LA MUERTE DEL INDIO

Una historia de desencuentros y fidelidad. La crónica de una persona que la pasaba pésimo en los recitales pero que no podía dejar de ir a las misas. El amor, normalmente, tiene caras indescifrables .

Por Enrique Jontef | Imágenes: Prensa

Debo reconocer que mi primer acercamiento al mundo Redondo y en particular, al de su voz líder y factótum, Carlos El Indio Solari no ha sido precisamente un lecho de rosas y podría situarse en los albores de la masividad del grupo.

Tanto mi esposa como yo habíamos pasado de largo aquella primigenia etapa de Patricio Rey en diversos y pequeños reductos de la ciudad. Ya se sabe, una pareja de veintipico de años, en plena hiperinflación y con una hija sobre el lomo no daba para andar derrochando monedas en Palladium o el Margarita Xirgu.

Pero hete aquí que la banda de La Plata decidió pegar el salto al vacío y hacia fines del 89, tomó del cuello al Templo del Rock, reducto al que no soltarían por algunos años. Habiéndonos perdido ese evento refundacional en Obras adentro, decidimos sumarnos a las huestes ricoteras en un evento de fin de año, al aire libre, en la cancha de rugby del club. 

Ese recital fue, en síntesis, un verdadero bochorno. Una marea de gente, una organización nula y un sonido deplorable Allí vi por primera vez al Indio. Vestido prolijamente, tal cual su costumbre pero con una actitud que podría calificarse de “agreta” ante el público. Con constantes interrupciones y una frase proferida por Solari que se reiteraría durante toda la noche: “A ver boludos, si se pueden bajar de las torres porque así no podemos seguir”. 

Con Adriana, mi esposa, nos miramos y dijimos “la verdad que no la estamos pasando muy bien que digamos”… y fue casi un alivio cuando los últimos acordes de Ji,Ji, Ji sonaron.  Desde ya que no hubo bises.

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Pero casi en un plan de darles y darnos revancha, concurrimos en varias oportunidades del año 90 al gimnasio de basket de Libertador a disfrutar de esas instancias previas a la actuación donde, ahí sí, se montaba la “Fiesta Ricotera”. Sí, claro… después venía el recital, pero yo ya llegaba a esas instancias completamente agotado y con la cabeza que se me partía.

Esa rutina se extendió hasta abril de 1991, más precisamente el dáa 20. Como regalo para mis 30 años, decidimos incorporar a nuestra hija, Nuria, por entonces de dos años y nueve meses, a la misa ricotera. Algo se rumoreaba acerca de disturbios del día anterior. Yo decidí continuar mi rutina de concurrir a la popu y las mujeres se ubicaron en el pullman. Fue un muy buen regalo. Nuria, según el decir de su madre, había captado la atención del sector, gritando como desaforada eso de “Le hizo track, track, el hueso al final” en tanto que allí comenzó a tomar entidad el apelliido Bulacio, muerto en la Comisaría 35 y detenido precisamente el día 19

El silencio de la banda y de su voz cantante nos indignó; Adriana decidió no concurrir más a recitales de los Redondos. En tanto, yo, vaya a saber por qué extraña motivación, mezcla de disfrute y masoquismo, continué transitando el camino del Indio.

Sobrevinieron otros recitales de los Redondos, en ámbitos tales como el Centro Municipal de Exposiciones, el galpón del Autopista Center o Parque Sarmiento, todos bajo la misma tónica: una entrada caótica, masividad creciente, una fiesta previa constituída en misa, el desfile de los desangelados, un sonido paupérrimo y esa actitud del Indio, completamente distante y alejado de la fiesta que se ofrecía debajo del escenario. 

Y cuando esos lugares resultaron acotados para la presión popular que generaba el grupo, entonces decidieron que lo mejor que debían ofrecer tenía que se en un estadio de fútbol, más precisamente en Huracán. Ya todo se tornaba complicado, los controles, el cacheo, el infierno que a veces era encantador y a veces no. Hasta allí llegué, basta de Redondos en vivo, basta de Indio, basta del rock and roll del país.

Al Indio no lo ví más en vivo, ni con los Redondos ni en su etapa solista. Yo ya transitaba los momentos en que prefería ver un recital sentado o cómodamente en el espacio de mi hogar, disfrutando hasta el último CD de Patricio Rey. En ese sentido me convertí en un férreo defensor, a la distancia, de trabajos en los que el Indio experimentaba con nuevos sonidos como "Último Bondi" o "Momo Sampler". 

El tiempo pasó y yo debo reconocer que en ese constante ir y venir con el Indio, le entregaba más fidelidad a Skay Beilinson, su ex compañero de ruta.

Sin embargo había canciones de Solari solista que me parecían brillantes e impactantes, con esa capacidad letrística intacta que siempre supo tener. Hasta el día en que escuché eso de “Yo ya no puedo cumplir, hazañas que prometí; sólo seguir cantando” e intuí que el final estaba cerca.

Hoy Nuria, ya de 38 años, me mandó el mensaje a primera hora: “Se murió el Indio” escribió y me quedé helado pensando en el tiempo finito, en aquella nenita que canturreaba “Nadie es Perfecto” y que hoy no puede parar de llorar. En lo que a mí respecta se me vino a la cabeza esa frase de Charly García que titula la nota. Es verdad, a Solari, a ese inconmensurable e indescifrable Indio lo amé, lo odié pero siempre, siempre le pedía más.