MÚSICA

Ni minoritario ni masivo, el rock “nacional” constituyó un movimiento anfibio hecho de gestos y grandes canciones, que salía a la superficie con la misma agilidad con la que se volvía invisible. Años en que aprendimos el significado de la palabra razzia. Menos siniestra que muerte o desaparición, pero también temible.

Por Sergio Pujol | Imágenes: Archivo

  El 25 de marzo de 1976, el capitán de navío Elías Said fue designado delegado de la Junta Militar en la UBA. Apenas habían transcurrido 24 horas del golpe militar que instaló a la Junta Militar en la Casa Rosada, cuando el marino brindó su primer discurso público en un ámbito que le resultaba ostensiblemente ajeno. Fue entonces que, a voz en cuello, ametralló los oídos de su ocasional audiencia con un rosario de vocablos que regirían la educación superior en el país durante los próximos siete años: “Orden, trabajo, jerarquía, responsabilidad, identidad nacional. Todo en el contexto de la moral cristiana.”

 Cuando se discute qué hizo o qué dejó de hacer el rock nacional bajo la última dictadura– el adjetivo nacional, acaso inapropiado, terminaría de instalarse en aquellos días -, muchos suelen olvidar el contexto discursivo en el que un colectivo siempre bajo estado de sospecha (“¡esos vagos drogadictos!”) compuso y escribió canciones por fuera de los cinco sustantivos con los que el capitán de navío quiso sintetizar el plan de disciplina de la dictadura, para luego cantarlas en vivo y alentar así a un público de su mismo rango etario a no dejarse desanimar, ya que, poetizaba Charly García, “quedan tantas mañanas por andar.” 

 ¿Cómo era, cómo éramos quienes integrábamos ese público anhelante de otros amaneceres? Ni minoritario, ni masivo: la ambigua estadística de una música anfibia, que salía a la superficie con la misma agilidad con la que se volvía invisible, no era un tema menor a la hora de vigilar las prácticas juveniles bajo estado de sitio. ¿Y las letras de las canciones? A simple vista, no parecían peligrosas. Incomprensibles, muchas de ellas. Quizás un tanto surrealistas (seguramente abusamos del adjetivo de Breton), o lunáticas. En cualquier caso, los militares irían primero por “Cuando tenga la tierra” y “A desalambrar”; dejarían para más tarde “Viernes 3 AM”, o “La historia esta”. (Curiosamente, la emblemática “Canción de Alicia en el país” no llamaría demasiado la atención, a juzgar por el listado de canciones prohibidas del COMFER).

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Semanas después de la arenga del capitán Said, el flamante ministro de Educación de la Nación, el rosarino Ricardo Bruera, advertía: “Los estudiantes de hoy representan para el Ministerio un desafío mayor que lo que podría ser el ataque directo a la subversión”. El mensaje era claro: no debían quedar resquicios para ninguna forma de rebeldía.  Aun así, el rock haría sus pequeños movimientos contra corriente. En su libro El basurero de la historia, Greil Marcus pone el foco en aquellas personas y grupos que hicieron historia de modo invisible, con gestos y palabras, un poco por fuera de los actos de los hombres de Estado y los criminales. La pequeña historia: cotidiana, subrepticia, invisible. ¿Contra hegemónica? Tal vez. Esto aplica a la relación del rock con la dictadura de 1976-1983. Una historia invisible pero no inaudible: a la mayoría de aquellas canciones la escuchamos en los recitales, la hicimos girar en los tocadiscos de nuestras habitaciones (mientras nuestros padres veían Grandes Valores del tango en el televisor del comedor), la silbamos cuando vagábamos por las calles con el DNI apretado en el bolsillo trasero del pantalón, o cuando nos dirigíamos al colegio o a la facultad,  intentando ser jóvenes en ciudades sitiadas por los militares y, en ocasiones, la tocamos torpemente en la guitarra criolla que nos habían regalado con el propósito de que aprendiéramos alguna zamba para animar las reuniones familiares. Esas canciones eran talismanes contra los males del mundo, materiales con los que construimos un refugio imaginario en nuestras cabezas; refugio que sólo compartimos con amigos y, eventualmente, con otros jóvenes que sabían, como nosotros, lo que significaba escuchar rock en un país gobernado por una dictadura sin duda más terrible que la de Onganía.

Nuestra playlist no estaba hecha de temas secretos ni marginales; en algunos casos, gozaba de cierta popularidad, aunque difícilmente alcanzaba el grado del éxito comercial. Simplemente no se pasaba (o se pasaba muy poco) por radio, fluía en otras frecuencias del cuerpo social, manteniendo así encendidas unas pequeñas fogatas de rebelión. Pequeñas e inadvertidas, quizá, pero fogatas al fin. ¿Cuánto más se podía hacer? Sólo ver películas y escuchar canciones con la fidelidad de un estetoscopio, mientras las páginas de Pelo y Expreso Imaginario corrían en nuestras manos; de eso se trataba la cultura rock como afirmación de una subjetividad antitética a la que intentaban modelar Said, Bruera y compañía. En nuestras elecciones de consumo cultural seguíamos siendo indisciplinados, más allá del miedo y el desaliento reinantes. Abjurábamos del orden, la jerarquía y la responsabilidad. Y también de la identidad nacional, toda vez que la noción había sido corrompida por un gobierno que asesinaba y amedrentaba en nombre de un ideal de patria que definitivamente no era el nuestro. “Si ellos son la patria yo soy extranjero”: repetíamos el verso de Charly como un mantra. No podíamos apreciar la belleza pre romántica del Himno Nacional Argentino, ya que sonaba con el pulso marcial de quienes tenían en sus manos la vida y la muerte de todos nosotros.

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Quienes anduvimos de recital en recital en aquel tiempo recordamos - ¿cómo olvidarlo? -que solía haber gente de la SIDE (en ciudad de Buenos Aires) o de la DIPPBA (en provincia) camuflada entre el público. El postulado de estos organismos del Estado partía de la base de “saber quién es quién, es decir, tener registrado a los buenos, para saber quiénes son cuando dejan de serlo”.  Desde luego, la vigilancia en los recitales no era algo excepcional en el marco de lo que Guillermo O´Donnell definió como el Estado autoritario burocrático. A la salida de un teatro o un estadio, estaban los camiones verde oliva estacionados de culata; intentábamos esquivarlos, sabíamos que estaban allí para asustarnos (no era la detención, a la vista de todos, la técnica de desaparición de personas) y llevarse detenidos a decenas de jóvenes bajo la vetusta figura de "averiguación de antecedentes”, o pesquisando algún cigarrillo de marihuana entre los bolsillos de tantos jeans desteñidos. Fue en esos años que aprendimos el significado de la palabra razzia. Menos siniestra que muerte o desaparición, pero también temible. 

 ¿Podía la dictadura ignorar o descuidar un fenómeno que, sin considerarlo un peligro prioritario, contrariaba el modelo de juventud dócil que se buscaba impartir desde los medios de comunicación y las instituciones educativas? Desde luego que no. Pero no era tanto el contenido de las canciones lo que molestaba al régimen como la performance de la música joven, su puesta en acto, eso que acontecía, sobre todo, en los recitales. Es decir, la corporalidad del rock. Contra los cuerpos uniformados, los cuerpos liberados de toda formalidad; contra el cabello corto – llevado al extremo, el “medio americana con navaja” del servicio militar -, las crenchas largas y engrasadas de la corporalidad rockera.

 No era posible organizar un recital en el estadio de Obras Sanitarias de la ciudad de Buenos Aires o en Atenas de calles 13 de La Plata sin contar con la aprobación de la Policía Federal o la Bonaerense. No era imaginable hacerse un lugar en las industrias culturales sin presentar la nómina de temas a los organismos de censura. En otras palabras, no era factible escapar a la escucha de los “servicios”, a los infiltrados en los recitales y conciertos, a las listas de temas censurados. Ciertamente, no todo fue observado con el mismo interés y recelo. Pero nada que requiriera una actuación pública pudo salirse del panóptico de los militares.

Aquí tenemos entonces, como en el teatro, una puesta arriesgada, sin duda, pero no suicida. Una puesta que podía hacerse. En ese sentido, el rock fue la última frontera, el límite entre el ser joven y el aparato de la dictadura. El ritual de los recitales cobró un cierto dramatismo, en la medida que la experiencia de salir de casa para perdernos en una música nocturna y voluminosa, desoyendo la máxima “el silencio es salud”, suponía alguna clase de riesgo. 

La dictadura supuso para el rock una exigencia nueva, una suerte de madurez súbita: volverse reservorio de rebeldía y, como ha dicho Pablo Vila, delimitar una esfera de disenso; concentrar en su mundo de canciones y recitales el espíritu contestatario desterrado de otros espacios; hacerse político desde una historia propia despolitizada según los términos tradicionales. Bajo un largo estado de sitio, violentamente cerradas o muy acotadas otras posibilidades de participación para la juventud, el rock debió llenar, imperfectamente, esos vacíos terribles.  Auto percibirse como rockero en la Argentina de la dictadura significó, básicamente, pertenecer a una franja de la juventud capaz de sostener una cultura alternativa cuyo detonante era la música, y particularmente la música ejecutada en directo en la forma del recital, allí donde las canciones prohibidas estaban un poco menos prohibidas. 

 A cincuenta años del golpe, corren tiempos difíciles para la historia y la memoria; los dispositivos de posverdad alientan ya no solo la amnesia del pasado reciente, sino la falsificación del mismo. ¿Qué se puede hacer contra eso? Hoy, seguramente algo más que ver películas y escuchar canciones. Para quienes fuimos jóvenes cuando Pastoral cantaba “Humanos quieren llamarse aquellos que matan un ave volando”, mantener vivo el recuerdo de aquel tiempo supone conjugar memoria con historia. La primera, para tender puentes entre generaciones reunidas en torno a un género musical que fue actor y testigo de la cultura joven a lo largo del pasado reciente. La segunda, para entender que ninguna forma de poder es total ni definitiva; que en márgenes abonados con ciertos gestos, sonidos y palabras puede florecer la desobediencia, esa pesadilla de toda dictadura.

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