Aniversario de Malvinas

Hay una solemne placa de mármol en la que los veteranos de Malvinas le agradecen al actor Guy Williams por haberse ofrecido a pelear contra los ingleses. Mucho más apoyo del que aquellos soldados adolescentes recibieron de algunos de sus oficiales en el campo de batalla. Cuando el heroísmo deja de ser un espectáculo de televisión y se vuelve el único modo de supervivencia.

Por Antolín Magallanes | Imágenes: Archivo

La efeméride patria más sentida debe ser esta. Y se expresa en las rutas, en cada municipio. En la plaza Saraví, de San Andrés de Giles, hay una placa de mármol en conmemoración de la gesta austral que dice: “Los veteranos de Guerra de Malvinas, a los miles de voluntarios que se ofrecieron a defender nuestra soberanía en las islas, en especial al ciudadano estadounidense Guy Williams (don Diego de La Vega) ‘El Zorro’, por ofrecerse luchar por nuestra causa.” 

Parece extraña la dedicatoria, pero en definitiva es apropiada porque muchos de esos soldados clase 1962 fueron pibes que se criaron viendo la serie El Zorro.

Tampoco es un dato frívolo esta asociación, porque todos disfrutamos de aventuras en las que el coraje y el sentido de la justicia eran los principales atributos de ese héroe. Y lo mismo sucedía con otros tantos personajes entrañables como Robin Hood, Tarzán y Los tres mosqueteros, por nombrar unos pocos.

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El coraje y el valor se entrenan desde la infancia. Se imitan códigos y se sueña con aventuras que se realizan con los amigos. El problema para nuestros héroes de Malvinas fue que debieron enfrentar una situación real, en donde demostraron estatura ante la superioridad del enemigo y la improvisación de sus propios jefes.

La Guerra de Malvinas es la gesta argentina que se corea al ganar un Mundial y a veces uno quisiera que fuera mucho más que eso. Que fuera un reconocimiento para nuestros soldados, que bien merecido lo tienen.

En 1982, hubo tres gestas en la Plaza de Mayo. Primero, antes de la guerra, el 30 de marzo, se hizo una movilización de la CGT contra la dictadura reclamando “Paz, Pan y Trabajo”. Esa manifestación fue duramente reprimida.

La segunda fue el apoyo incondicional a la causa Malvinas (y no a la dictadura). Se la recuerda porque fue el día en que Galtieri, ante una multitud, les dijo a los ingleses “Si quieren venir que vengan”. Muchos de los que habían sido apaleados tres días antes por la policía antepusieron a la patria por sobre sus intereses y acudieron a dar su voz de aliento. 

La tercera concentración fue el 14 de junio, el día de la rendición en Malvinas, también en la Plaza de Mayo, y se convirtió en la mayor manifestación de la historia convocada por una derrota. Como era de esperarse, también con una violenta represión. Nueve días después, el 23, caía el gobierno de Galtieri y la dictadura preparaba sus petates para escapar. Siete días más tarde asumía el dictador Bignone, quien al poco tiempo anunciaba el llamado a elecciones democráticas.

Estos son recuerdos de quienes vivimos esos días. En mi caso, también estaba bajo bandera, pero no me tocó ir a la guerra. Me acuerdo que sentí mucha culpa. De pibe quería ser militar pero luego, al enterarme de las historias sucedidas de 1930 en adelante, derivé hacia otros puertos.

Durante la guerra todos los que vestíamos uniforme éramos bien tratados. En el tren, las señoras nos besaban y los hombres nos palmeaban afectuosamente la espalda. Muchas veces me pagaron el boleto del colectivo y recuerdo incluso que en la estación Retiro una señora muy vieja llegó a santiguarse y, acariciando mi uniforme naval, me dijo “Que Dios te bendiga”.

En aquellas épocas mi música, el rock nacional, se transformó en la música que todos escuchábamos, ya que se había prohibido la música en inglés. Fue una gran paradoja. A los milicos que nos perseguían en los recitales, ahora les éramos funcionales.

Cuando la guerra terminó y la derrota se sentía fiera, cambió el clima para nosotros. Ya no nos invitaban el pasaje del colectivo. 

La guerra perdida aceleró el proceso de recuperación de la democracia, algo que siempre hay que recordar. Y fue en esos términos que la empezamos a construir, con las limitaciones que todavía nos muestra en la actualidad. Un lastre difícil de sacarse de encima. Solo pensemos que hoy conduce al país el ala civil de aquellos gobiernos. 

 Mis amigos que fueron a las islas o estaban en el sur empezaron a volver. Orgullosos de haber defendido a la patria, pero heridos por la presunción de un olvido que ya se quería instalar. Sus voces susurraban: ¿dónde está el apoyo? ¿dónde la justicia? La gloria de la lucha se mezclaba con la fatalidad de esa dictadura militar que se empezaba a derrumbar.

Mi héroe, el soldado Marcelo, Rosasco, siempre me cuenta ese momento, después de haber bajado del Camberra, el buque inglés donde fueron prisioneros. Desembarcaron en Puerto Madryn, donde la gente se agolpaba para saludarlos, algo que el Ejército trataba de evitar, y nuestros soldados pedían pan. ¡Pan, pan!, ¡traeme pan!, era lo que se les escuchaba decir. Esa madrugada, Puerto Madryn se quedó sin pan.

Fueron trasladados a unos tristes galpones donde supuestamente los “homenajearon”, luego a Trelew y en avión a Campo de Mayo. Iban a quedarse por 45 días en cuarentena, para recuperarlos y dejarlos más presentables. Pero la presión de los familiares, la falta de una logística adecuada para recibirlos y la oficialidad que se reveló hicieron que a los tres días fueran a sus unidades de origen. El soldado Rosasco volvió de su viaje de héroe, como Ulises, al punto de partida: el Regimiento de Infantería 1, en Palermo.

Se viene otro mundial, se reflotarán los cantitos y serán recordados aquellos que dieron su vida, los que no volvieron. Entonces, aunque sea por un rato, recordemos que las Malvinas son argentinas, y que los pibes que se criaron con el Zorro, son y serán siempre nuestros verdaderos héroes.