Notas musicales de un periodista cultural

La editorial Gourmet musical lanza en junio “Notas musicales de un periodista cultural. Entrevistas (1967-2025)”. Se trata de una antología del periodista -artículos que van de “La Opinión” a “Un cohete a la luna”-, que incluye entrevistas legendarias a personajes como Luis Alberto Spinetta, Leonardo Favio, Osvaldo Pugliese, Caetano Velos y Tania, entre otros. Como adelanto, el reportaje realizado a Hugo del Carril en 1984.

Por Carlos Ulanovsky | Imágenes: Prensa

Hugo del Carril: “Creo firmemente en el legado de la decencia” 

Después de cincuenta años en el espectáculo, tras haber participado como actor y director en más de sesenta filmes y con más de trescientos discos grabados (entre ellos, la célebre versión de Los muchachos peronistas), tamaña y tan prolífica trayectoria no disimula que la imagen actual de Hugo del Carril tenga de aquel hombre argentino que Scalabrini Ortiz concibió solo y en actitud de espera. Corno actor personificó a Gardel, en El día que me quieras, y a José Betinotti en El último payador; como director gestó excelentes muestras tales como Las aguas bajan turbias y Una cita con la vida: pero también debió postergar proyectos para llevar a la pantalla aspectos de las vidas de Evita y Juan Perón. Criador de nutrias, padre severo de cuatro hijos adolescentes, galán de un indisimulado porteñismo, creador con dificultades por su persistente adhesión peronista es, en cualquier reto biográfico, quien más allá de teorizaciones, tuvo siempre una visión sencilla y efectiva de la cultura nacional y popular. El diálogo con el artista giró alrededor de cuestiones que hacen a su trayectoria artística, personal y política. 

—Cuando venía para aquí me acordaba, no sé muy bien por qué tal vez porque las imitaciones vuelven a estar de moda–, de lo bien que lo imitaba Guillermo Rico, el de Los Cinco Grandes del Buen Humor. 

—Realmente, sí. Era sorprendente lo bien que me había sacado. Yo tuve oportunidad de escucharlo de cerca un par de veces y en ciertos temas, no en todos, me había calcado.

—Le habían puesto “Jugo del cuadril”: ¿se acuerda?

—No, tanto como eso no me acuerdo, pero si usted lo dice, así será.

—Ahora está de moda Sapag con sus imitaciones. ¿Qué piensa de él?

—Algunas de sus imitaciones, especialmente en lo que se refiere a maquillaje, son obras maestras.

—En la película La vida de Carlos Gardel, que usted protagonizó, ¿imitó a Gardel o hizo de actor que personificaba a Gardel?

—No, la personalidad era la mía y el personaje era el de Gardel. Ahí no hubo imitación física. Ayudaba, naturalmente, que los dos éramos cantores de tango.

—¿En qué fecha se filmó la película?

—A ver, a ver... Déjeme hacer memoria. Tiene que haber sido en el 38. 

—Me pregunto si ya en esa época teníamos nuestra tan fuerte manía de comparar. ¿Se decía de usted que era el “nuevo Gardel”?

—Sí, lo decían muchos.

—¿Compartía la afirmación? ¿Ambicionaba ser el nuevo Gardel?

—Yo ambicionaba llegar a ser un buen cantor, hacerme conocer, pero siempre tuve claro que Gardel sería irremplazable y el tiempo me dio la razón.

—¿Qué registro tenía?

—Qué registro tengo, dirá. Sigo cantando todavía: soy barítono.

—Con ese valor de voz, y con su origen itálico, ¿incursionó en la ópera?

—En la época en que estudiaba canto, que lo hice con una gran soprano, Elvira Colonnese, practiqué ejercicios líricos para aprender a impostar. Pero profesionalmente los apliqué muy poco. En una película recuerdo haber cantado el Ave María, de Schubert, y otra más tirando a lo clásico, en La piel de zapa.

—¿Tuvo la oportunidad de cantar en el Teatro Colón?

—Sí: la Marcha peronista. La versión conocida de la marcha se grabó un día de 1947 en el Colón, con la orquesta y el coro del teatro.

—En el mundo del disco los éxitos se miden por cantidad de placas vendidas. ¿Ese disco fue un éxito?

—No conozco la cantidad de discos vendidos, pero debe haber batido un récord. Desde otro punto de vista, lo considero mi éxito más resonante.

—La marcha, ¿se volvió a grabar otra vez? 

—No, siempre ha sido la misma marcha.

—¿Cuándo tuvo más difusión?

—En 1973, en oportunidad del regreso de Perón fue cuando yo más la escuché.

—¿Más que en el 83, para las elecciones?

—Sí, mucho más.

—En estos días se cumple un aniversario de la muerte de Eva Perón. Usted fue compañero artístico de Eva Duarte. ¿Qué le provocó presenciar el ascenso político de quien había conocido como colega?

—A mí no me sorprendió. Desde que la conocí no me pareció una mujer común.

—¿A qué llama una mujer común?

—Bueno, quiero decir, una mujer conformista, sin más ambiciones en la vida que las satisfacciones materiales. Ella ya tenía y manifestaba una cantidad de inquietudes políticas y sociales. Desde luego, no todas las personas que tienen estas inquietudes cuentan con la posibilidad de canalizarlas. Y yo no pensé que a ella se le iba a dar la posibilidad en un plazo tan corto. Cuando fuimos compañeros de trabajo mantuvimos muchas conversaciones políticas.

—¿Era difícil hacerse peronista en esa época?

—Yo primero fui amigo del general Perón, a partir de 1943. Por eso siempre digo que yo no soy peronista del 45 sino de antes.

Foto 2

—¿En qué circunstancias se hizo amigo del general?

—Lo conocí cuando él estaba cumpliendo funciones en el Ministerio de Guerra. Le llevaba un encargo del ex presidente mexicano Ávila Camacho. Cumplí el encargo y desde entonces nunca me aparté del general, ni en las buenas ni en las malas.

—¿Ni siquiera cuando el general murió?

—Ni siquiera, porque le sobrevivió la doctrina.

CANTARES

—Estos jóvenes, sus hijos, ¿le cuestionaron el tango por razones generacionales, le cuestionaron el peronismo?

—Los cuatro me salieron tangueros y peronistas.

—¿Usted influyó para que fueran peronistas “sí o sí”?

—Lo eligieron ellos, a medida que fueron creciendo y fueron viendo y entendiendo la realidad del país.

—¿Usted no influyó para nada?

—Desde que eran chicos les conté lo que había significado la aparición de Perón en el país.

—¿Qué les contó?

—Que había significado un cambio revolucionario. Pero ellos solos se interesaron. La mujercita mayor, que tiene veintiún años, es eminentemente política.

—En distintos momentos de estas últimas décadas, dos de sus proyectos cinematográficos más importantes, una vida de Perón y una vida de Evita, se frustraron. ¿Qué ocurrió con ellos?

—Mire usted cómo fue la vida en los veinte años que pasaron. Desapareció la estabilidad y para encarar un proyecto que, por lo menos, debe hacerse en dos años, había que tener estabilidad. Y lo único que tuvimos fue desasosiego.

—De haber ganado el peronismo en octubre, ¿hubiera aumentado la posibilidad de hacerlas?

—No sé decirle. Son proyectos muy grandes y se necesita mucho esfuerzo y dinero.

—¿Sigue más o menos de cerca la marcha del cine argentino?

—Hace tres años que por el problema de mi vista casi no he ido al cine.

—¿Qué tiene en la vista?

—En principio, un problema de cataratas, complicado con una intervención que me privó de la vista casi por completo. Ahora me estoy recuperando.

—El cine argentino está siempre también en proceso de recuperación. Ahora mismo se pasa por el momento de muchas filmaciones. ¿Qué tipo de películas deberían hacerse?

—Yo me inclinaría por la temática social.

—Cuando usted hizo Las aguas bajan turbias, un ejemplo de cine social argentino, muy digno, trabajó sobre el libro de otro militante político: Alfredo Varela, comunista. ¿Cómo se llevó con él?

—De maravillas, como no puede ser de otro modo con gente que pone adelante la comprensión política. Nos teníamos un enorme respeto.

—¿Usted fue lo que se podría considerar un creador perseguido?

—Sí. Tuve el honor de ir a la cárcel por dos meses. Pero más allá de ese episodio, sufrí una persecución a partir de 1955 que, lentamente, me fue quitando estímulos y lugares. Hace mucho que no filmo.

—¿Cuál fue su mejor película?

Las aguas bajan turbias, porque la vigencia de su mensaje me confirma que no me equivoqué. Todavía hoy en muchas partes del interior existe el drama de la marginación, de la explotación. Se acabó el látigo, pero persisten otras injusticias.

—El año que viene se cumplirán treinta y cinco años de la muerte de Homero Manzi, persona y personaje que usted admiró. ¿Qué enseñanzas le dejó?

—Antes que cualquier otra cosa, la decencia. Que hay que serlo para darse cuenta de la cantidad de indecentes que en este país le quieren cortar las piernas a uno. En Manzi también admiro la convicción de que fue una presencia providencial en la creación tanguera y en el cine, en donde, estoy convencido, hubiera tenido mucho para dar. Con él coincidíamos en la necesidad de hacer un cine con alma nacional. Antes de su muerte planificábamos para el cine una vida de Jorge Newbery.

—Se habla mucho de la cultura nacional y popular. ¿Qué es, a su juicio?

—Nacional es todo lo que tenga cercanía a lo nuestro: popular, la palabra ya lo dice, es todo lo que llegue a la masa.

—¿Qué otros creadores, aparte de Manzi, de usted, entendieron esa concepción de lo nacional y lo popular?

—Cátulo Castillo, Discépolo, Mario Soffici como director.

—¿Le propusieron trabajos como director últimamente?

—Sí, pero volviendo a lo de la decencia, si para algo sirve es para tenerla con uno mismo. Los temas no me atraían, y a esta altura, hacer películas para buscar únicamente un buen negocio, no me interesa: pude darme un lujo de decencia al rechazarlas.

—¿A qué se dedica ahora?

—Sigo estudiando algunos proyectos propios para cine y estoy en mi casa, con mis hijos, y hago presentaciones personales. Todavía me apasiona cantar.

—Una colega mía, enterada de este reportaje, me sugirió que a la entrevista le pusiera como título: Nada más y nada menos que todo un hombre. Eso es, además, lo que piensa una mujer sobre usted. ¿Qué opina?

—Lo agradezco.

—¿Cómo ve el momento que atraviesan hombres y mujeres?

—Me interesaría hablar de la nueva generación. Le diría que va evolucionando. En mi época, los jóvenes éramos como cortados por una misma tijera. Hoy, entre los jóvenes hay una línea divisoria brutal; están los que quieren la destrucción, la droga, los que parece que no aprenden nunca y están quienes se preocupan por el país, los que se interesan por la política.

—¿Qué piensa del proyecto de exhibición de películas pornográficas?

—Me parece una aberración.

—¿Por?

—Porque no le veo una finalidad sensata, no lo entiendo.

—Muchos lo entienden como negocio.

—El del negocio no puede ser el fin del cine. 

—Pero, don Hugo, también se hace cine no pornográfico para hacer un negocio.

—También es una aberración. Solo creo en quienes lo hacen por pureza de ideales. Soffici perdió todo haciendo el cine en el que creía. Si de mi dependiera, hubiera prohibido totalmente la pornografía.

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—¿Prohibido?

—Directamente, porque no conduce a nada. Los habitantes adultos de este país saben cómo se hace el amor, no necesitamos exhibirlo como una curiosidad en una pantalla. Por todo esto me inquieta lo que está pasando, la posibilidad de que se autoricen salas.

—¿Fue consultado sobre el tema?

—No.

—Así como el legado que usted recogió de Manzi fue el de la decencia, ¿con qué valores le gustaría integrar su legado?

—Con los que les enseño a mis hijos: el hogar, la amistad, el amor, los límites, el consejo oportuno. Por eso, estoy seguro que a ninguno de mis hijos se le ocurriría decirme: “Papá, vamos a ver una película pornográfica”. Pero no porque yo se los prohiba, sino porque han sido educados así.

—El propio gobierno lo ha dicho: el presente es un momento en que no hay censura cinematográfica. Prohibir lo pornográfico, ¿no sería una forma de censura?

—No, yo apoyo que no exista ninguna censura a temas sociales y políticos.

—¿Lo conoció a Miguel Tato?

—Sí, claro.

—Coincidieron en el tema Facundo. El hizo en los años cincuenta la película El Tigre de los Llanos y usted Yo maté a Facundo.

—Es cierto. Y le digo más: siempre pienso en volver a ese personaje tan discutido.

PENSARES

—¿Se ha sentido suficientemente escuchado o consultado en los temas que conoce?

—Por razones políticas viví afuera de diálogos y consultas.

—Un hombre de su trayectoria, ¿se siente más allá del bien y del mal?

—A veces pienso que sí, teniendo en cuenta que ya llevo cincuenta años de labor artística, pero también sé que mi persona y mi opinión son perfectamente prescindibles. Pero cuando me siento, me siento.

—¿Qué siente?

—Íntima tranquilidad.

—De lo que quiso, en balance, ¿hizo más que lo que dejó de hacer?

—En los últimos veinte años hice menos de lo que hubiera querido.

—¿En qué cree?

—En el destino.

—¿Y en qué más?

—En el hombre que es capaz de modificarlo.

—Si hoy mismo se los encontrara a Perón y Gardel, ¿qué les diría?

—A Perón le pediría a ver si puede volvernos al 45. 

—¿Qué cree que le respondería?

—Que si la oportunidad fuera cierta, a él también le daría gusto hacerlo.

—¿Y a Gardel?

—Que todavía mi canción preferida sigue siendo El día que me quieras y que volviera a cantar. Ya sé que mejor que lo hizo no lo podrá hacer, pero me encantaría escucharlo en vivo.

—O sea que en ambos casos usted pediría que el tiempo volviera atrás.

—Exacto. Pero, ¡ojo!, solo para ambos casos.

 

Clarín, Sección Opinión (29-VII-1984).