Los 40 años de Oktubre
Por Mariano del Mazo | Imágenes: Archivo
A 40 años del lanzamiento de Oktubre, se llevará a cabo en el Teatro Argentino de La Plata una charla abierta con Ricardo “Mono” Cohen, Rocambole. Será el martes 13 de este mes, a las 18, como parte del lanzamiento de la muestra “Oktubre y la inversión dialéctica” y lo organiza el Instituto Cultural de la Provincia de Buenos. Participará su titular, Florencia Saintout, Natalia Famucchi y Fernanda Raverta. El evento es una buena excusa para volver al histórico álbum y a su contexto político y cultural.
En 1986, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota era una banda en expansión. Conservaba el perfume alternativo de los primeros años under, pero Gulp! había ampliado su público y empezaban a compartir el espacio de las bandas que estaban modificando el mapa del rock argentino. Sumo -tal vez la única banda amiga, que crecía con ellos-, Soda Stereo, Virus, Zas!, Los Abuelos de la Nada y otros participaban de la transformación.
Cuarenta años después, resulta difícil pensar Oktubre solamente como el segundo disco del entonces todavía misterioso Patricio Rey. Música, letras e imagen encontraron una forma singular y precisa de decir algo acerca de su tiempo. No fue un disco conceptual en el sentido estricto: no hay una única idea que organice sus canciones. Sí sobresale una serie de obsesiones que se cruzan: la Guerra Fría, el desastre nuclear de Chernobyl, la televisión, el estado de ánimo de una sociedad que acababa de salir de la dictadura, la cocaína y una determinada idea de libertad. Esta temática abigarrada terminó encontrando una imagen común en la célebre tapa de Rocambole.
La historia de Oktubre es también la historia de una banda que empezaba a descubrir sus propias posibilidades. El proceso de composición no tuvo respiro. El Indio Solari y Skay Beilinson trabajaban en fértil sintonía, mientras alrededor de ellos circulaban músicos, ideas y tecnologías que ampliaban el horizonte del rock. Algunas de las primeras maquetas se grabaron en la casa del saxofonista de los años de Gulp!, Gonzo Palacios, con equipos prestados por músicos amigos. Allí, en ese departamento porteño de Paraguay y Montevideo, entre fernet y bitter, nacieron, entre otras, “Motorpsico” y “Música para pastillas”.
El procedimiento fue revelador para una banda periférica, surgida del under platense. Era 1986 y las máquinas estaban en todas partes: debieron resolver cómo incorporar novedades tecnológicas sin perder el carácter callejero y el glamour bohemio que habían construido. La grabación definitiva se realizó en Panda, un estudio que representaba un salto importante. Osvel Costa, un joven técnico que prácticamente no conocía a Los Redonditos, quedó al frente de las sesiones. La banda no tenía claro qué sonido buscaba. El Indio y Skay optaron por dejarlo trabajar y decidir sobre los resultados. Todo era ensayo y error. El disco se registró en cinta de dos pulgadas, de manera completamente analógica. No hubo computadoras ni edición digital; si alguien se equivocaba, había que volver a tocar.
El clima de época, tanto a nivel local como global, estaba atravesado por conflictos y contradicciones. La democracia era una montaña rusa de contrastes: destape, euforia y fantasmas de la dictadura que acechaban a un gobierno frágil. Alfonsín estaba rodeado por los militares, por los empresarios, por los curas y por cierta impericia de su propia gestión. Había, sí, ganado lo que hoy podríamos llamar “la batalla cultural”. El rock había dejado de ser marginal, las marcas auspiciaban recitales y la televisión se convertía en una herramienta decisiva. Mientras tanto, el mundo atravesaba los últimos años de la Guerra Fría, rumbo al crujido del bloque comunista y la instalación de un neoliberalismo feroz bajo fachadas de democracia.
Solari observaba ese paisaje con una mirada particularmente atenta. Leía la prensa extranjera, escribía textos en prosa y construía alrededor de las canciones un universo literario que excedía lo que se espera del rock. Era una rara avis: en un movimiento muchas veces afectado, fatuo, era un hombre que pensaba. En Oktubre, esa mirada aparece atravesada por acontecimientos concretos, como el estallido de Chernobyl. Las explosiones de la canción que abre el disco, “Fuegos de octubre”, instalan desde el comienzo un clima de revuelta y amenaza. La referencia a la Revolución Rusa y, a través de ella, a la película de Eisenstein titulada igual que el disco, forma parte de una iconografía política que el disco nunca convierte en programa partidario. Los Redonditos lejos estaban de la militancia. Su política era más ambigua y, por eso, tal vez, más interesante. “Sin un estandarte de mi parte” cantaban, más hijos de la vieja y noble anarquía que de cualquier dogma. Solari había formulado años antes una idea que sirve para entender parte de su escritura: no se trataba de tomar el poder sino de cambiar la propia vida.
“Canción para naufragios” se desliza en el terreno de la amenaza de una guerra nuclear. Los seis minutos mencionados en la canción remiten al tiempo estimado que un misil podía tardar en recorrer la distancia entre Moscú y Washington. “Divina TV Führer” coloca a la televisión en el centro de la discusión. La pantalla aparece como un nuevo dispositivo de dominación, capaz de producir imágenes, conductas y deseos (la era paleozoica de la dominación actual a través de los telefonitos). “Rockeros bonitos, educaditos” funciona como una provocación dirigida a una escena que comenzaba a volverse cada vez más profesional y comercial. El enfrentamiento entre rock y pop, que hoy puede parecer esquemático, formaba parte de una discusión cultural más amplia. Mientras el mainstream avanzaba hacia el sonido de exportación, Los Redonditos construían una identidad difícil de clasificar y se volvían, gallardamente, una banda de cabotaje en leve ascenso.
Oktubre también registra otra dimensión de aquellos años: la cocaína como experiencia generacional. En “Motorpsico”, “Semen-Up” y “Ji ji ji” aparecen diferentes formas de esa relación. No se trata necesariamente de una celebración de la droga. En “Ji ji ji”, el propio Solari explicó que la canción hablaba de la paranoia, de la psicopatía y de una determinada etapa de la cultura rock.
La ambigüedad -elemento clave en la lírica del Indio- es una de las razones por las que las canciones de Oktubre resistieron interpretaciones únicas. Algo parecido ocurrió con la estética. Rocambole construyó un universo visual, en el que confluyen Carpani y Berni, el octubre ruso y el octubre peronista del 45. La tapa reúne multitudes, banderas rojas, rostros proletarios, referencias revolucionarias y una tipografía intervenida que convierte la palabra “Oktubre” en una declaración. En el reverso, la Catedral de La Plata en llamas. La tapa de un disco de música popular como parte del discurso. La banda podía prescindir de la televisión y, sin embargo, ofrecer una de las imágenes más reconocibles del rock argentino de los años ochenta. Podía desconfiar de la industria y, al mismo tiempo, grabar en uno de los estudios más importantes del país. Podía reivindicar una tradición setentista y, simultáneamente, incorporar sonidos y procedimientos propios de los ochenta. Podía hablar de revolución sin estandartes.
La presentación del disco le dio una dimensión escénica a ese universo. En octubre de 1986, los Redonditos volvieron a Palladium para dos conciertos. La introducción fue la “Obertura 1812” de Tchaikovsky, esta vez interpretada en vivo. Había una gigantografía de la tapa realizada por Rocambole junto a estudiantes de Bellas Artes de La Plata. La banda tocó el álbum completo y sumó canciones que ya se habían consagrado como clásicos.
Ir a ver a Patricio Rey comenzaba a parecerse a participar de un ritual. Todavía no existía la escala masiva de los años noventa, ni el pogo más grande del mundo, ni la peregrinación ricotera como fenómeno nacional. Pero allí estaban algunos de sus elementos iniciales: los códigos compartidos, las frases que funcionaban como contraseña, la sensación de pertenecer a algo que nunca termina de explicarse. Los rostros de aquella multitud “rocambolesca” terminaron pareciéndose a “las pibas y pibes de los barrios desangelados” que seguirían a Los Redondos durante los aciagos noventa. Todo se desplazó. Más allá de la simbología, escuchar Oktubre hoy es una experiencia reveladora. En estos años miserables, las explosiones, las guitarras de Skay, las máquinas, el saxo de Willy Crook, la batería, la voz cascada del Indio y todo lo que proyectan esas nueve canciones vibrantes, épicas, inteligentes, nos da la sensación agridulce de un mundo perdido para siempre. Hoy prima la desesperanza, la anestesia, la perplejidad. El futuro llegó hace rato, y hiede.
(Las entradas, gratuitas, para la charla abierta con Rocambole del martes 13 de octubre se pueden reservar en la web https://teatroargentino.gba.gob.ar/)

