Festival de Cine de Villa Elisa

El domingo 26 de abril terminó el prestigioso Festival Internacional de Cine de Villa Elisa. Con títulos como “El sueño de Emma” de Germán Vilche, “Geografía afectiva” de Mari Moraga y la alabada “Un mundo recobrado” de Laura Bodarevsky, durante cuatro días el encuentro ratificó su esencia federal, con aportes de producciones de España, Brasil e Irán.

Del 23 al 26 de abril, Villa Elisa dejó de ser solo un barrio para convertirse en punto de encuentro. Sin grandes estructuras ni lógica de mercado, la segunda edición del Festival Internacional de Cine de Villa Elisa reafirmó una idea clara: el cine también puede construirse desde lo colectivo, con identidad propia y lejos de los circuitos tradicionales.

Se desplegó una programación diversa a lo largo de cuatro días. El jueves 23 abrió con “La noche sin mí”, de Laura Chiabrando y María Laura Berch, marcando el tono íntimo y autoral del encuentro. El viernes 24 combinó miradas nacionales e internacionales con títulos como “El sueño de Emma”, de Germán Vilche, “Geografía afectiva”, de Mari Moraga y “Lunáticos”, de Martín Salinas, junto a una nutrida sección de cortometrajes. El sábado 25 profundizó esa variedad con propuestas como “Un solo latido”, de Pedro Benito, “Un mundo recobrado”, de Laura Bondarevsky y “Entremedio”, de Martín Gamaler, además de espacios dedicados a infancias y memoria. Finalmente, el domingo 26 cerró con una grilla intensa que incluyó “Los abrazos”, de Rodolfo Fabián Cabrera, “Hijo mayor”, de Cecilia Kang y “Vlasta, el recuerdo no es eterno”, de Candela Vey y Tino Pereira, reafirmando el carácter plural y federal del festival.

Foto 2

En la Casa de la Cultura, el movimiento previo anticipaba lo que vendría: organización, compromiso y una comunidad dispuesta a sostener un espacio que crece año a año. La programación permitió recorrer distintas realidades sin salir de Villa Elisa. Producciones de países como Argentina, Brasil, Irán o España dialogaban entre sí a partir de problemáticas comunes: el ambiente, la memoria, el cuerpo, el autocuidado. En ese entramado, la noción de “periferia” se ampliaba, dejando de ser un límite para convertirse en una perspectiva.

El sábado fue la jornada más intensa. No solo por la cantidad de actividades, sino por la profundidad de los intercambios que generaron las películas. Las producciones con anclaje local tuvieron un lugar destacado, especialmente aquellas que abordaban la memoria y las historias del territorio. En ese cruce también apareció con fuerza la mirada de quienes hacen cine: la directora y guionista Laura Bondarevsky presentó “Un mundo recobrado”, una obra atravesada por el exilio y los vínculos afectivos, y puso en palabras el sentido de estos espacios. Habló del festival como un lugar de encuentro y resistencia, y subrayó el contraste entre el recorrido internacional de su película —con pasos por circuitos como Cannes o Nueva York— y la experiencia de proyectarla en Villa Elisa, en un ámbito autogestivo y abierto. Esa tensión, lejos de ser una contradicción, terminó de definir el espíritu del evento.

Durante los cuatro días, el festival reunió 54 películas seleccionadas entre más de 1.200 producciones de distintos países. Detrás de esa cifra hay un trabajo colectivo sostenido por organizadores, voluntarios, proyectos universitarios y vecinos que aportan desde distintos lugares. Esa lógica autogestiva no es solo una forma de producción, sino también una definición política y cultural.

El Festival Internacional de Cine de Villa Elisa crece, pero no pierde su esencia. En esa combinación entre lo local y lo global, entre lo independiente y lo comunitario, logra algo poco frecuente: que el cine no solo se vea, sino que se comparta. 

Durante cuatro días, Villa Elisa no fue periferia. Fue centro.