SERGIO LANGER
Por Conrado Geiger | Imágenes: Sergio Langer
Conozco a Sergio Langer hace tres décadas. Siempre empatizamos con nuestro sentido del humor. Los dos arquitectos, los dos humoristas. A él le gustaba presentarme como “su amigo nazi”, parafraseando lo del “amigo judío” e interpretando con malicia mi ascendencia alemana. Fui a visitarlo a su estudio-taller-vivienda en La Paternal. Un edificio viejo remodelado, con varios talleres y un hermoso bar en la Planta Baja. Me abrió la puerta y subimos los dos pisos por escalera. Un espacio amplio integrado a la cocina de doble altura con un entrepiso. Un gran monoambiente con una mesa –donde comimos– y una mesa tablero, mucha biblioteca, muchos libros apilados y muchos cuadritos con dibujos de él, afiches, pequeñas esculturas, un atril con un reconocible dibujo de él, trazado a pincel de una rolliza dama con los senos al aire. Mientras comíamos una rica picada que preparó para agasajarme (chipá calentito, berenjenas con ajo, limón y oliva, medialunas y otras delicias que no puedo recordar ahora) desarrollamos esta charla que, si bien tenía como punto de partida el humor político, discurrió también por el humor gráfico, los límites del humor, la sátira, Charlie Hebdo, la censura y la persecución.
–¿Cuándo te diste cuenta de que eras humorista?
–¿De dónde sacaste que soy humorista? (risas). Yo me considero dibujante. Me encanta dibujar, amo dibujar. Lo que pasa es que me interesa mucho la política y me gusta ver los procesos, la historia, básicamente la política. Entonces, me asomé al humor gráfico… De niño, leía Anteojito, la historieta, el dibujo, la gráfica. Eso siempre me gustó. Y después, cuando era más adolescente, la Satiricón, todo el humor satírico, eso me gustaba. Entonces dije, bueno, ¿será por acá? Adquirí esa habilidad mirando a los que ya hacían humor. Es un género. Quino, Caloi, Fontanarrosa, Grondona White. Peiró, de Córdoba; Crumb, de Estados Unidos. Entonces fui mirando hasta que adquirí la habilidad de dibujar y hacer humor con el dibujo. Es un género que tiene una identidad y que se transitó en muchos lugares del mundo y que tiene que ver con los últimos 150 o 200 años de historia. Con los medios gráficos, con los grandes diarios en Estados Unidos. En todo el mundo se incorporaron la viñeta de humor, la tira diaria, qué sé yo. Entonces ahí me metí. ¿Cuándo me di cuenta? No sé. ¡Ahora me estoy dando cuenta! Dentro de ese género, me considero un artista. Me llevó mucho tiempo darme cuenta de eso. Porque es como que hacer humor gráfico es algo menor. Es uno de los karmas que tiene el humor, sobre le cual me parece interesante reflexionar y debatir.
–¿Cuáles fueron tus primeras publicaciones?
–En la revista Humor y la revista Rico Tipo, que dirigía en su momento Ferro y me publicó mis primeros dibujos. Como acaté el mandato de ser universitario, estudié arquitectura. Pero paralelamente, en el 79, empecé a publicar en la revista Humor. Y yo estaba feliz. Publicar en Humor era como... “¿Viste, mamá donde publiqué?” Pasaron 40 años y seguí laburando. Y en ese tiempo, había dibujantes que empezaban, publicaban y desaparecían del mapa. Porque hay que sostenerlo. Yo me seguía expandiendo. Como me gusta mucho la política y la política internacional, hacía humor de política internacional. Y acá, en Argentina, a nadie le interesaba, entonces publicaba afuera. Me acuerdo mi laburo en el diario Sur. Fue una experiencia estar en una redacción, en un diario, en el centro de Buenos Aires, ir todos los días. Que venga un tipo y te diga: “Necesito un dibujo sobre esto”. Y yo iba y lo hacía. Era genial. Ahí yo ya estaba claramente posicionado como un dibujante de humor político. Y después terminé haciendo humor negro con la política. Terminé laburando 19 años en la revista Barcelona. Ahora se me ocurre el chiste y me da fiaca dibujar porque además no hay donde publicarlo. Sí, los puedo publicar en las redes, pero meterme en una plataforma y que me den un cafecito me da vergüenza.
–¿Hay límites del humor?
–El humor negro a mí me fascina. Y no es algo que inventé yo, lo inventaron los romanos, los griegos, el teatro griego, la sátira… Y hoy, si querés hacer humor negro, te dicen: “No, no podés hacer humor con cosas dolorosas” ¡Sí podés! No hay límites para el humor. Hoy la sandía refleja la causa de un pueblo, que son los palestinos. Entonces, qué sé yo, si hago una paloma de la paz morfándose a tarascones una sandía, ya puedo graficar, no me afanen esta idea ¿eh? (risas), puedo graficar un plan de paz que nació totalmente apañado por el imperio, que es el alto al fuego, ¿el alto al fuego para qué? Como que el humor gráfico tiene muchas herramientas para sintetizar lo que está pasando, por ejemplo, el genocidio que está perpetrando Israel en Palestina. Yo tengo infinidad de chistes hechos con eso. Hice un libro que se llama Judíos. Vengo de una familia judía, muy judía, no religiosa. Mi vieja sobrevivió a un campo de concentración en Rumania, tengo todo un mundo, una historia con eso. Y cuando entregué Judíos, Israel estaba bombardeando la Franja Gaza por, no sé, décima vez, con centenares de víctimas. Y entonces me dijeron: “No, vamos a parar, porque es muy delicado el tema”. Era el 2015, 2014 ¡Pero, justamente, es el momento! Pero la editorial Planeta –fue la primera vez que publiqué en las Altas Ligas– no quería meterse en quilombos. Dijeron: “Vamos a esperar que se aclare un poco…” Y a los meses ametrallaron a los doce periodistas dibujantes de la revista Charlie Hebdo. Y se suicidó Nisman. Conclusión: hice veinte páginas más para el libro. Me vino bárbaro. No es que yo quiero que esté todo mal, pero si estuviera todo bien haría humor sobre las mariposas y las golondrinas. Fue a partir del asesinato de la Charlie Hebdo que se instaló: “No podés andar jodiendo a los musulmanes. ¡Mirá la reacción!” “No podés joder con Jesucristo porque mucha gente es devota…” ¿Le piden a un humorista que se ponga límites? ¡Pediles a los que fabrican misiles que se pongan un límite! Acá yo vivía en una especie de Disneylandia, haciendo humor con los musulmanes, con los judíos. Siempre estuve en el límite, en el borde, en Francia habría estado en la revista Charlie Hebdo y me hubieran matado.
–Está la frase que dice que “la tragedia más tiempo…
–… es igual a comedia”. Y pienso en la conveniencia o no de hacer humor con determinados temas. Porque en Auschwitz seguramente había humor entre las víctimas. Algunos chistes seguramente surgían en una máquina de muerte. Te dicen: “Ah, bueno, pero ya pasaron 80 años, podés hacer humor, pero con los desaparecidos no.” Depende de lo que hagas, depende de lo que digas. A mí lo que me hermana con una persona es el humor, el sentido del humor y lo negro que sea el humor. Hoy, en este momento de la historia de la humanidad, está complicado. Los diarios dejaron de tener humoristas, porque el humorista del diario no puede desconocer determinados temas. Los están sacando, porque se ahorra en quilombo. Todo es un discurso más lavado. Y el humor no se lleva bien con la banalidad, con lo superficial, con lo literal. Tengo algunos chistes que yo mismo digo: “Uy, me pasé…” Pero bueno, siempre trabajé con el límite. El mejor piropo es que me digan: “¡Qué hijo de puta!” Y que te rías, por supuesto. Cuando confirmé que la gente se reía, dije: “Ese es el punto. Lo más importante es que se ría.” Yo ahora empecé a dibujar en tamaño grande. Siempre dibujé en A4, en hojas de resma, en la mitad. A veces de un lado y del otro. Y de pronto dije, bueno, pero si yo quiero dibujar, ahora tengo tiempo. Entonces me puse a experimentar en grande. Y a hacer cerámica. Pero no me puse a hacer vasijas, sino tanques de guerra (risas). Y digo “¡Qué demente!” Es lo que yo hacía cuando era chiquito, jugaba a los soldados, porque la guerra me marcó. Yo quiero ser un nene otra vez. Mejor dicho: no quiero dejar de ser nene. Esto y más cerca de los setenta y no lo puedo creer. Picasso decía que volver a dibujar como un niño era lo más.
–Claro, Sergio, hay algo que siempre cuento: el idioma castellano es muy rico y esto en algunas cosas resta. Porque tenemos palabras muy específicas para cada cosa. En inglés o en alemán, jugar, actuar o tocar un instrumento es lo mismo: spielen o to play, ¿no? Ahí hay una gran verdad escondida: cuando hacés música, actuás o, en este caso, cuando dibujás ¡estás jugando! Y eso es lo que se asocia con la niñez. Porque también es una maldita imposición eso de que “jugar es cosa de chicos”. Me parece importante rescatar el juego como modo de vida, como sentido. Y el juego por el juego mismo, porque también juego en castellano tiene otro sentido, que es jugar por algo, ¿no?
–El jugador.
–Y no es eso, el juego no tiene otro objetivo que el divertimento, claro.
–El goce.
–Sí, el goce.
–Y además retrasar, Conrado. Porque el humor negro es porque estamos todo el tiempo pensando, yo por lo menos, me nos vamos a morir y es algo insoportable. El humor negro te rescata de eso, te pone en juego eso, la crueldad. Esa es la habilidad que adquirí en esto de hacer humor gráfico. No sé si hubiera sido músico qué música haría…
–¡Harías música negra! ¡Harías gospel! (Risas).
–Lo que caracteriza lo que yo hago es que también se nota que me gusta dibujar. A mí me gustan los que dibujan mal. Me gusta el tipo que no sabe dibujar e igual dibuja. En el humor gráfico está permitido eso. Si tenés algo gracioso para contar, haceme una cabeza con tres palitos. Si es gracioso, te cagás de risa. Es muy probable que un dibujante como Nine, que era un virtuoso, no pudiera hacer humor con ese dibujo. Y que uno, sin ser tan virtuoso, pueda con tres trazos hacer reír. A mí me fascina eso. No tengo la fórmula, no sé, no se aprende. O se aprende mirando.
–Participás en una muestra sobre Gaza.
–En realidad, armamos una muestra como un gesto político de emergencia. A la luz de lo que el Estado de Israel está haciendo en Gaza, para mí y para mucha gente es importante. Yo hice la tapa de dos libros para una editorial cooperativa que se llama Tinta Limón. Me ofrecieron hacer una muestra con los dibujos... Entonces a mí me pareció mucho más interesante hacer una muestra con varios dibujantes. Fui llamando amigos y colegas. Y se juntaron como 30. Y están Maitena, Marcia Schwartz, Roberto Jacoby... Un par de amigos brasileños. Es una especie de mamarracho porque no hay una curaduría: hay originales, hay fotocopias. Me mandaron dibujos de Brasil, los imprimí…Hay cuadros grandes originales. Es sumar con este deseo de que pare eso. Se hizo en la Casona de Flores, que es un espacio comunitario en el barrio de Flores, y ahora está en el Museo de Arte y la Memoria de la Plata. Y sumé más artistas, mucha gente. Es un pequeño granito de arena. Está junto con una muestra de fileteadores por Palestina. En realidad, ellos iban a tener las dos salas, y cuando surgió esto, resignaron una. Yo entiendo que no vamos a mover siquiera la aguja de lo que sigue sucediendo. Pero el arte siempre fue una catarsis, el humor también, y bueno, es para generar espacios y seguir difundiendo, no sé, la voz antifascista, por lo menos, porque esto es un síndrome global. Una vuelta del fascismo desde otro lugar. No sé cómo frenar este proceso, pero por lo menos quiero decir que estoy en contra. Y yo, que soy judío, que no lo hagan en mi nombre. Así que, bueno, veremos qué pasa con esto.

