Golpes de Estado y la economía
Por Pacho O'Donnell | Imágenes: Archivo
La economía durante los golpes de Estado en Argentina fue cambiando según la época, pero hay algo en común: cada régimen militar intentó aplicar un modelo distinto al de los gobiernos que derrocaba. En muchos casos, los golpes estuvieron vinculados a conflictos sociales y a disputas sobre qué tipo de economía debía tener el país.
Después del golpe de 1930, encabezado por José Félix Uriburu contra Hipólito Yrigoyen, Argentina enfrentaba la Gran Depresión. Hasta ese momento, la economía dependía mucho de la exportación de productos agrícolas y ganaderos, sobre todo carne y granos. La crisis mundial redujo el comercio internacional, lo que obligó al país a cambiar su estrategia. Durante la década de 1930 se desarrolló un modelo más intervencionista y proteccionista: el Estado comenzó a apoyar la industria local para sustituir importaciones. También se hicieron acuerdos comerciales con el Reino Unido para sostener las exportaciones. El tristemente célebre Pacto Roca-Runciman. La economía logró recuperarse, pero con desigualdad social y prácticas políticas poco transparentes, como el fraude y la violencia.
El golpe de 1943 se dio en un contexto de crecimiento industrial por la Segunda Guerra Mundial. En ese período, la economía se orientó hacia el mercado interno. Con la llegada al poder de Juan Domingo Perón en 1946, se profundizó un modelo de industrialización, aumento de salarios y expansión del consumo. El Estado nacionalizó sectores estratégicos, como ferrocarriles, energía y empresas de servicios. Se fortalecieron los sindicatos y se ampliaron derechos laborales. Esto generó mejoras sociales importantes y crecimiento económico durante varios años. La economía se volvió más cerrada al comercio exterior.
Tras el golpe de 1955, los gobiernos militares y civiles intentaron reducir la intervención estatal, controlar la inflación y atraer inversiones extranjeras. Se buscó abrir la economía y modernizar la industria. Sin embargo, la inestabilidad política, la proscripción del peronismo y los conflictos sociales dificultaron el crecimiento sostenido. En los años siguientes hubo ciclos de expansión y crisis, con inflación persistente. Este período reflejó una disputa entre dos modelos: uno más industrial y orientado al mercado interno y otro más liberal y abierto al comercio internacional.
El golpe de 1966 encabezado por Juan Carlos Onganía buscó aplicar un modelo tecnocrático. Se intentó estabilizar la economía, controlar salarios y promover la eficiencia productiva. En los primeros años hubo cierta estabilidad, pero el crecimiento no fue equitativo y aumentó la desigualdad. El ministro de Economía Adalbert Krieger Vasena aplicó medidas como el congelamiento salarial, la devaluación y cambios laborales que redujeron el poder adquisitivo de los trabajadores. Al mismo tiempo, el gobierno reprimió sindicatos, intervino universidades y limitó la actividad política.
En este contexto de malestar social y caída de ingresos se produjo el Cordobazo en 1969, una gran protesta en la ciudad de Córdoba protagonizada por obreros y estudiantes. La movilización comenzó como una huelga general, pero se transformó en una rebelión urbana que mostró el rechazo al modelo económico y político del régimen. El Cordobazo tuvo un fuerte impacto porque demostró que no era posible sostener la estabilidad económica sin consenso social. También debilitó al gobierno militar y marcó el inicio de una etapa de mayor conflictividad laboral y política en todo el país.
A fines de los años 60 y comienzos de los 70, la economía volvió a mostrar inflación, protestas y caída de la inversión. La radicalización política y los conflictos sociales crecieron, lo que generó un clima de inestabilidad que facilitó el golpe de 1976.
El golpe de 1976 fue el más profundo y traumático en términos económicos, políticos y sociales. La dictadura encabezada por Jorge Rafael Videla, junto con otros comandantes, instauró un régimen basado en el terrorismo de Estado. No solo se trató de un cambio de modelo económico, sino de una transformación forzada de la sociedad mediante el miedo. Miles de personas fueron secuestradas en sus casas, en sus lugares de trabajo o en la calle, muchas de ellas durante la noche, sin orden judicial ni información para sus familias. Fueron llevadas a centros clandestinos de detención, donde sufrieron torturas, desapariciones y asesinatos.
Las principales víctimas fueron trabajadores, sindicalistas, estudiantes, militantes políticos y sociales. Entre ellos había muchos peronistas, especialmente de sectores sindicales y de base, que habían tenido un papel central en la organización social y laboral desde la década de 1940. También fueron perseguidos militantes de izquierda, activistas de derechos humanos, periodistas, profesionales y personas que simplemente eran consideradas opositoras o “peligrosas”. El objetivo del régimen no fue solo eliminar a grupos armados, sino también desarticular cualquier forma de organización popular y debilitar el poder de los sindicatos y de los movimientos sociales.
Desde el punto de vista económico, la dictadura aplicó un programa liberal impulsado por el ministro José Alfredo Martínez de Hoz. Se redujeron aranceles, se promovió la apertura comercial y financiera, y se desreguló el sistema bancario. Esto cambió la estructura productiva del país: muchas industrias no pudieron competir con productos importados y cerraron, mientras creció el sector financiero. La deuda externa aumentó de manera acelerada, lo que condicionó la economía durante décadas. Hubo caída del salario real, aumento de la desigualdad y concentración de la riqueza.
La represión y el miedo facilitaron estas transformaciones, porque la resistencia social fue aplastada. El terror funcionó como un instrumento para imponer cambios económicos que habrían generado fuertes conflictos en un contexto democrático. Con el tiempo, la crisis financiera de 1981, la militancia, la recesión, la inflación y la derrota en la Guerra de Malvinas debilitaron al régimen.
Cuando volvió la democracia en 1983, con Raúl Alfonsín, Argentina enfrentaba inflación alta, deuda, recesión y desequilibrios estructurales heredados de décadas de inestabilidad. Desde entonces, los gobiernos democráticos han intentado combinar crecimiento, estabilidad e inclusión social, pero los problemas de inflación, deuda y crisis cíclicas siguen siendo desafíos centrales.
En conjunto, la historia económica de los golpes de Estado en Argentina muestra una disputa constante entre modelos: uno más orientado al mercado interno, la industria y el rol del Estado, y otro más abierto al comercio internacional y al sector financiero. La experiencia también dejó una enseñanza importante: la estabilidad económica suele depender de acuerdos políticos amplios y de instituciones democráticas sólidas.

