Hernán Ronsino

El autor de Glaxo, novela que está siendo adaptada al cine con el protagónico de Lali Espósito, lanzó Antes de leer, libro de ensayos publicado por Ediciones Bonaerenses. Ronsino, gran escritor nacido en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires, analiza y revisa aspectos literarios de figuras como Saer, Aira, Walsh y Lugones en quince textos inéditos: rigurosos, inteligentes y amenos

Por Miguel Frías | Imágenes: Alejandro Guyot

Hernán Ronsino, uno de los mejores escritores argentinos contemporáneos, además sociólogo, nació y se crió en Chivilcoy, ciudad al norte de la provincia de Buenos Aires que impregna su obra, sobre todo en el aspecto rural. “Obviamente, hay lugares que te marcan, territorios que te modelan, pero la imaginación puede dar un paso más y trascenderlos -aclara-; me parece que es lo que nos está faltando”. Con una prosa de precisión casi saeriana, libre de convenciones, demandas de mercado y modas despojadas, que tantas veces disimulan limitaciones narrativas, escribió cinco novelas: La descomposición, Glaxo, Lumbre (que conforman la trilogía pampeana), Cameron y Una música; y un libro de cuentos, Caballo de verano, todos editados por Eterna Cadencia. Dos más oscilan entre el ensayo y el híbrido: Notas de campo y el reciente Antes de leer, con quince textos de la última década que no habían sido publicados en la Argentina. Ediciones bonaerenses, editorial pública estatal de la provincia de Buenos Aires, lo publicó y entregó a bibliotecas populares y escuelas. También ofrece la descarga gratuita desde su sitio web (https://edicionesbonaerenses.sg.gba.gob.ar/) 

Antes de leer se articula con Notas de campo, editado por el sello Excursiones, en una variedad de planos notable: desde autores que influyeron en Ronsino hasta el registro de sus primeras lecturas en clave autobiográfica, en Chivilcoy. Algunos de estos ensayos, con fuerte impronta narrativa, pueden ser leídos como ficciones. “Después de Notas de campo, que es de 2017, seguí escribiendo y colaborando en revistas de Chile, España y Argentina. Di conferencias. Me interesa mucho pensar a autores, sumergirme en sus obras y en sus vidas, y después escribir algo. En Antes de leer hay crónicas, críticas de libros y narrativa”, explica. El primer texto es autobiográfico, una narración que, con fluidez, sin subrayados, evoca a un joven lector iniciático: él mismo. Se titula Un escritor en bicicleta. Ese escritor -también investigador y periodista, nacido en 1928 y fallecido en 2003- es Gaspar Astarita, biógrafo y ciudadano ilustre de Chivilcoy, autor de Argentino Galván, Pascual Contursi, Piazzolla del 46, Prontuario de una esquina, Retablo chivilcoyano, Abel Fleury: Vida y obra, Cortázar en Chivilcoy, Encarnación Corujo, Italianos en Chivilcoy y El poeta criollo Boris Elkin.

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“De joven lo miraba pasar a la distancia, silbando un tango en su bicicleta; una vez lo seguí con la mía, pero no me animé a hablarle. Fue el primer escritor que conocí. Jamás imaginé que más tarde su familia iba a legarme su archivo personal -recuerda Ronsino-. Astarita es muy importante para la zona y el mundo del tango. No sólo fue un biógrafo de personalidades destacadas que pasaron por Chivilcoy; también escribió la historia de algunos barrios y participó del mundo del tango en relación con el lunfardo”. En Un escritor en bicicleta, leemos: “Astarita escribió libros fundamentales para la memoria de mi ciudad. Si Birabent escribió el monumento, si Mario Visiconte discutió desde el rosismo ese monumento implacable que es El pueblo de Sarmiento, Astarita trabajó con personajes, supo desplegar lo que Schwoob plantea en El arte del biógrafo: es decir, narró las singularidades, esas vidas que llevaban encima algo extraordinario”. 

En el mismo texto, Ronsino menciona su formación como lector en clubes de Chivilcoy, traza afinidades entre juego y lectura, recuerda un gol en contra en la cancha de Cerámica Argentina, que quedaba cerca de su casa. “Tengo la sospecha de que no me formé como lector en las bibliotecas, tampoco en la escuela, creo que me formé como lector en los clubes que frecuenté, cuando la década del 80 corría con sus complicaciones políticas y económicas. El entorno y el fútbol hacen pensar, por momentos, en ciertos textos de Osvaldo Soriano, cuya literatura no se parece a la de Ronsino. Sin embargo, el autor de Lumbre, hace un rescate inesperado, al menos para el autor de esta nota: “Yo leí mucho a esos autores de oralidad muy fuerte, como Soriano, Fontanarrosa y otros; escritores que la academia miró de reojo, injustamente. Las tres primeras novelas de Soriano son impresionantes, entre ellas Cuarteles de invierno. En Antes de leer está le pregunta acerca de qué nos modela la mirada, con qué libros nos volvemos lectores. Yo llegué tarde a los libros, soy un lector tardío que aprendió a leer apasionadamente de grande”. 

Más allá de la modestia de Ronsino, su trilogia pampeana es una maravilla que repite personajes -Bicho Souza, Abelardo Kieffer o Pajarito Lernú- pero jamás estilo narrativo. Glaxo, una nouvelle que abarca un período entre 1959 y 1984 y está vinculada con los fusilamientos en José León Suárez en 1956, ha sido adaptada al cine por Benjamín Naishtat y está en la etapa de posproducción. La protagonista es Lali Espósito; la acompañan Esteban Lamothe, Marcelo Subiotto, Manu Fanego, Alan Sabbagh y Esteban Bigliardi. Una coproducción argentino- brasileña. “El guión es exclusivamente de Benjamín. Estuvimos hablando mucho, pero no participé en la adaptación. Sé que hubo algunos cambios. Quiero verla lista. Me siento muy honrado. Es la primera obra mía que adaptan al cine. Tengo la tranquilidad de que Benjamín es un gran director, como lo demostró en Rojo, Puan y otras películas”. 

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Antes de leer, el nuevo libro de Ronsino, abarca, a través de un prisma literario, desde parte de su historia familiar hasta las de familias que fueron reflejo trágico de la historia argentina del siglo XX, como los Lugones. Lo hace, en este último caso, desde la perspectiva de Tabita Peralta Lugones, bisnieta del autor de La guerra gaucha, a partir del modo en que ella echó luz sobre la oscuridad familiar a través del libro Cuervos de la memoria “Leopoldo Lugones es considerado El poeta nacional, el que instala al Martín Fierro y al gaucho, hasta entonces despreciado, como símbolos nacionales. El Día del escritor es en su homenaje. También es el que promueve golpes de Estado; el que pasó de ser anarquista a fascista. Tiene libros, como La grande Argentina y La patria fuerte, que fueron publicado por el Círculo Militar. Polo, su hijo, fue un personaje siniestro, un torturador, supuestamente el inventor de la picana eléctrica. En algún momento estuvo detenido y su padre le imploró a Yrigoyen que lo liberara; después del golpe de Uriburu, Polo ocupó un puesto en la policía secreta de Buenos Aires. Luego, Pirí Lugones, la hija de Polo, fue militante armada: confrontó con lo que habían sido las ideas de su familia. Fue secuestrada, torturada, desaparecida. Cierra el círculo, su hija, Tabita, que escribe esta historia. También trabajé con la historia familiar de José Donoso. Me interesaba el testimonio desde adentro, cómo eran narradas esas familias, el impacto que tenían esas familias en la obra de ellos”. 

En el texto La teoría del conflicto central, Ronsino bucea en el antagonismo supuestamente insalvable entre la literatura de Juan José Saer y César Aira, dueños de modelos narrativos -y personales- opuestos. Lo hace pivoteando sobre los planteos teóricos de Raúl Ruiz (1941-2011), cineasta y escritor chileno radicado en París en 1973, tras el golpe de Estado de Augusto Pinochet al gobierno de Salvador Allende. En Poéticas del cine, Ruiz se opone a la hegemonía de las fórmulas de Hollywood, hoy exacerbadas a nivel global por las manipulaciones algorítimicas, que pretenden construir un gusto sin matices. “Decir que una historia solo puede existir en virtud de un conflicto central nos obliga a eliminar todas aquellas que no incluyan ninguna confrontación”, escribe Ronsino. Una suerte de colonización cultural  invisible para la mayoría. Después de un desarrollo impecable de los modelos saeriano -”basado en la lentitud y la perfección”- y airano -”escritura rápida y ligera”, Ronsino traza, más allá de voluntad de cada autor, una conexión entre las obras aparentemente contrapuestas de estos dos pesos pesado de la literatura argentina. Es decir: encuentra afinidades, o al menos una, que no es menor.

Concluye: “Fabián Casas tiene una idea sobre la lectura que puede ser apropiada para pensar de otro modo estas dos maneras de narrar. Casas dice que se puede leer con la lógica de un soldado, defendiendo las trincheras de un modo estético; o, en cambio, se puede leer con la lógica del soldador, aquel que lee lo inconexo, el que une lo que, en apariencia, no se puede unir. Saer y Aira constituyen modelos narrativos muy diferentes, con búsquedas muy opuestas, pero hay un punto que no sólo los conecta, sino que también los acerca a Ruiz. Los tres son autores que piensan críticamente el modelo de conflicto central y que proponen, a través de la deriva en la trama, cada uno a su modo, una forma nueva de narrar”. 

          Le preguntamos si su novela Lumbre es un ejemplo de esto. “Comparte la idea de la deriva -responde-. Plantea una trama que se desvía y es morosa. Compleja para estos tiempos de búsqueda de satisfacción instantánea y virtualidad. Sucede en tres días. Trata sobre un personaje que regresa a su pueblo después de muchos años, y te diría que por fuera no ocurren grandes cosas. Hay millones de situaciones pequeñas que despiertan sus recuerdos: el cruce con personas con las que vivió la infancia. Hay algo de la historia del pueblo y de la Argentina dando vueltas. Pero estamos socializados, educados, porque lo aprendimos en la escuela, con el formato narrativo clásico, de principio, nudo y desenlace, el modelo aristotélico de tres partes. Cuando leemos o vemos una historia que se escapa un poco de ese formato nos aburrimos o no entendemos, no le encontramos sentido: tenemos internalizado otro modelo. Nuestro gusto está modelado, aunque no nos demos cuenta”. 

Otro ensayo de Antes de leer, titulado Rodolfo Walsh, pone el foco en la Carta de un escritor a la Junta Militar, que Walsh dio a conocer el 24 de marzo de 1977, en el primer aniversario del golpe cívico militar de 1976; una pieza histórica que denunciaba los abusos políticos y económicos, y las aberraciones del gobierno de Jorge Rafael Videla en materia de derechos humanos. Al día siguiente, Walsh fue emboscado por un grupo de tareas en Av. Entre Ríos y Av. San Juan, opuso resistencia, pero cayó ante el ataque: su cuerpo nunca fue encontrado. Ronsino sostiene que las ficciones de Walsh quedaron como el lado B de sus libros de narrativa periodística -Walsh se adelantó, en este plano, a Truman Capote-. Hablamos de Operación Masacre, Caso Satanovsky y ¿Quién mató a Rosendo?. Pero lo novedoso de la teoría del escritor chivilcoyense es que, según él, el asesinato/desparición de Walsh no estuvo vinculada con la Carta a la Junta, una de las textos más lúcidos de la política, el periodismo y, por qué no, la  literatura argentina. “Prácticamente nadie había leído la carta. Lilia Ferreira, la compañera de Walsh, cuenta que el 24 de marzo de 1977 apenas tenía cinco copias de la carta en la casita del Tigre, junto al río Carapachay. Walsh estaba enviándola a distintos compañeros el día de su muerte. No es la carta lo que desata su desaparición. Es su militancia: muere porque era un militante revolucionario”. 

 Luego, Ronsino recuerda el cuento Un oscuro día de justicia, escrito por Walsh en 1970. Transcurre en un colegio irlandés como los que el escritor había conocido como pupilo: el celador Gielty organiza peleas, siempre desparejas, entre alumnos. Las llama Ejercicios. Collins, uno de los alumnos, pierde todas las noches contra otro apodado El Gato, mucho más fuerte que él, para el goce de Gielty. Abrumado por las golpizas, Collins le escribe a su tío Malcom, exboxeador, para que lo ayude. No se trata, según el autor del cuento, de una carta convencional, sino de una “anómala y subversiva”. Malcom viaja hasta el internado y se mide con Gielty. Para sorpresa de Collins y del resto, es derrotado. Walsh, seguramente influido por la muerte del Che Guevara y el inminente regreso de Perón a la Argentina, concluye: “El pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo y que de su propia entraña sacaría los medios, el silencio, la astucia y la fuerza”. 

A casi medio siglo del asesinato de Walsh, Ronsino escribe: “Si bien la carta de Collins y la Carta a la Junta Militar se encuentran en el punto de ser 'anómalas y subversivas' para el poder, mantienen una diferencia de raiz, profunda. Collins está sometido a un orden en el que su cuerpo, el cuerpo del más débil, sufre, sistemáticamente, por ser el más débil. Collins pone el cuerpo para reproducir un orden desigual e injusto. La carta funciona como un pedido desesperado de ayuda. La transformación de ese orden desigual e injusto no nace, como plantea Walsh, del pueblo sino que se deposita en un salvador externo, mítico, carismático: Malcom. Walsh hace una crítica a la dependencia del pueblo de esas figuras heroicas. Y, de algún modo, lo que pone en práctica en su carta, pero también en su vida de militante, es lo opuesto a lo que hace Collins o a lo que hace el pueblo entero dentro del colegio. Walsh escribe la carta como intelectual y miembro de Montoneros, una organización revolucionaria. Es decir, está dispuesto a pelear como parte de un movimiento colectivo (más allá de que cuando escribe la carta ya mantenía cierta crítica con la cúpula de Monteros). Walsh, entonces, pone el cuerpo para transformar la realidad. Y la carta no está dirigida a un salvador sino al propio poder, a la propia Junta. Es, en este sentido, un testimonio, claro y contundente, de resistencia. En el final de la carta, lo último que escribe Walsh en su vida, se refiere, justamente, al compromiso de dar testimonio en momentos difíciles”.