Los Malqueridos
Por Marcia Moroni | Imágenes: Prensa
Los escritores fueron los pioneros en las redes sociales, sus relatos son los que tejen conexiones y generan algoritmos para llevarnos de un libro a otro. Algoritmos que, felizmente, superan al escroleo antes de dormir y nos obligan a mantener el velador encendido para seguir leyendo. Fue así como llegué hasta Sergio Gramajo: por una contratapa, por otro escritor bonaerense. Gramajo nació en Laferrere en 1980 y, además de escritor, es actor y profesor de literatura. Promotor de la cultura bonaerense, es uno de los fundadores de Te caigo en cuero, el coso literario del oeste y también del ciclo literario Que vuelvan los lentos. Entre sus textos se destacan la novela Talón rajado (2021) y el poemario Si fuera niño escribiría poesía (2025). Y, este año, publicó Los Malqueridos, una historia de lealtades y traiciones que surge entre cumbias, banderas y rock por las calles de Laferrere.
En tus textos se aprecia una marcada influencia del territorio, ¿considerás que existe una literatura del conurbano bonaerense? ¿Te sentís parte de ella?
Te diría que me ofende la pregunta. Porque lo primero que me sale decir es: por supuesto que existe una literatura del conurbano. Pero lo recalculo y pienso más allá del chiste: creo que es un concepto que está en construcción, que no llegamos a definirlo del todo. No nos ponemos de acuerdo. Es una discusión entre los autores y las autoras. Y en esa discusión hablamos de tres cosas a distinguir: el estilo, el género y la autoría. Una autora como Lula Comeron tiene un estilo conurbano. Yo veo en su Con V de Villera o su Re-sentida los laberintos del conurbano. Y es una autora que vive en el barrio de Belgrano. Con la cuestión del género hay que tener cuidado de que el adjetivo conurbano no le baje el precio al sustantivo literatura. Si es cierto que existe una literatura del conurbano, claro que me siento parte de ella. Como dice el Indio: “lo mejor de nuestra piel es que no nos deja huir”.
¿En qué ámbito nace esa literatura? ¿Tiene una tradición? ¿Qué elementos tenés en común con otros escritores y cuáles percibís como diferentes?
Diría que esa literatura, y por qué no toda, nace en cualquier esquina. En una vereda al azar, de cualquiera de las calles en las que me crié. En mi caso, creo que nace en la fantasía de ser alguien que no soy, pero que me gustaría haber sido: un goleador mundial en el patio de mi casa, imaginando que el marco de metal que sostenía la parra era un arco de un estadio mundialista. Nace en la conversación con el verdulero, en la anécdota de los pescadores exagerados o en los campeonatos de truco que hacían los paraguayos en mi cuadra. El vino en la esquina, la cumbia, el chamamé, Los Redondos en una punta y Luciano Pavarotti en la otra. Con respecto a la tradición del conurbano, creo que hay una obra que se viene desarrollando desde principios de los 2000, sobre todo, pero que a la vez dialoga con la tradición literaria argentina de las primeras décadas del 1900 y hasta los setenta inclusive. Pienso en los cuentos de Borges, Historia universal de la infamia o El informe de Brodie, y en Roberto Arlt. En Borges hay un personaje, el compadrito, que veo en los malandrines nostálgicos que pueblan la literatura actual del conurbano. Los cuchilleros no son otros que los que se sacuden a diestra y siniestra en nuestra literatura conurbana. En el capítulo tres de El juguete rabioso, el protagonista, junto con su banda de amigos, irrumpen en la biblioteca de una escuela, de madrugada, para robar libros. Así es el acceso a la literatura, o a la cultura, en las clases populares: violento. Y muchos autores del conurbano nos vemos muy identificados con eso. Y desde ahí, escribimos. Leo Oyola dijo en una entrevista que en las manchas de aceite que el bondi dejaba en los charcos del pavimento veía un arcoíris. Los autores del conurbano vemos algo bello donde desde afuera solo se ve algo feo. No se trata de una romantización, sino más bien de una defensa del territorio.
Escritores como César González (El niñoresentido, Rengo Yeta) y Gustavo Barco (La Perrera) retratan barrios populares, muy humildes, desde distintas perspectivas. ¿Existe un lenguaje propio del conurbano o hay varios lenguajes?
Hay varios lenguajes, hay distintas formas de contar. Y esas formas tienen su propio lenguaje. Lo más importante es alejarse de los estereotipos que nos bajan desde los medios. Estereotipos que están cargados de prejuicio e intencionalidad política. Tanto César como Gustavo, cuentan a partir de la experiencia y ponen en valor esa oralidad que nutre sus textos. Le dan cuerpo a esa palabra que para la tradición literaria puede ser mala palabra. Quienes escribimos con ese compromiso con la palabra que nos rodea y en la que crecemos tomamos una decisión política.
En pleno auge de la literatura escrita por mujeres, ¿quiénes son referentes en el conurbano?
Dolores Reyes, Nina Ferrari y Gilda Olle. Dolores tiene muy claro el sentido de literatura del conurbano. Más allá de su obra, ella levanta la mano para decir: “Che, de este lado de la General Paz también se pueden contar historias copadas”. Nina se ha vuelto remera y grafiti. Si no hay una referente ahí, no sé dónde está. Con Gilda solemos discutir sobre el concepto de literatura del conurbano. Es una referente porque siempre dice cosas que conviene escuchar. De las que nombré, es con la que más me identifico. Las hay más, talentosísimas, que a mí me gustaría que fueran leídas siempre. Daniela Sánchez y la poeta Poshitsa, en Morón. Sol Narvaez, que ahora vive en Berlín. Martina Cruz, de Temperley. Seguro me olvido, pero son muchas.
¿Los autores del conurbano viven conectados?
Y, el viento nos amontona. Nos cruzamos en los distintos ciclos de literatura en vivo, en el conurbano, porque a los de Capital no nos invitan mucho (ríe). Yo formo parte de la producción y gestión de uno de esos ciclos: Te Caigo en Cuero, el coso literario del Oeste. Lo hacemos en Morón. Cuatro al año. Ahí nos cruzamos. Invitamos siempre autores, aunque no solo del conurbano. Y se da un diálogo lindo y enseguida se arma esa cosa fraternal, y nos intercambiamos libros y nos recomendamos otros autores y autoras. En mi casa también me gusta hacer juntadas con escritores y escritoras. Hay una conexión, sí, pero va más allá de la literatura.
Tus libros han sido editados por La máquina eterna, una editorial de la zona oeste de la provincia de Buenos Aires, ¿cuál es la importancia de los sellos locales dentro de la industria del libro?
Pasa como con las radios locales. Sirven para que los que no somos advertidos por las editoriales tradicionales tengamos acceso a la publicación. Y ojalá todas las editoriales con las que me pueda llegar a cruzar tengan el nivel de compromiso, amor y trabajo que tiene La máquina eterna. También me parece fundamental que el Estado esté presente para apoyar a los sellos independientes. Estaría bueno que el Estado fomente la lectura de autores y autoras de sellos independientes, no solo del conurbano, del Interior también. Pero, si hasta en las ferias de libros que se hacen en el conurbano invitan a autores de los monstruos editoriales como atracción principal, creo que lejos estamos de que eso ocurra.
Pasando a todos los ámbitos de la cultura, ¿sentís que CABA funciona como un aglutinador de grupos cerrados?
Inevitablemente. Hay, siempre, más presencia de autores de CABA de este lado que al revés. Son grupos cerrados. Por un lado, es entendible y hasta natural te diría, porque somos muchos queriendo hacer lo mismo. Incluso uno mismo piensa: “Tengo que salir un poco”. ¿Y adónde va uno a presentar su libro? A algún lugar de CABA. Porque lejos de combatirlo, queremos entrar. Mentiría si dijera que no me interesa ser publicado por una editorial grande o que no quiero que me inviten a participar en una mesa sobre escritura o para hablar de mi obra en algún festival progre de la UBA. Eso es trasladable a cualquier ámbito de la cultura. Pero, insisto, somos los que quedamos afuera de esos grupos los que alimentamos y le damos más vueltas a la llave de su cerradura.
En tu última novela, Los Malqueridos, las páginas están salpicadas de fútbol. También en tu libro Talón Rajado se postula al deporte como remota posibilidad de ascenso social. Contame más sobre la liturgia del fútbol del ascenso en Laferrere.
La procesión de los sábados que se jugaba de local, por mi cuadra, la marea verde y blanca. Una familia amontonada en una caminata con gente de cualquier barrio yendo a alentar. Las escapadas con mis primos de vez en cuando para meternos gratis en los segundos tiempos cuando nuestros viejos no nos dejaban ni asomarnos. Pero hay algo más profundo que eso, algo más local todavía: los clubes de barrio. Once Corazones, por ejemplo, es un club del que siempre fui hincha. Y ahí hay una pasión que va más allá de los clubes profesionales y uno camina por cualquier barrio de Lafe y las pintadas que va a encontrar no son las de Boca o River, sí de Lafe, seguro, pero al mismo nivel, las pintadas de Once Corazones, La Gabita o La Recova. Hay muchísimos clubes de barrio que se nuclean en una liga amateur que tiene a las familias ocupadas sábados y domingos llevando y trayendo a hijos e hijas o yendo a ver al abuelo que juega en la categoría “veteranos b”. Es impresionante el amor que hay en cada barrio por su club. Mucha épica por contar.
¿Los Redondos es la banda del conurbano? ¿Qué te pasó con la inclusión de varias de sus canciones en Los Malqueridos y con la muerte del Indio, que ocurrió prácticamente al mismo tiempo de la publicación del libro?
La muerte del Indio, o mejor dicho su paso a la inmortalidad, se dio el mismo día que presentamos Los malqueridos. No cambiamos nada de esa presentación. Sabíamos que la mayoría de la gente que iría después se mandaría para la plaza, en esa convocatoria espontánea que se dio en redes, y así fue. En la presentación estaba prevista la lectura de un capítulo donde se cuenta sobre la canción preferida del protagonista: “rock para el negro Atila”. Y el personaje canta unos fragmentos en ese capítulo. La lectora, Vicky Albornoz, se había preparado con un guitarrista, Ramiro Allendes, así que se tocó y se cantó esa canción y fue hermoso. Muy emotivo. Me preguntaron qué significaba Los Redondos para el protagonista de la novela. Contesté algo y me quedé corto. Dije que, tanto el Indio como Los Redondos, eran una especie de motor de la alegría para este personaje y para tantos de nuestra generación. Porque hay algo que no nos pudieron robar, que es la alegría, y eso se lo debíamos al Indio. Pero pienso también, y esto es lo que no dije, que le debemos al Indio parte de nuestro lenguaje. Le debemos la poética de nuestro lenguaje, porque muchas de las cosas que decimos tienen una marcada influencia de las letras de Los Redondos. Se ve en el capítulo de la novela “Último bondi a Finisterre” y también en cómo recuerda el personaje a sus amigas prostitutas.
Tu novela se divide en partes que se titulan Génesis, Edén, Resurrección. ¿Cómo nace la decisión de agrupar los capítulos en relación con la fe?
Es toda del editor esa. Bruno Dotta. Muy buena decisión. Así como el libro cambió muchísimo respecto de la primera versión que trabajé en taller, también cambió en el trabajo con la editorial, y en especial con Bruno. Me hizo una devolución pormenorizada del texto, donde advertía una marcada presencia de referencias bíblicas, así que me sugirió estructurar el libro de esa manera.
El humor está presente en un contexto de necesidad y violencia. Pienso, por ejemplo, en Grayskull, La Claudia Yifer, Último bondi a Finisterre. ¿Lo ves como otra vía de escape a los problemas?
Te diría que más que de escape es de enfrentar. Hay algo en el humor como recurso que está implícito para mí. Y eso se lo debo a mi viejo, que era un tipo muy gracioso y gran contador de anécdotas. Gran narrador oral. Pero no de oficio. Era algo natural. Yo trato de construir el humor desde ahí, como una herramienta para sortear obstáculos. Tengo el recuerdo del día que le diagnosticaron cáncer a mi viejo. Fue en el riñón y estaba bastante avanzado. El tipo salió con un chiste de Los Simpson. Después de que le dije “de esta vamos a salir, viejo”, él me abrazó y me apretujó a la altura de los riñones al tiempo que me dijo, cual Homero Simpson: “Si, riñoncito”. Y el tipo estaba haciendo eso: campeando el dolor y la incertidumbre. Y lo hizo encarando la última curva de su vida con un volantazo de humor.

