Milo J en Vélez

Camilo Joaquín Villarruel, de 19 años, nacido y criado en el oeste del conurbano bonaerense, volvió a deslumbrar en su debut en un estadio. Fueron dos recitales de casi tres horas, con un aluvión de canciones, invitados y emotividad. Milo J, un fenómeno que no tiene techo, fronteras ni límites

Por Gilda Fantin | Imágenes: @kaloian.santos

Hay artistas que dan shows. Y hay otros que construyen universos. Milo J hizo lo segundo en Vélez. Durante dos horas y 50 minutos, con 44 canciones, una lista de invitados interminable y una puesta que parecía no tener techo, el pibe de Morón convirtió su primer estadio en algo más que un recital: fue un manifiesto artístico, identitario y generacional.

Para quien todavía pregunte quién es Milo J, la respuesta ya no entra en una sola frase. Camilo Joaquín Villarruel tiene 19 años, nació y se crió en el oeste del conurbano bonaerense, y en pocos años pasó de grabar canciones íntimas a llenar Vélez dos noches seguidas. Pero lo verdaderamente potente no es el número: es desde dónde canta y qué tradiciones decide poner en el centro.

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Porque Milo no viene solo. Viene con Morón a cuestas, con el conurbano como raíz, y con un puente firme hacia el interior profundo, especialmente Santiago del Estero, tierra que atraviesa su obra desde el folklore, la espiritualidad y el pulso ancestral. No es un detalle estético: es una decisión política y cultural. En un mainstream que suele mirar hacia afuera; y Milo mira hacia adentro.

El show fue la presentación oficial de su nuevo disco, La vida era más corta, pero funcionó también como repaso completo de su carrera. Desde el inicio arrollador con "Bajo de la piel", rodeado de bombos y una escena casi ritual, quedó claro que no iba a guardarse nada. Hubo trap, chacarera, carnavalito, murga, zamba, drones simulando estrellas, árboles quemados en escena, arneses que lo elevaron sobre el público y hasta un camposanto recreado en una tribuna. Todo convivió. Todo dialogó.

 Los invitados reforzaron esa idea de cruce generacional y territorial: Cuti y Roberto Carabajal, pilares del folklore santiagueño, Soledad Pastorutti, que convirtió Vélez en una peña con "Lucía"; Nicki Nicole, que tras cantar "Dispara" le dijo una frase que quedó flotando en el estadio: “Sos de la gente, sos una leyenda”; Tini, Yami Safdie, AKRIILA, Paula Prieto, Ysy A, Bhavi, Radamel y la murga uruguaya Agarrate Catalina, entre otros.

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Uno de los momentos más conmovedores llegó con "Niño". Milo se sentó en el escenario, se quebró y dejó de cantar. El estadio completo tomó la posta. No hubo artificio posible ahí: solo emoción cruda, memoria y pérdida, temas que atraviesan su obra y que conectan con una generación que aprendió a sentir sin pedir permiso.

También hubo homenajes que unieron pasado y presente, como "Jangadero" con la voz inmortal de Mercedes Sosa resonando en Vélez, o "Luciérnagas", dedicada a su abuela Norma, con la presencia simbólica de Silvio Rodríguez en el disco. En octubre, Milo J había interpretado "Luciérnagas" sobre el escenario del Movistar Arena durante el regreso del trovador cubano a la Argentina. Tradición y futuro en la misma canción.

El público fue otro protagonista. Mayoritariamente joven, sí, pero también familias, niños, adultos, generaciones distintas compartiendo un mismo código emocional. Y un dato no menor: muchos celulares abajo. Miradas arriba. Cuerpos presentes. Algo poco habitual y profundamente significativo.

Milo J no es solo un fenómeno urbano. Es un artista que logró que el folklore dialogue con el trap, que el conurbano abrace al interior, que Santiago del Estero suene en Vélez sin pedir permiso. En tiempos de carreras aceleradas y éxitos fugaces, su propuesta va a fondo: identidad, raíz, emoción y riesgo.

Desde Morón al país. Del interior al estadio.

Milo J no dio un show maratónico: escribió una página clave de la música argentina actual.