Diplodocum Red & Brown

En 1969, la banda de los hermanos Guillermo y Skay Beilinson sacó un disco simple. Fueron dos canciones maravillosas, que sintetizan el espíritu de la época. Aquí, la historia de esa grabación que, de algún modo, se puede escuchar como la precuela de Patricio Rey.

Por Mariano del Mazo | Imágenes: Archivo

Mucho antes de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota hubo un sótano, unas películas en Super 8, una banda que tocaba una música volada y un puñado de amigos que todavía no sabían que estaban entrando en la historia grande del rock argentino. Y antes de ese sótano hubo otra banda: Diplodocum Red & Brown, el grupo que reunió a Skay y Guillermo Beilinson con Topo D’Aloisio, Bernardo Rubaja e Isa Portugheis y que dejó apenas dos canciones grabadas en inglés en un simple de 1969. 

Esas dos canciones, “Blues del hombre de la cara azul” y “Blind Sex”, funcionan como una cápsula del tiempo. En ellas está el clima de una época en la que el rock todavía parecía una frontera abierta: psicodelia, blues, largas derivas instrumentales, folk, experimentación y una voluntad de romper con las formas establecidas. Pero también está, en estado embrionario, algo que después se volvería reconocible en la estética original de los Redondos: la sensación de que una música podía construirse al margen de los circuitos convencionales, como parte de una comunidad artística más amplia.

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Para entender cómo llegaron hasta ahí hay que retroceder unos años y salir de La Plata. La historia de los hermanos Beilinson tiene una escala casi novelesca. En 1968, siendo todavía adolescentes, Skay y Guillermo viajaron a Europa. Llegaron a París en noviembre, después del Mayo Francés, pero encontraron una ciudad que seguía atravesada por la agitación política. Vivieron en el Barrio Latino, participaron de manifestaciones y hasta terminaron detenidos. La policía los expulsó de Francia y siguieron viaje hacia Londres, donde los esperaba Daniel, otro de los Beilinson, un hippie feroz.

Londres era el centro de una revolución cultural. Los hermanos curtieron el Swinging London, probaron drogas y vieron conciertos de Jimi Hendrix, Free, Soft Machine, Family y Donovan. Descubrieron una cantidad de música que en la Argentina era inaccesible. Cuando finalmente sus padres reclamaron el regreso, la respuesta de los hijos tuvo una lógica bastante particular: pidieron dinero para hacer unas compras y volvieron con discos, instrumentos y equipos. Skay lo contó alguna vez con ternura, recordando a su padre, el buen Aarón Beilinson: “Veía que nos estábamos volviendo locos. Nos envió plata y regresamos con discos increíbles y con un equipo Marshall, una guitarra Gretsch, un distorsionador y un wah-wah”.

Ese cargamento llegó a una ciudad que estaba incubando una contracultura propia. La Plata de fines de los sesenta era un territorio especialmente fértil para las mezclas. La Universidad, la militancia política, las artes visuales, el rock y las experiencias comunitarias se cruzaban en una trama donde convivían jóvenes de procedencias diferentes. En ese ambiente se movía La Cofradía de la Flor Solar, colectivo artístico que excedía la idea de una banda de rock y que proponía una forma alternativa de vivir, crear y relacionarse.

Los Beilinson quedaron naturalmente vinculados con ese mundo. De ese cruce nació Diplodocum Red & Brown, cuyo nombre tomó como referencia al Diplodocus del Museo de Ciencias Naturales del bosque platense. La formación tenía a Guillermo en voz, Skay en bajo y coros, Topo D’Aloisio en guitarra, Bernardo Rubaja en teclados e Isa Portugheis en batería. Rubaja, además, aportaba un Hammond que debía darle a la banda una dimensión particularmente expansiva.

No fueron una banda de sótano en el sentido estricto. Tocaron en escenarios importantes para el rock de aquellos años. Actuaron en el Instituto Di Tella y formaron parte de la Maratón Beat del Club Atenas de La Plata, aquel festival espejado en Woodstock, que proponía treinta horas ininterrumpidas de rock. Los testimonios de quienes los vieron coinciden en algo: Diplodocum era una banda de clima, volumen y desarrollo instrumental, más interesada en construir atmósferas que en someterse a la lógica de la canción.

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El único registro permite comprobarlo. El simple fue editado por Trova, un sello que tuvo una vida breve pero dejó un catálogo extraordinariamente heterogéneo, artie, donde convivieron Les Luthiers, Susana Rinaldi, Aquelarre, Roque Narvaja, Pedro y Pablo, Enrique Villegas y Vinicius de Moraes junto a María Creuza y Toquinho.

“Blues del hombre de la cara azul”, firmado por D’Aloisio y Portugheis, todavía mira decididamente hacia afuera. Tiene el fraseo y la estructura del blues eléctrico que llegaba desde Inglaterra y Estados Unidos y una impronta cercana a Cream. Incluso el título tiene una pequeña historia: originalmente se llamaba “Blues del hombre de la capa azul”, pero un error de tipeo convirtió la capa en cara.

“Blind Sex”, en cambio, es la pieza que mejor permite entender la singularidad del grupo. Firmada por D’Aloisio, Portugheis y Beilinson, despliega una psicodelia más aérea, con ecos del primer Pink Floyd. Oscar Jalil escribió, en la contratapa de la reedición, que la canción funciona como un cruce entre el folk-rock de Pink Floyd y la búsqueda de La Cofradía. También pueden encontrarse allí ecos del Miguel Abuelo parisino y de esa zona acústica y experimental que, años después, Luca Prodan trasladaría a la Argentina.

Pero lo verdaderamente fascinante del simple está en lo que sucedió después, su carácter de precuela. Diplodocum se disolvió, La Cofradía se dispersó, algunos músicos siguieron caminos propios y la escena platense comenzó a reorganizarse. Guillermo Beilinson conoció entonces a Carlos Solari. Juntos empezaron a realizar películas experimentales en Super 8. Para musicalizarlas, Guillermo recurrió a su hermano Skay. Y ahí comienza otra historia, más conocida. Skay volvió a ponerse la guitarra y convocó a los músicos y amigos que orbitaban por ahí. En un sótano del Pasaje Rodrigo empezaron a tocar sin un proyecto demasiado definido: música instrumental, pasajes psicodélicos, climas, canciones que aparecían y desaparecían. El objetivo era servir como banda de sonido de los cortos de Solari-Guillermo. No había todavía un nombre definitivo ni una idea acabada de lo que estaban haciendo. 

Mirado desde el presente, el recorrido permite dibujar una línea. Diplodocum Red & Brown no fue “la banda anterior a los Redondos”. Fue una de las estaciones de una misma deriva: Europa, la psicodelia, La Cofradía, los Beilinson, Indio Solari, el cine, el sótano, la música como experiencia antes que como producto. Entre aquellas dos canciones de 1969 y el primer repertorio de Patricio Rey hay un mundo de distancia, pero también una continuidad secreta.

Por eso aquel simple resulta hoy mucho más que una rareza arqueológica. Es una pequeña puerta de entrada a una escena que todavía estaba inventándose. Del otro lado estaba Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, la experiencia más increíble de la historia del rock de todo el planeta.