HISTORIAS
Por Antolín Magallanes | Imágenes: Archivo
Una espada es un arma blanca, con un diseño hecho para cortar, golpear o perforar. Está compuesta por una hoja plana, con una empuñadura para su manejo manual. Las hay de acero, hierro o aleaciones; son rectas o curvas y están afiladas en uno o en ambos lados de su hoja plana. Son largas o cortas, para ceremonias o para el combate. En la historia simbolizaron el poder, el honor y la destreza. De allí que muchas aparezcan en mitos o leyendas reflejando su importancia cultural.
Las hubo famosas, como la Tizona, del Cid Campeador; la Excalibur, que le diera el trono al rey Arturo al sacarla de la roca que la contenía; o la espada de Damocles, que en realidad no era suya, sino del tirano Dionisio II, quien sentó por un día a Damocles en su trono con una espada que pendía sobre su cabeza sostenida apenas por el pelo de un caballo. Esta parodia de Dionisio le dejaba claro a Damocles los riesgos del poder que tanto anhelaba.
Entre nosotros tenemos el sable corvo del general San Martín. Los sables son espadas curvas y, por lo general, con un solo filo, diseñadas para cortar y tajear. Un arma especial para la carga de caballería. Todos los sables son espadas, pero no todas las espadas son sables.
Como vemos, el simbolismo de las espadas alcanza a varios usos: valerosos, míticos, prácticos, pedagógicos, culturales y políticos.
En el año 1924, en el Perú, es donde se conmemoró la Batalla de Ayacucho, Leopoldo Lugones dio su célebre discurso llamado “La hora de la espada”. Esas palabras validaron de ahí en adelante el uso de la espada (como símbolo del poder de las Fuerzas Armadas) y, como una cruel ironía, crearon un ideario reaccionario en simultáneo con el comienzo de una democracia que, como el breve reinado de Damocles, nacía amenazada.
Fue notable que se utilizara la conmemoración de la Batalla de Ayacucho, que significó el fin definitivo de las luchas por la independencia y que honró con la gloria al mariscal José Antonio Sucre y a su ayudante de campo, el general Juan Galo de Lavalle. Fue notable porque la liberación de un continente le sirvió a Lugones como marco para desplegar un discurso que planteaba otro tipo de liberación: la oligarquía, imposibilitada de ocupar el poder por la vía democrática, debía asumir por los medios que fuera la responsabilidad de arreglar a un país sumido en la decadencia moral y política. Para Lugones esta degradación sucedía por la demagogia de los gobiernos radicales y sus reformas, por la “chusma yrigoyenista” y por la masa de población ultramarina inculta venida al país con ideas izquierdistas y utópicas y al alejamiento de los valores cristianos.
Entonces, frente a un hecho que valoraba la independencia, se imprimió esa idea de que las Fuerzas Armadas y la Patria, que habían nacido a la par, eran indisolubles y que no había nadie mejor para tutelar a los argentinos que esa espada de un ejército casto, puro, recto, honorable, incorruptible y cristalino. Seis años después, en 1930, esas palabras cobrarían sentido histórico porque legitimaron el primer golpe de Estado y marcaría el punto de partida para la intervención de los militares en la conducción de la Nación.
Es interesante analizar el derrotero del Poeta Nacional, como se le decía a Lugones. Nació en Río Seco, Córdoba, lugar al que le dedicó uno de los libros más bellos de la poesía argentina: El romance del Río Seco. Decimos que la vida de Lugones es interesante porque resume muchas de las contradicciones de nuestra historia y porque ese apellido será un aguerrido protagonista de muchos de nuestros anhelos, dolores y frustraciones y marcará de punta a punta a la historia argentina,
La revista La Montaña fue un proyecto editorial argentino fundado en 1897 por José Ingenieros y Leopoldo Lugones, en el que también participó Juan B. Justo. Esta publicación se caracterizaba por su orientación socialista revolucionaria y tenía un enfoque crítico hacia el Estado y la Iglesia Católica. Contaba con artículos sobre temas variados, como política, arte y ciencia. Se publicaba quincenalmente y tuvo un total de doce números. Es considerada un ejemplo de la fusión entre modernismo y socialismo en la Argentina. Aunque Lugones más tarde se inclinó hacia la derecha nacionalista, su participación en La Montaña refleja su compromiso inicial con la izquierda.
Todo un contrasentido ya que más tarde transitaría los terrenos del liberalismo, luego del conservadurismo y, finalmente, los de la admiración por los autoritarismos que aparecían en Europa y que desembocaría en su apoyo a “Von Pepe”, como apodaban sus camaradas al germanófilo Uriburu.
En el discurso “La hora de la espada”, Lugones defendió la intervención de las Fuerzas Armadas en la política y abogó por un gobierno autoritario que impusiera el orden. Su discurso sepultaba al Lugones de aquella juventud izquierdista y le daba un giro ideológico vinculado con su admiración por la cultura europea y al nacimiento del nacionalismo autoritario. Su férreo rechazo a la democracia liberal y su percepción de la ineficacia de esta fueron las cuestiones que lo animaron.
Así fue como participó de la Liga Patriótica, una organización que promovía el nacionalismo autoritario, conformada por los “niños bien” de la oligarquía. Esta instalaría los primeros pogromos en nuestro país durante los sucesos de la Semana Trágica.
“La hora de la espada” fue la inspiración inmediata de las corrientes nacionalistas argentinas que se oponían a través de diversas publicaciones reaccionarias a cualquier idea democrática y popular, que para ellas representaban el espanto. Con el tiempo, estas versiones autoritarias cambiaron de nombres pero no de mañas: siempre llegaron al poder para imponer sus ideas de un país para pocos.
Es bueno recordar que la caja de Pandora que abrió Lugones tuvo eco en la prensa de la época para desprestigiar al gobierno de Yrigoyen, llenándolo de calumnias e injurias, guiando a la turbamulta a allanar su casa hasta dejarla desmantelada para buscar fajos de billetes supuestamente escondidos en sus paredes. Como era obvio, no encontraron la nada. Cualquier parecido con la actualidad es producto de nuevos guionistas que han podido ampliar la espectacularidad de los procedimientos, perforando paredes en El Calafate y realizando excavaciones interminables en medio de la estepa patagónica.
Gracias a ese discurso, a esa hora y de esa espada, la derecha argentina justificó su distanciamiento de la democracia con un repertorio repetido en el tiempo y de gran efectividad. Por lo general, los tópicos más invocados han sido el populismo y la corrupción, Y lo siguen siendo.
Un hecho singular es como la familia Lugones siguió presente en la historia nacional. Leopoldo “Polo” Lugones, el hijo del literato, fue quien adaptó la picana de uso vacuno para el martirio humano. Un elemento utilizado para azuzar al ganado fue potenciado con energía eléctrica para convertirlo en un instrumento de tortura. “Polo” fue un hombre trágico y oscuro, jefe de la Sección de Orden Político de la Policía de la Capital Federal durante el mandato de Uriburu. De infancia complicada, fue acusado de abuso de menores y salvado de la prisión por los amigos del poeta. Supo tener una relación difícil con su padre, que se tornó más tensa después de que se descubriera la relación de Leopoldo padre con una mujer mucho menor. Esto derivó en una depresión que llevó a Lugones a El Tropezón, un recreo del delta del Paraná, el 18 de febrero de 1938. Allí, esa noche, bebió un cóctel de cianuro con whisky.
Su hijo lo sobrevivió varios años, hasta que en 1971 también se suicidó. Pero la tragedia siguió a la familia Lugones. Polo tuvo una hija, Susana “Piri” Lugones, quien tampoco tuvo buena relación con su padre y se paró en sus antípodas ideológicas. Eran muy activa culturalmente en los primeros años 70 y en su casa se reunían la bohemia porteña y la dirigencia política. Por allí pasaron Lili Massaferro; escritores como Paco Urondo, Juan Gelman y Rodolfo Walsh; y también el grupo de blues Manal. Fue la traductora del libro de Yoko Ono, Pomelo, editado por la editorial del mítico Jorge Álvarez. Quien se presentaba como “la hija del torturador y la nieta del poeta” fue docente, escritora y militante montonera. Desapareció el 20 de diciembre de 1977 cuando la secuestró un comando de la Armada.
Desde aquel discurso de Leopoldo Lugones se hilvanó una tragedia que acompañó a los argentinos por décadas.
“La hora de la espada” envolvió también al héroe de Ayacucho, el general Juan Galo de Lavalle, a quien apodaban “la espada sin cabeza”. Lavalle inauguró otra saga infausta: fusiló a Manuel Dorrego que era acusado de corrupto y populista. En un regodeo morboso Lavalle fue entronizado con una columna de estilo dórico frente a la casa de la familia del fusilado. Ese obligó a la familia Dorrego a no abrir por 50 años las ventanas desde donde se podía ver la Plaza Lavalle.
Hace unos días, un sable, que como ya se dijo es una espada, también quiso ser utilizado como símbolo de la nueva derecha que habita el país. El presidente Milei tquiso su hora de la espada y sustrajo el sable corvo del general San Martín del Museo Histórico Nacional para dejarlo en manos del Regimiento de Granaderos a Caballo, que lo guardarán bajo siete llaves e impedirán su exhibición tal como querían los herederos de San Martín.
Como vemos, en la hora de la espada habitan los costados autoritarios de la historia. Los símbolos y sus horas viajan en el tiempo, generando una disputa de sentidos que no son neutrales. Es un deber patriótico agotar todas las instancias para visitar y entender el sentido de la historia.
El sable del general San Martín nunca fue desenvainado contra sus compatriotas y luchó por la libertad de la Patria.
Esa fue la verdadera hora de la espada.

