LITERATURA
Por Blas Matamoro | Imágenes: Archivo
Este libro estuvo originariamente destinado a una colección del Centro Editor de América Latina que dirigía Osvaldo Luaces. Él fue asesinado por las fuerzas de la guerra sucia y, a su vez, los fondos de la editorial resultaron incinerados según puede verse en el documental debido a Mempo Giardinelli. Luaces es, por eso, el dedicatario de Olimpo. Ignoro si el detalle influyó en la prohibición. Por cuanto he podido averiguar, el dictamen que la recomienda es anónimo y por las señas de estilo atribuible a un sacerdote católico.
Llevé el texto a Corregidor, donde lo consideró publicable el director editorial, mi amigo Juan Carlos Martini Real. Fue así que se llegó a la publicación. El contrato comprendía una tirada de dos mil ejemplares. Cuando llegó un camión del Ejército a secuestrarlos, se exhibió el documento y los libros fueron conducidos a la hoguera. Felizmente, el editor había tirado tres mil ejemplares, de los cuales un millar ya estaban distribuidos por librerías y quioscos de prensa. Así es como se salvaron unos cuantos y, de ellos, algunos se ofrecieron como rarezas de bibliófilos, con los precios condignos. Si de aventura se trata, esta es la que afecta a mi texto. Han pasado cincuenta años, una suma de unidades. También medio siglo: una lápida. Escribo estas líneas en Madrid, donde vivo desde aquellas fechas. Arriesgo unas figuras un poco vulgares. Nací en mi tierra, campo abierto. Vivo en España. Aquella planta se alojó en una maceta madrileña.
A los datos anteriores añado otros que los subrayan. Por aquellos mismos días, mi pareja de entonces, Martín Bartolomé, estuvo una semana primero desaparecido y luego detenido en la central cordobesa de la policía, por un error del empleado que juzgó falso su documento de identidad, lo cual en realidad era una falsa información. Eludo los detalles. En todo caso, sumados ambos extremos, sobre todo el tremebundo decreto de la prohibición, decidimos emigrar. Martín falleció en Madrid en 1994.
En cuanto a la materia del libro, en buena medida, es histórica ella misma. Espero que si alguna utilidad tiene mi trabajo sea justamente aquella. Juzgarla o explicarla no es pertinente. No lo sé hacer y si supiera no me gustaría discurrir sobre mis obras. Si fuera posible, entonces el texto estaría incompleto y no lo está. Cada libro, se supone, tiene exactamente las palabras que tiene. Tomar una actitud de guía o glosador sería una ofensa al lector. Este o esta gozan de un poder absoluto en el dominio de cuanto leen. Es un poder que reclamo cuando leo y que comparto con todos los lectores y lectoras del mundo.
No valen tampoco enunciaciones de gustos y creencias que los años han lapidado o, al menos, matizado y enriquecido. No me reconozco en el joven maduro presto a hacer las valijas del trastierro y tampoco suscribiría nada de lo escrito por mí a la vez que no me arrepiento de ninguna línea. En esta dualidad parece que sus miembros son incompatibles, pero se aclara acudiendo a la vivencia. Un libro es un trozo de vida, de tiempo vivido, radicalmente concreto, que no puede repetirse sin el peligro de la mitomanía o el olvido. La norma es dura pero, si se admite el pleonasmo, es normativa. El tiempo no pide permiso ni jamás se aquieta. El Tiempo no pierde el tiempo.
Sí quizá se encuentren en estas páginas algunas de las curiosidades que me han movido a escribir en términos de ensayo: la relación entre historia y mito, cómo se oponen y se buscan para significarse mutuamente; el alcance que tiene el mito en nuestro hacer y los signos que de él perduran, con lo que creemos, preferimos y rechazamos, es decir nuestras ideologías; y, por fin, la gloriosa injusticia de la historia misma que sólo se ocupa de una apretada minoría de personajes, mandando a los demás -mandándonos- a las odiosas enumeraciones de la desmemoria. Lugar de lo memorable y los Memorables: el Olimpo.
En mis años de escritor sólo un libro mío mereció un premio remunerado. Junto a él me permito agregar la prohibición. Cuando ya dábamos por amortizada la importancia social de la literatura, apareció un sicario con su correspondiente tinterillo que prohibió las páginas que siguen, como si hubieran conmovido a la más repugnante dictadura de nuestra historia. Es cuando la danza macabra de aquellos años se convierte en trapisonda burlesca. Y ya se sabe: cuando los argentinos nos ponemos a bailar se nos impone la melancolía.
(Nota de la redacción: en Olimpo, Blas Matamoro, aborda figuras “olímpicas” argentinas. Desde Juan Manuel de Rosas, Julio Argentino Roca, Hipólito Yrigoyen y Juan Domingo Perón hasta Susana Giménez e Isabel Sarli. Lo hace en el marco de las líneas teóricas que se seguían en la época, pero su estilo argumentativo excede esas corrientes y lo vuelve un libro único).

