Vida cotidiana

El autor de esta nota recuerda cómo irrumpió la dictadura en su vida, cuando apenas comenzaba el secundario. Los rasgos de una cultura represiva pensada para impedir el despertar que implica la juventud. Y el resto de culpa por no haber entendido antes las dimensiones de aquel plan criminal.

Por Alejandro Caravario | Imágenes: Archivo

Yo soy de los que no sabían. De los que tomaron el golpe del 24 de marzo como la cíclica, acostumbrada irrupción de los milicos en el poder con su jerga erizada, mesiánica y autorreferencial. Con su aparato represivo, claro, necesidades de la hora. No era que yo me lo tomara así por experiencia propia; era apenas un niño que acababa de empezar el secundario, pero mis padres me habían contado esa historia espasmódica de las asonadas protagonizadas por generales a las que parecían haberse rendido como a un ciclo natural. La temporada de cosecha o de lluvias, algo así. 

Mis padres tenían una relación distante con la política. Leían y se informaban hasta ahí, tenían el saber de superficie del ciudadano medio, de clase media, de compromiso medio. Mi padre era peronista; mi madre no tenía preferencias tan específicas. Por ellos, por sus relatos y por la conciencia política del entorno en que crecí, entendí que no había que tomarse a la tremenda el Comunicado Número Uno y el “control operacional” del país que los militares reclamaban para sí y anunciaban con un tono que sonaba –así suenan siempre– a fatalidad patriótica. Festejé en silencio, incluso, la suspensión de clases. 

Era entonces de los que no sabían que, más allá de nuestra burbuja blindada, se desplegaba un dispositivo criminal inédito destinado a consumar un genocidio. Ese bestiario subterráneo que, incluso cuando los juicios fueron ventilando su funcionamiento, costaba hacerlo encajar hasta en el imaginario más sofisticado de la crueldad. Además de confrontarnos con la insuficiencia de la lengua. Sobre todo, cuando la lengua tiene aspiraciones morales o el sesgo expresionista de las consignas, que es cuando dice menos. 

Así las cosas, en los inicios de la adolescencia y por el mandato implícito de mis mayores, me dispuse a sobrellevar el golpe como una contingencia repetida y de gravedad relativa (los que morían siempre estaban lejos). No tenía vivencias con las cuales comparar, así que el paisaje social en el que me formé –el grado cero de mi conciencia– fue el clima opresivo de la dictadura de Videla y sus sucesores. La opresión estaba ahí nomás, a la vista, al tacto. Era la calle colmada de policías y militares que paraban colectivos para requisar a los pasajeros. Y que te llevaban en cana por andar sin documentos. O por andar de noche. O, peor, por excederse en el cariño, como me pasó con una chica a los quince años en la barranca de la plaza San Martín, frente a Retiro. La patada de un borceguí interrumpió un beso lleno de promesas. 

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La sexualidad era una materia compleja, ritualizada por la lógica castrense. Colegios de varones, colimba de varones. Lo mixto es peligroso, indecente, tiende a borrar las jerarquías. La frustración era una condición para hacerse hombre (había que respetar la integridad de las chicas). Podías matizarlo yendo a los cines de barrio rebosantes de humedad que aceptaban menores en sus funciones continuadas. Allí, como mucho, había algún desnudo parcial proveniente de Suecia o de alguna otra nación libertina (yo iba a El Progreso, en el barrio de Mataderos). Y luego, cerca de los 18, el manual te enviaba a debutar con una profesional. Algunos de mis compañeros burgueses de la secundaria se daban el lujo de hacerlo en Punta del Este, guiados por algún tío canchero además de rico.

En el colegio, el celo persecutorio de las autoridades aseguraba el uso del uniforme, el pelo corto y las prohibiciones en materia de lectura y, desde ya, de cualquier manifestación que insinuara cuestionar la rigidez del sistema. Proliferaban las profesoras mojigatas e ignorantes, parientas acomodadas de militares, y los fachos sin fecha de vencimiento que ejercían como policía estudiantil. Por suerte, cada tanto encontrabas un balconcito soleado en el monoblock: la valiente mujer que en segundo año nos hizo leer a García Márquez (un fucking subversivo en aquel siglo y no es chiste) y a Mariano Azuela y su novela Los de abajo sobre la Revolución mexicana. 

Mostrarse indócil podía costarte la vida. Pero, aunque el 24 de marzo había quedado lejos, yo todavía no lo sabía. Tal vez por eso, porque suponía que lo que estaba en juego, en el peor de los casos, era un puñado de amonestaciones (una punición pedagógica), comencé a esbozar mis modestas disidencias con esa racionalidad carcelaria. Quizá fueron las lecturas clandestinas, quizá la mera dinámica hormonal, lo cierto es que sentía la asfixia del oscurantismo. Y la impotencia. Y así se construyó mi recuerdo. 

No son los indicadores del desastre económico –esa receta funesta que también se reflota periódicamente con idéntico discurso– lo que recrea mi memoria. Sino esa tierra yerma que acabo de repasar. La negación cotidiana del despertar que implica la adolescencia. El diseño cultural hecho de prohibiciones, prejuicios y temores. De parálisis. El modelo de destrucción juvenil al que nos sometían con el discurso de las buenas costumbres. Nos arrebataban a diario el mundo, que a esa edad está lleno de sugerencias estimulantes. Recordar esa atapa en blanco y negro, ese documental triste que archivó el cerebro –y cuyo afiche podría ser la foto de la primera junta militar gritando un gol del Mundial– agita algo parecido a la culpa. Perdón por la inflexión cristiana, pero no encuentro otra palabra, por lo íntima, tan explícita. Me faltaba experiencia, de acuerdo. Y la política –la discusión pública– había sido arrasada. No obstante, creo me despabilé tarde. 

Eso sí, por lo menos no fingí demencia cuando la información de lo que ocurría en las catacumbas dejó de ser un rumor avieso de guerrilleros en el exilio, como planteaba la fábula militar, y salió a la superficie. Así me enteré de que la kiosquera tenía un hermano desaparecido y que se resistía a revelar el tema por precaución. Todavía había quienes lo juzgaban oprobioso y estigmatizaban a las víctimas y sus familias. Si se lo habían llevado, razonaban los vecinos, era por algo. Ese chiché perverso tenía para muchos el rango de certeza. Esos muchos eran los que no querían saber. No porque preferían, como diría el italiano Bifo Berardi, “desertar de la historia” por razones éticas. Sino porque elegían el relato oficial. Decía: yo no llegué a tanto. Señalo esto, que conste en actas, sin ningún orgullo. Solo para fechar grosso modo cuando me empecé a enterar de en qué país vivía. 

¿Qué fue lo que inauguró –o consolidó– el 24 de marzo de 1976? ¿Qué nos hizo la dictadura? ¿Qué es lo que pervive y de qué manera? Hasta hace un par de años, estas preguntas podían resultar anacrónicas, inmotivadas. Hoy me parecen materia obligada de reflexión (que no de enojo, en lo posible). Fueron décadas de repetir el juramento “Nunca más”, de sostener la prioridad de la memoria, la verdad y la justicia, y de salir a la cancha cada 24 de marzo como una necesidad democrática. Sin embargo, asistimos a un gobierno nacional que reivindica las prácticas represivas de la dictadura, replica su modelo de concentración de la riqueza y baraja la ilusión indultar a los genocidas condenados por sus crímenes. Un gobierno que, hace nada, fue ratificado mayoritariamente en las urnas. 

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