JARRET Y EVANS, EN BUENOS AIRES
Por Hernán Carbonel | Imágenes: Archivo
Un disco memorable. Es 24 de enero de 1975. Keith Jarrett tiene veintinueve años. Viaja en un viejo Renault 4 hacia Colonia, Alemania, bajo la lluvia. Viene de actuar el día anterior en Zúrich, parte de una gira de veinticuatro conciertos de improvisación al piano. Está agotado, se le hace imposible soportar el dolor de espalda, el malhumor que ambas cosas le provocan.
Al llegar al teatro Köln Opera House descubre que el piano que está sobre el escenario no solo no es el que ha pedido, sino que el que le han preparado, de media cola, tiene rotos algunas cuerdas y uno de los pedales. Cansado, contrariado, dolorido, amaga con no tocar. Vera Brandes, la organizadora, quien entonces tiene sólo diecisiete años, entra en pánico: ha puesto de su bolsillo 10.000 marcos para alquilar el teatro, que cuenta con un aforo de 1.500 personas con entradas ya agotadas.
Tras varias horas de afinación, la situación se resuelve, vicisitudes mediante. Jarret se sube al escenario. En el aire flota cierta impaciencia, un murmullo, incluso alguna sonrisa burlona. Cuando se asientan los primeros acordes, el hechizo se apropia de la sala. Cada nota, cada silencio es un estallido suave, una vibración que comienza en el aire y se traslada a los cuerpos, un estertor que conmueve. Las manos de Jarret parecen enamoradas de las teclas, como si se hubieran conocido de toda la vida. Las sobrevuela, van y vienen, parecen naufragar y reinventarse. A los siete minutos dieciséis segundos entra esa melodía entre contagiosa y melancólica: en ella caben, como dijo alguien alguna vez, todas las pasiones humanas. ¿De qué parte de la cabeza creativa de Jarret ha surgido? De fondo se oyen voces, onomatopeyas, gritos de aliento, el golpe del pie sobre el escenario. Gestos minúsculos que hacen a un todo. Una hora entera de música, dividida en tres partes, y los postreros dos minutos de aplausos.
¿Resultado? Uno de los mejores discos en vivo de la historia del jazz, lanzado en noviembre de ese año. Ahora: ¿cuántos kilómetros hay desde Colonia (Alemania) a San Nicolás de los Arroyos (Argentina)? Google dice que 11.500. La historia de la música contemporánea dirá que mucho menos.
La última magia. Cuatro años después. Plena dictadura militar.
Bill Evans acaba de cumplir cincuenta años y viene de sufrir dos pérdidas lacerantes, terribles, ambas por suicidio: la reciente de su hermano y supervisor musical, Harry, diagnosticado con esquizofrenia, por arma de fuego; y Ellaine, su ex pareja, casi una década atrás, arrojándose a las vías. Además de haber recaído en el consumo de estupefacientes.
Ahora es septiembre de 1979 y Evans viaja en un Taunus Break por la Ruta 9 camino a San Nicolás de los Arroyos junto a su representante, un productor de recitales y los otros dos integrantes de su trío, el contrabajista Marc Johnson y el baterista Joe LaBarbera.
La fecha es en el Teatro Municipal de San Nicolás, ahí nomás del Río Paraná, como parte de una gira que comprende, además, dos presentaciones en Buenos Aires y una en Rosario. El piano francés que lo espera está tan desafinado que tienen que contratar de urgencia un afinador rosarino para que viaje y lo solucione. Pero los inconvenientes no quedarán ahí. Evans dará un concierto legendario al mismo tiempo que se convierte en un fracaso comercial, ante un público pequeño que apenas sabe quién es. El centro de atención de la noche está puesto en otro lado: la elección de la Reina de la Primavera y sus princesas, antes de que él toque. El mundo como representación, esta vez de lo bizarro.
Un año después, Bill Evans moriría en Nueva York, producto de una insuficiencia hepática ligada a sus adicciones. La historia está sintética y efectivamente narrada en esa breve, estética y melancólica película que es Bill 79, de Mariano Galperín. Pero, al fin, todo tiene su razón de ser: desde hace dos años, se lleva a cabo el Festival de Jazz de San Nicolás. Quién puede medir, entonces, qué marcas deja cada cosa.
Serú en la pampa. Misma época, apenas un par de años de diferencia. Y menos kilómetros, poco más de 120, por una ruta de largas rectas y curvas complicadas que atraviesa pueblitos al medio (Guerrico, Conesa, Erescano) y esquiva otros (General Rojo), de San Nicolás a Salto. Año ’81 u ’82. Un grupo de pibes que prepara su viaje de fin de curso a Bariloche bajo la sigla UTABI (Unidos Todos A Bariloche: ay de las iniciales puestas al servicio del sueño juvenil) necesita juntar dinero para costearse los gastos. Dentro de ese grupo, un subgrupo: todos ellos músicos. ¿Qué bandas les gustan? Muchas. Entre otras, Serú Girán. De ahí a la idea, un paso: contratar al cuarteto para que toque en el pueblo. Ahora: ¿Cómo hacerlo?
En aquella época, los discos de vinilo solían contener, en contratapa, junto a la famosa leyenda “Disco es Cultura”, los datos de contacto para las contrataciones. Llamados telefónicos, averiguaciones, viaje a la Ciudad de Buenos Aires, entrevista en una oficina de una galería de calle Santa Fe con el representante –a la sazón, Daniel Grinbank– y un contrato de palabra.
Palabra que hubo que sostener con una garantía firmada cuando los músicos llegaron a la ciudad de Salto, más allá del público que asistiera. Mientras los plomos y sonidistas armaban en el gimnasio del Club Compañía General, el cuarteto, más su representante, salieron a tomar un café y recorrer la ciudad en un viejo Dodge 1500, propiedad de Aznar.
La cosa es que, a la hora del recital, apenas si se habían vendido no más de noventa tickets. Charly, Pedro, Moro y Lebón cacharon al vuelo la situación y decidieron hacer de aquello un ensayo abierto: tocaron el disco Bicicleta completo, zaparon alternándose los instrumentos (Lebón a la batería, Moro a la guitarra, Charly al bajo, Aznar al piano) y cerraron con una improvisación de jazz, como si del living de su casa se tratara. Noche mágica, recuerdo de unos pocos elegidos. ¿El grupo de estudiantes que preparaba su viaje a Bariloche? Tuvo que empezar de cero, las arcas vacías.

