CARACOL
Por Mariano del Mazo | Imágenes: Ana Morán/ Daniel Aquilano
Fue uno de los grandes misterios que dio la ciudad de La Plata. Nació el 3 de marzo de 1950: en su documento figuraba Roberto Paviotti pero todos lo conocían como Caracol. Murió en pleno cenit artístico aunque con la salud minada por una serie de operaciones, el 6 de agosto de 2015. Cantor de un fraseo exquisito, se movió con comodidad en el bolero y en la canción criolla, pero brilló en el tango. Difícil encasillarlo: Caracol era un género en sí mismo. Los que lo supieron disfrutar saben perfectamente que encarnaba una revolución -una revolución “para adentro”, implosiva- en la historia de la interpretación. Pero poco lo saben: los artistas de culto quedan encerrados en esa clase de paradojas
Cantaba como hablaba y hablaba como un hechicero. Comunicaba como sentado en la mesa de un café. Reinventaba cada canción de una manera intrépida, como un ave que sobrevuela con paciencia la presa para arrojarse en caída libre, de un modo imprevisto pero exacto. Caracol siempre caía bien, daba con su objetivo: correrse de la ortodoxia de los compases, casi como si fuera un jazzero jugando con la estructura de cada obra. “Tengo un metrónomo en la cabeza”, decía. Fue cantor, pero antes que nada fue músico. Su endiablado ritmo interno se complementaba con un sentido melódico incorruptible: basta escuchar la versión de “Naranjo en flor” del disco compartido con Tango Chino, el dúo del guitarrista Edgardo “Chino” Rodríguez y el pianista Fulvio Giraudo.
Fue un outsider, más por desdén que por decisión. Después de una vida dedicada a la bohemia y a los oficios más diversos –almacenero, carpintero, metalúrgico, remisero-, después de gozar de un insondable prestigio en ciertos cabarets y peringundines de La Plata, fue empujado al disco por Juan Falú. Falú lideraba una acotada legión de fanáticos, una barrabrava formada mayoritariamente por compositores extraordinarios que gustaban cantar. La legión la integraban nenes como Virgilio Expósito, Raúl Carnota y Chico Novarro, entre otros. Virgilio lo gastaba: opinaba que nadie conocía a Caracol por lo mal que se vestía. “Cómo querés que te den bola si te ponés esa camisa roja. Parecés un bailantero”, contaba Caracol que le decía Virgilio. En la misma época Juan Falú lo arrinconó: “Cantás demasiado bien. O grabás o grabás”. Empezó a usar camisas negras y sacó su primer disco. A los 48 años (“¿qué querés? Soy lento, ¿por qué pensás que me llaman Caracol”?) debutó con “Compás de espera”, bajo la dirección artística de Raúl Carnota. Decía: “Soy tranquilo. Las cosas llegan. Si la música no da, pongo un quiosco. Ya lo hice. Al final siempre vuelvo a cantar. A mí me gustan Gardel, Floreal Ruiz, el Paya Díaz. Con esos monstruitos detrás, modestamente lo único que intento es hacer algo distinto”.
La irrupción ocurrió en 1998, y Caracol no paró. Grabó una decena de discos. A la prensa le costó ubicarlo. Algo no encajaba; algo nunca encajó. Cierta intelectualidad del tango estaba todavía sacudida entre las esquirlas del último Roberto Goyeneche y la vieja novedad de otro fenómeno como Luis Cardei, casi el reverso del Polaco. Si bien cierto aspecto de su fraseo, esa manera de estirar las frases y saltar sobre los compases, tenía que ver con Goyeneche, Caracol no pertenecía claramente a ningún linaje tanguístico. Esa orfandad tal vez le jugó en contra. Mientras entre flujos y reflujos, misteriosas modas llevaban al género de un lugar a otro, en movimientos cíclicos (de la década del 30 al sonido de orquesta, de los años 20 a los 40), y saludablemente una nueva generación copaba la parada, Caracol quedó a contramano: ni joven ni viejo, ni tradicional ni renovador. Picoteaba en la generación intermedia, la de los 60, con cositas de Eladia Blázquez, Héctor Negro, Carmen Guzmán, Chico Novarro, pero no soslayaba clásicos de la década del 40. Tampoco se privaba de estrenar tangos nuevos, propios o de desconocidos. O de irse hacia otros sitios, con temas de Mario Clavell, de María Volonté o Chabuca Granda. “Me gusta la canción. La pilcha es lo de menos”, decía.
Lo querían las mujeres, los tipos que veían en él una buena oreja y los marginales. Era buen amigo y sabía guardar secretos. Odiaba la frase remanida, artificiosa, baladí, esa que algunos aplicaron con él a partir del 6 de agosto de 2015: “Los artistas no mueren, se van de gira”. “Hay que ser gil…”, me dijo sobre esa frase poco antes de morir, en la puerta de La Peña del Colorado -que ya no existe más-, sobre la calle Güemes en el barrio de Palermo. Hablaba de la muerte, pero en realidad hablaba de él. Se lo veía delgado y medio triste. Como enojado. Tenía que operarse de nuevo. “Es que si no me opero es probable que no pueda volver a cantar. Y quiero seguir”.
Recuerdo como si fuera hoy ese encuentro. Me preguntó por el trabajo, por los chicos, por la vida, esas generalidades corteses. Al final, a modo de despedida, tiró una frase que en él era pura ironía: “Te busco por Facebook”. No pudo ser. No pasó la operación. Quedan, diseminados desprolijamente por las redes, discos maravillosos: “Compás de espera” (1998), “Caracol canta tangos” (1999), “Algo diferente” (2002), “Destino de canto” (2004), “Son cosas del amor” (2008), “Tango Chino & Caracol” (2010) y “Manzi por Caracol” (también, de 2010), entre otros.
Los amigos le decían Caraca. Tenía 65 años. No ocupa el lugar que merece en la historia del tango, un género intolerante con los incorrectos. Roberto Paviotti, “Caracol”, fue demasiado libre y nunca se detuvo en frivolidades. Fue, como tituló uno de sus discos, “algo diferente”. Una voz en el abismo del cambio de milenio. En honor a su conducta, tal vez sea la hora de ir hacía el núcleo, hacia una esencia. Es hora de ir a su canto, a su música, a sus discos: un remanso artístico entre tanta confusión y crueldad.

