo partido. Al igual que en el 34, se adelantó en el resultado en la final. El gol lo marcó a los 15 minutos Josep Masopust. Pero nuevamente como en Italia, le dieron vuelta el partido. Amarildo, Zito y Vavá, dejaron a Checoslovaquia sin el título.
En Chile, Checoslovaquia ya había enfrentado a Brasil con un empate sin goles en la primera ronda, en la que le ganó a España 1 a 0 y perdió 3 a 1 con México. De todas maneras, se clasificó a cuartos de final donde le ganó 1 a 0 a Hungría y en semifinales a Yugoslavia, por 3 a 1.
Tras la división del país en 1993, surgieron de forma independiente la selección de la República Checa, y la de Eslovaquia.
El día que Chile jugó sin rival e hizo un gol (1974)
Los mundiales empiezan en las eliminatorias, y en esa fase de la Copa de Alemania Federal del ‘74 sucedió un episodio increíble, verdaderamente dantesco. Fue en el repechaje Europa-Sudamérica, que enfrentó a Chile con la Unión Soviética. El partido de ida, en Moscú, se jugó con normalidad y fue un empate en cero. El 21 de noviembre de 1973 debía jugarse la vuelta en Santiago. Pero en el medio los soviéticos repudiaron el derrocamiento del presidente socialista Salvador Allende a manos del general Augusto Pinochet, y retiraron el equipo. Alegaron que de ninguna manera se iban a presentar en el Estadio Nacional, que se había usado en esos días como campo de concentración y centro de torturas y fusilamientos.
Y entonces no hubo un partido y a cambio se vivió una situación patética. El árbitro se presentó para darles el partido ganado a los locales. Pero la formalidad no alcanzó: el equipo chileno salió a la cancha con la ropa oficial, y después de unos pases en un campo de juego sin adversarios, el capitán Francisco Valdés metió el gol del “triunfo”. Lo llamaron el “partido fantasma”, aunque no lo fue tanto, porque en las tribunas había más de 17.000 espectadores.
El “Partido del Muro” lo ganaron los comunistas (1974)
Hay un gol de los Mundiales que se convierte y se grita todos los días, muchas veces, como un gol permanente que congela la historia en un instante.
Sucede al borde del río Spree, cerca de la Puerta de Brandeburgo, en Berlín. En el DDR Museum, los visitantes pueden manejar virtualmente un viejo Trabant, el autito cuadrado de líneas soviéticas más popular de la Alemania comunista, o vivenciar, metidos en una réplica, la atmósfera de un departamento familiar de aquellos años. Pero la atracción más convocante para los futboleros es un metegol muy especial. Se trata de un “medio metegol” en el que se ataca para un solo lado y tiene como fin meter las veces que uno quiera, el real y famoso gol que rompió la lógica en el cruce más curioso de la Copa de 1974.
El partido entre las “dos Alemanias”, la Federal y la Democrática u Oriental, fue uno de los más increíbles de los Mundiales. Fue el único oficial entre las dos naciones divididas desde 1961 por el Muro de Berlín; se jugó en el Mundial organizado por una de ellas, lo perdió el candidato y se desarrolló bajo medidas de seguridad inéditas, con francotiradores y helicópteros.
La Alemania comunista era un equipo respetable que había ganado la medalla de bronce dos años antes en Múnich, también en la Alemania Federal. Pero el triunfo ante su “par” local, luego campeón mundial, no dejó de ser una sorpresa. El gol de Jürgen Sparwasser, un ingeniero mecánico de 26 años, resolvió un partido chato y le dio la chance a su equipo de pasar de ronda. Fue un resultado de mutua conveniencia, porque le posibilitó a la Alemania de Franz Beckenbauer caer en el grupo definitorio supuestamente más accesible. En lo político, un éxito del Este en el marco de la Guerra Fría, cuando cada éxito deportivo contaba en la disputa.
Días más tarde, Alemania Oriental jugó el último partido mundialista de su historia, contra Argentina. Dos años después se superó en el deporte amateur y ganó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Montreal. Llegó a participar de las eliminatorias de Italia ’90 y, ese mismo año, el 12 de noviembre, cerró su historia con un triunfo en un amistoso con Bélgica.
La muerte de Perón y los minutos de silencio en plenos partidos (1974)
El 1 de julio de 1974, la delegación argentina en el Mundial pidió postergar el partido que debía jugar con Alemania Oriental dos días después. Una noticia los había golpeado: acababa de morir el presidente Juan Domingo Perón y su viuda, María Estela Martínez, había decretado un duelo de tres días. En el lugar del mundo que les había deparado el destino, los jugadores querían cumplirlo.
El partido no definía nada porque los dos equipos ya no tenían chances en la segunda ronda, que definía a los finalistas. Pero igual la FIFA mantuvo fecha y horario.
Ese 3 de julio, además del partido de Argentina contra el equipo de la RDA, jugaron Alemania-Federal-Polonia, Holanda-Brasil y Suecia-Yugoslavia. Los dos primeros eran virtualmente las semifinales. Los locales y los naranjas fueron los clasificados.
No fue tan raro que en los cuatro partidos se hiciera un minuto de silencio, aunque acotado a unos segundos. Al fin y al cabo había muerto el presidente de uno de los países participantes, algo inédito. Lo curioso fue que el corte se hiciera con los partidos en marcha, a los 10 minutos.
Varios jugadores argentinos, como Miguel Brindisi, el “Ratón” Rubén Ayala o Roberto Telch eran adherentes al peronismo, e incluso algunos habían conocido al general fallecido. En la concentración argentina se armó un altar. Los jugadores usaron una foto de Perón publicada en un diario alemán y la rodearon con unas velas y flores. También fueron a una misa, oficiada en alemán y en español.
En el partido se produjo el debut de una leyenda del arco, Ubaldo Matildo Fillol. Ganaban los alemanes orientales y el gol del empate lo marcó René Houseman. Su compañero Brindisi contó que “El Loco” gritaba “Perón, Perón”, mientras lloraba entre sus brazos.
La Guerra de Malvinas, con fútbol de las dos selecciones (1982)
Cuando el plantel de Argentina, por un lado, y el de Inglaterra, por el otro, llegaron a España para el Mundial de 1982, fue la primera vez que dos países que se encontraban en guerra entre ellos, participaban simultáneamente de este torneo.
Es más, Argentina debutó en el torneo en el partido inaugural con una caída 1 a 0 frente a Bélgica el 13 de junio. Recién al día siguiente finalizó la guerra de Malvinas. Inglaterra, por su parte, se presentó en el torneo dos días después del fin de la contienda bélica, el 16 de junio, con un triunfo 3 a 1 frente a Francia.
El volante argentino Osvaldo Ardiles sufrió la muerte de un primo aviador en la guerra. Pese a ser ídolo en el Tottenham, tras el Mundial debió dejar Inglaterra por su condición de argentino. Se fue al París Saint Germain.
Ambas selecciones dejaron el Mundial en la segunda ronda: Argentina sin puntos tras derrotas ante Italia y Brasil; e Inglaterra con dos 0 a 0 frente a España, el local, y los alemanes.
En ese torneo, Argentina e Inglaterra no se cruzaron en la cancha. Recién lo harían cuatro años después en México, con la guerra aún fresca.
Un jugador con altura y mensaje desde el medio de Brasil (1986)
La presencia de Sócrates en una cancha llamaba la atención antes de que tocara la primera pelota. Barba a lo Che Guevara, pelo rizado larguito, 1,90 de altura y la cinta de capitán de una selección brasileña llena de estrellas como Zico.
Pero en el primer partido del Mundial 86 dio un paso más allá y decidió salir a jugar el partido frente a España con una vincha blanca con la leyenda “México sigue en pie”. Con el espectáculo del fútbol ya en marcha, Sócrates decidió reivindicar ante el mundo al pueblo mexicano que había sufrido un terremoto el año anterior y se había levantado.
Durante el Mundial, en su vincha lució otras leyendas contra la violencia y por la justicia. Sócrates además de fenómeno del fútbol, era médico. Se reivindicaba de izquierda y fue el motor de una experiencia conocida como “Democracia Corinthiana” en la que los jugadores democráticamente autogestionaban el equipo.
Ese tipo de prácticas inéditas para el fútbol contrastaba con el clima represivo que se vivía en Brasil durante la dictadura, a la que Sócrates se opuso.
En México ’86, Sócrates erró su penal en la tanda definitoria del partido frente a Francia en cuartos de final. Brasil se quedó afuera, pero Sócrates ya había dejado su marca en el torneo.
Los goles con dos selecciones de Prosinecki (1990)
Robert Prosinecki fue el único jugador que convirtió goles en mundiales para dos selecciones distintas. El primero lo hizo para Yugoslavia en 1990 ante Emiratos Árabes. Pero luego vino la guerra interna, la división del país en varias naciones y el lujoso conductor pasó a jugar para Croacia en 1998, donde volvió a anotar.
El primero que hizo en Francia fue un golazo. Tiro libro para Croacia por izquierda. La toca con derecha a un compañero, que se la devuelve. Un defensor de Jamaica sale a marcarlo y lo deja en el camino con un enganche que lo deja en posición de tirar centro. Sin embargo, de zurda, la mete en el segundo palo.
En ese torneo, volvió a marcar en el partido por el tercer puesto ante Holanda, en el que Croacia consiguió subirse al podio de ese Mundial detrás de Francia y Brasil. Recibe en el área de espaldas al arco con la izquierda, sorprende con un giro hacia su derecha y saca un tiro cruzado. Golazo.
Volvió a jugar el Mundial del 2002 pero sólo estuvo en cancha 45 minutos ante México, ya que su estado físico no era el mejor para aquel entonces.
A veces, hay jugadores que ostentan algunos récords producto de un día de inspiración. Prosinecki fue uno de esos típicos talentos que supo tener en su tiempo Yugoslavia. Que llamó la atención del mundo del fútbol lo que le valió jugar tanto en el Real Madrid como en el Barcelona. Y que una vez desmembrado el país, paseó su fútbol mundialista en representación de Croacia.
Francia les ganó a los rivales y a sus enemigos internos (1998)
Francia es un país con gran tradición futbolística, pero hasta 1998 jamás se había coronado campeón del mundo. Ese era el objetivo cuando le tocó organizar el último mundial del siglo 20: poner en valor la rica historia con un título. Sin embargo, la política metió la cola en la preparación. Un dirigente de extrema derecha, Jean Marie Le Pen, atacó a la selección por contar con muchos integrantes hijos de inmigrantes y nacidos en colonias francesas. Quién más irritaba a los racistas era Christian Karembeu, quien se negaba a cantar la Marsellesa. “Mis antepasados fueron exhibidos en zoológicos franceses”, era su argumento.
Sin embargo, el ataque de la derecha generó la reacción de quienes pasaron a denominar a la selección la “Black, Blanc, Beur”, negro, blanco y árabe. La selección de fútbol reflejaba la realidad de los barrios populares franceses, con su mestizaje producto de inmigraciones promovidas en su momento por gobiernos que buscaban mano de obra barata.
Zidane, descendiente de argelinos, fue quien lideró a esa selección “multicultural” en la que sólo 8 de los 22 integrantes del plantel eran hijos de padre y madre francesa. Con una sensibilidad única para manejar la pelota y conductor lujoso del equipo, Zinedine sorprendió en la final ante Brasil con dos goles de cabeza, claves para la holgada victoria por 3 a 0. La que permitió a Francia consagrarse campeón por primera vez. Lo conseguía con una selección representativa de su diversidad, esa que los supremacistas blancos se niegan a reconocer y respetar.

