MUSICA
Por Mariano del Mazo | Imágenes: Archivo
Hace cincuenta años, mientras la Argentina ingresaba en el período más siniestro de su historia, se configuró una notable paradoja. En los pliegues de la muerte y del disciplinamiento social, 1976 constituyó el punto de partida de tres experiencias contraculturales que, entrecruzadas, modificaron de raíz las formas de hacer música y periodismo gráfico en el país: M.I.A. (Músicos Independientes Asociados), Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y Expreso Imaginario.
La Argentina era un país alambrado y asfixiado por una economía en caída libre. Las noticias del mundo llegaban como destellos remotos: la muerte de Mao y de Paul Getty; los Juegos Olímpicos de Montreal con la perfección imposible de Nadia Comaneci; el asesinato de Bonavena en Nevada. Guillermo Vilas todavía no podía con Björn Borg, el “tenista de hielo”. Boca le ganaba a River la final del Nacional con la avivada del Chapa Suñé. Peter Frampton hacía silbar a todos con “Nena, me gusta tu forma”. Rocky reventaba boleterías. Y el rock argentino crecía en otra paradoja: Invisible llenaba el Luna Park pero para los grandes medios era, precisamente, invisible. Un gueto con ambiciones de masividad; una masividad sin legitimación.
En una casa de Villa Adelina, en el pasaje de una galería platense y en un departamento del centro porteño, algunas de las mentes más inquietas de una generación tramaban planes simultáneos con intuiciones convergentes. Conspiraban contra “el sistema”, pero no desde la épica armada sino desde una ética de transformación cultural. Rubens “Donvi” Vitale, tras su paso por el trotskismo, había comenzado a imaginar que el arte podía ser una forma alternativa de militancia: enseñaba música con una concepción libre y empezaba a nuclear discípulos bajo la idea de independencia productiva y estética.
En La Plata, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota era un cruce improbable de hijos de familias acomodadas, lúmpenes curiosos, hippies, simpatizantes de la JP, lectores de orientalismo y de humanismo alla norteamericana. Tocaban en el sótano del Pasaje Rodrigo mientras el Indio Solari y Guillermo Beilinson realizaban cortos experimentales. El caos tenía que ver con el hedonismo y la búsqueda. No querían tomar el poder: querían dinamitar las formas y divertirse.
En Buenos Aires, Jorge Pistocchi imaginaba una revista que profundizara los tanteos de Mordisco: Expreso Imaginario sería una plataforma donde el rock dialogó con la ecología, la poesía, la ciencia, la historieta, el pensamiento alternativo. No una revista de música, sino un mapa cultural. Una escuela de todas las cosas, con las jóvenes plumas de Alfredo Rosso y Claudio Kleiman y el diseño gráfico y las ilustraciones de Horacio Fontova. El correo de lectores fue una precuela de las redes sociales y muchas notas se anticiparon a los tutoriales de YouTube.
El tiempo volvió míticas a las tres experiencias. La pregunta es inevitable: ¿cómo pudieron desarrollarse —con sus inequívocas banderas de libertad— en el corazón del terror estatal? Hubo matices en la relación de cada una con la represión, pero en esencia ofrecieron una tercera posición por fuera del binarismo que tensaba la época. Ni la brutalidad estatal-militar ni la mística guerrillera. “Nosotros no queríamos tomar el poder. Queríamos cambiar la forma de vivir”, diría el Indio Solari. Pipo Lernoud recuerda con nitidez las acusaciones de “imperialistas” por parte de amigos de izquierda “simplemente porque nos gustaba el rock and roll y algunos poetas yanquis”. Javier Martínez evocó alguna vez cómo en el Bar La Paz de la calle Corrientes militantes del ERP y Montoneros los instigaban a sumarse a la lucha armada: “Nos decían que largáramos la guitarrista, que agarráramos el fusil. Nos decían putitos. Nosotros no queríamos matar a nadie”.
En plan de aniquilamiento del régimen no los consideró prioritarios. O no los entendió. Mientras perseguía obreros y estudiantes, el rock funcionó —con excepciones dolorosas— como una zona gris habitada por lunáticos, estrafalarios. Andrés Calamaro, hijo de una familia progre y hermana de Hebe Rosell, militante y cantante de Huerque Mapu, fue tajante: “A mí el rock me salvó la vida”. En el libro “El linyera establecido”, Donvi Vitale lo razonó sin ambages: “A los militares no les interesaba el rock; lo veían como una extravagancia inofensiva”. El Expreso se vendía en kioscos; M.I.A. notificaba sus conciertos por correo. No eran clandestinos: eran laterales.
En La Plata, sí, la conciencia del riesgo era más aguda. Ciudad universitaria, laboratorio de militancias y represiones, varios de los primeros Redonditos fueron torturados. Poli vivió en una pensión apodada “La Trotskera”; la familia Beilinson atravesó secuestros y extorsiones. A diferencia de los rockeros porteños, en La Plata nadie estaba realmente a salvo. La violencia era atmósfera pesada y la escala más manejable de la ciudad, sumado a su impronta universitaria, volvió a La Plata una trampa muchas veces mortal. Pero los Redonditos supieron moverse en zigzag, aparecer y ocultarse de acuerdo a datos e intuiciones. Estaban muy atentos a todo, a la política doméstica y los grandes movimientos internacionales.
La cultura joven adquiría una densidad inédita. Todavía no había sido completamente absorbida por el mercado global. La ciudad de San Francisco como corazón de flower power operaba desde el pasado reciente como faro imaginario: confluían allí política, estética y espiritualidad. En Buenos Aires, la revista Eco Contemporáneo de Miguel Grinberg había sembrado semillas: orientalismo, autoabastecimiento, Gurdjieff, Krishnamurti, situacionismo, rock, poesía. Todo llegaba con delay, pero llegaba. Cuando Lennon dijo que el sueño había terminado, en 1970, aquí germinaba. Y cómo.
Entre Donvi y Pistocchi se tejió una alianza afectiva e ideológica. Expreso Imaginario puso a M.I.A. en tapa y cubrió los legendarios “Lozanazos” platenses de los Redonditos. Esther Soto transmitía saberes de autogestión a la Negra Poli. Cuando Pistocchi intentó relanzar Pan Caliente con un festival en la cancha de Excursionistas, reunió a M.I.A. y a los Redonditos -entre muchísimas y variopintas bandas- para sostenerlo. Pocos años después, los Redondos grabaron su disco debut Gulp! en el estudio familiar de Villa Adelina, con asistencia de un imberbe Lito Vitale. La cosa era a pulmón, ensayo y error, todo por dos pesos. La autogestión no era un eslogan: era una práctica.
Con el tiempo, la familia Vitale continuó editando discos y libros; los Redonditos se transformaron en el fenómeno más extraordinario de la cultura popular argentina; Expreso Imaginario dejó de salir al borde de la recuperación democrática.
Tejieron el revés de la trama del aciago 1976. Fueron flores en el pantano. No negaron la oscuridad: crecieron a pesar de ella. A su manera, mostraron que ciertas salidas no pasan por la toma del Palacio de Invierno ni por la obediencia debida; que existe una política de la forma, del lenguaje, de la producción. Inventaron un idioma propio, en una mezcla de poesía, comunidad y autosuficiencia.
En el año más oscuro, tres núcleos encendieron una luz lateral. No alumbraba el poder: alumbraba la posibilidad.

