Antonio Dal Masetto

Italiano de nacimiento, bohemio empedernido, Dal Masetto fue uno de los narradores más brillantes de la literatura argentina. Tiene títulos insoslayables como “Oscuramente fuerte es la vida”, “Gente del Bajo” y “La tierra incomparable". Este perfil mezcla el rigor del dato y la carga afectiva.

Por Hernán Carbonel | Imágenes: Archivo

“El primer hombre de a caballo que vi en mi vida fue desde la ventanilla del tren que cruzaba los campos rumbo a Salto, el pueblo dónde nos instalaríamos. Un hombre de a caballo era una imagen que evocaba aventura. Una pequeña promesa. La llanura me atraía, no sabía por qué, pero supongo que comencé a percibir que iba dejando su marca en mí”.

Las geografías siempre fueron un componente determinante en la narrativa de Antonio Dal Masetto. A la pampa llegaba en ese tren, al campo argentino, con el horizonte allá al fondo. De Los Alpes venía, de las alturas. Es que el Tano −como así todos lo llamaban− había nacido en Intra, norte de Italia, a orillas del lago Maggiore, en 1938, y arribó a estas tierras en 1950.

La casa donde había nacido tenía un nogal. La casa del nogal, así encabezó el manuscrito que terminó ganando el Premio Planeta en el ’94 y publicándose bajó el título de La tierra incomparable. Había crecido entre bosques, ríos y el lago, trepando laderas, juntando frutos. Pero esa visión idílica también confrontaba con los recuerdos de la Segunda Guerra: los partisanos que por las noches bajaban y se tiroteaban con los fascistas, hombres y más hombres de fusil al hombro. 

Ese componente genético-geográfico está en un bellísimo texto que se llama “Alturas” y fue publicado como contratapa de Página 12. Ahí habla de su abuelo, Toni Furbo, hombre de montaña (“llegué a pensar que la montaña y él eran una misma cosa”), parte del linaje de los trepadores, los nostálgicos de lo alto. El Tano contaba que, durante su primer viaje al sur, vio a lo lejos las sierras por la ventanilla del tren y comenzó a correr por los pasillos al grito de “¡montañas, montañas!”. Se quedó cuatro, cinco años en Bariloche. Ahí nació su primera novela, Siete de oro. Siete de oro, y esa frase lapidaria con que comienza: “Había dicho no a tantas cosas que ahora me resultaba demasiado fácil decir que sí a todo”.

La infancia entre bicicleta y biblioteca

Una vez llegado al pueblo, le dieron una bicicleta y se puso a repartir para la carnicería de su tío, ubicada en una esquina de la misma calle que lleva al río. Ese fue su primer trabajo. Está en el cuento “El padre”, de El padre y otras historias: “los regresos a casa, al terminar nuestra jornada de trabajo (...) él en bicicleta y yo trotando”, donde “la memoria rescata una única carrera que las resume a todas”. Pero no sabía una sola palabra de castellano, tenía que ingeniárselas para hacerse entender y esquivar las burlas de los pibes de su edad. Porque, como alguna vez le dijo a su amigo Saccomanno, todo lugar al que uno llega es un territorio a conquistar.

Dos actividades le ayudaron a asimilarse al nuevo orden social y aprender el idioma: el fútbol y la literatura. Jugar en el Club Compañía y sacar libros de la biblioteca del pueblo. La misma biblioteca que hoy lo recuerda, por ejemplo, con una placa. Entre esos libros que elegía al azar, se topó con el de un escritor alemán −Antonio nunca recordaba el nombre, o quizás lo recordaba, pero en silencio, como una forma de la intimidad, inconfesable− que narraba una historia iniciática donde al personaje le sucedía lo mismo que a él. Claro: si hay un otro en el mundo al que le sucede lo mismo que a nosotros, es que no estamos tan solos en el mundo. Los libros servirían, entonces, para romper el acristalado muro de la soledad.

Caja de zapatos

Un joven de diecisiete años se acerca a Antonio en el bar del pueblo. El bar se llama La zapatería, porque eso es lo que era antes de convertirse en bar. Los bares. Esos lugares tan del Tano, de Gente del bajo, de las contratapas de Página 12, de la bohemia porteña: Briante, Saccomanno, Grinberg, Di Paola, los compañeros de Eco Contemporáneo, Soriano y sus llamadas telefónicas en medio de la madrugada. El joven, atrevido, irreverente, le pregunta cómo se construye un escritor, cómo se hace para escribir una novela. A la pasada, casi sin detener el paso, para no perderse de las personas que lo acompañan, Antonio le responde: juntar ideas y un día, sin querer, se tiene una historia. Es extraño que esa anécdota tenga que ver con una caja de zapatos. 

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“Durante mucho tiempo fui tomando apuntes para una idea de una novela”, me contó en una de las tantas entrevistas que le hice. “Un par de líneas anotadas en una servilleta de papel en un bar, en hojas sueltas de libreta, un breve diálogo a máquina, una frase en el borde de la hoja de un periódico. Todos esos papelitos iban a parar a un gran cajón que había en mi departamento. Con los meses el cajón se fue llenando. Un día volqué el contenido sobre una mesa y era una montaña. La miré descorazonado y me pregunté si valía la pena intentar ordenar ese material o lo mejor era tirar todo a la basura. Opté por lo primero. Me dije: Por lo pronto, sin duda algunas, una novela se puede dividir en tres partes: comienzo, parte central y parte final, empecemos por ahí. Fui sacando papel por papel y con cada uno resolví si esa anotación podía ir en la primera, segunda o tercera parte. Así que la montaña quedó divida en tres. Todo eso fue a parar a cajas de zapatos que guardé en un armario. Un día saqué lo que correspondía al supuesto comienzo y me hice el mismo razonamiento: Todo comienzo puede dividirse en tres partes: comienzo de comienzo, mitad de comienzo, final de comienzo. Nueva subdivisión. Y así seguí. La cosa terminó con docenas y docenas de pequeños paquetitos marcados con números e inscripciones y por supuesto las cajas de zapatos. Finalmente, un día me animé, lo fui abriendo uno por uno y traté de pasar a máquina lo que había ahí adentro y esbozar capítulos. Todavía no tenía computadora. Fue una tarea ardua. En fin, son múltiples y complejos los caminos para escribir una novela. Sin duda éste es uno de los menos recomendables”.

La partida

A los diecisiete, Antonio armó un bolso a escondidas de su padre y partió a Buenos Aires en el tren de la madrugada. No le dijo que se iba. Simplemente se fue. Él ya estaba hecho de partidas, de viajes y derivas, de cuentas pendientes. Esa sensación de mutua deuda con el mundo está en muchas de sus novelas: en La culpa, en la trilogía de Bosque (Siempre es difícil volver a casa, Bosque, Sacrificios en días santos), pero, sobre todo, en la Trilogía de la inmigración (Oscuramente fuerte es la vida, La tierra incomparable, Cita en el lago Maggiore). 

En la gran ciudad se hizo a sí mismo en eso por lo que lo conocemos: escritor. Está en Fuego a discreción, una novela en la que se transpira ante el calor porteño y subyace la opresión de la dictadura. La vida porteña: ahí Antonio fue pintor de paredes, vendedor callejero, fabricante de lavandina; diversos oficios terrestres. Entre tantas otras, está esta anécdota: en una de las tantas pensiones en que vivió, se peleaba con su compañero ocasional de cuarto para ver dónde ponían las camas para no dormir debajo de las goteras. 

Ahí, en la gran ciudad, se enamoró (“no podía escribir cuando estaba enamorado”). Ahí nacieron sus dos hijos, Marcos y Daniela. Ahí vivió -viaje más, viaje menos- hasta sus últimos días.

El garaje: primera parte

Un día Antonio llamó a su madre y le preguntó cómo había sido su infancia, aquel pequeño mundo antes de la Primera Guerra Mundial. Ella tenía muy buena memoria. Otro día, regresó al pueblo y pidió le contara como era el lugar donde él había crecido. Fueron al garaje de la casa de su hermana, Margarita, y sobre una mesa armaron una maqueta que reproducía el pueblo a escala. Así nacieron Oscuramente fuerte es la vida y La tierra incomparable. El pueblo, en la ficción, pasó a llamarse Trani, un anagrama de Intra.

Quizás sea por esa época cuando Antonio empezó a pensar en una frase que repetiría varias veces: no hay que volver a los lugares donde uno fue feliz. Él volvió a Intra para contarlo en la novela, pero desde la óptica de su madre, la migrante que regresa al lugar donde comenzó todo. Lo dijo en una entrevista televisiva: tardó años en animarse a escribir sobre eso que lo constituía: ser inmigrante. Ser extranjero en todas partes, escribiría algún día su amigo Saccomanno.

“Y un día el libro estuvo terminado y publicado, y le mandé un ejemplar”, me contó el Tano. “Y esperé una semana, diez días, y la llamé por teléfono y le pregunté si lo había leído y qué le había parecido. ‘Sí, sí, lo leí’. ‘Y qué te pareció’. Y lo único que me contestó fue: ‘está muy bien’. Para mí fue más que suficiente”. Ya anciana, a la mamá del Tano se la podía ver ahí, sentadita en un banco en la puerta de la casa de su hija, bastón en mano, viendo a la gente y al tiempo pasar, pensando quién sabe en qué cosas. A su nieta Andrea le decía “tesora”. Después de atravesar dos lenguas, había creado una nueva.

Siempre es difícil 

Salto fue un polvorín cuando, a principios de los ‘90, cayó una turba para la filmación de Siempre es difícil volver a casa. El pueblo entero se convirtió en un set de filmación. Miguel del Sel, Dady Brieva, Rubén Stella, Daniel Miglioranza, Soledad Silveyra, Rodolfo Ranni, Cristina Banegas, Atilio Veronelli, muchos más, dirigidos por Jorge Polaco. Al Tano no le gustó mucho que digamos el resultado de aquella película. (Tengo, acá, una carpeta de tapas rojas con el guión original, pasado a máquina y corregido a mano quién sabe por quién. Y, dentro de la novela, una hoja de su original cortada a la mitad, también escrita a máquina: “Se metieron, cerraron y trabaron”, empieza. Olvidé por completo cómo fue que me llegó esa página.)

La punta de la historia está en una nota que leyó Antonio en un diario de Río de Janeiro, a sus 20 años, en la primera de sus excursiones cariocas: le llamó la atención la forma en que se había dado el robo a un banco en un pueblo pequeño, cercano, casi como un grupo comando. Pasó tanto tiempo hasta que la escribió, que olvidó la anécdota original.

Nos unían con Antonio, también, los robos a bancos. Cuando publiqué mi primer libro -que de eso se trataba-, le pedí si podía escribir el prólogo. En una de esas tantas llamadas telefónicas, en las que era imposible no identificarlo por esa voz lenta, cavernosa, que parecía emitir desde una distancia insondable pero que se acercaba lentamente a través de un solapado afecto, me preguntó: “¿tenés lápiz y papel?”. Lo dictó clarito, perfecto, con una entonación que no necesitó, después de la transcripción a computadora de los apuntes a mano, la corrección de una mínima coma. Antonio parecía un tipo huraño, pero detrás de esa presunta hosquedad latían el cariño y el respeto.

El garaje: segunda parte

Poco tiempo después de que el Tano se fuera de viaje a su último renglón, su hermana Margarita me invitó a su casa, me hizo pasar al garaje -el mismo garaje donde se había montado una reproducción a escala de Intra- y me señaló una serie de cajas. Contenían libros que habían pertenecido al Tano y que ella misma había traído desde Buenos Aires. Me dijo que eligiera lo que quisiera. Me senté en el piso y comencé a revolver. Era como abrir el cofre de un tesoro oculto durante milenios.

En fin: un estante y medio de mi biblioteca proviene de aquellas cajas. Están todos juntos, para que no se desacostumbren al sentido de comunidad que había creado en estantes ajenos. Claro que me arrepiento de no haber elegido muchos más, pero ya es tarde. Otros terminaron en la misma biblioteca donde él había aprendido a leer en castellano. Y eso está muy bien.

El amigo

Hay un hermoso libro de Guillermo Saccomanno que se llama Antonio y que se publicó un par de años después de su muerte, en noviembre de 2015. Está escrito en segunda persona, ese recurso tan desafiante, dedicado a alguien que ya no lo leerá, y escrito “como si esta verdad fuese un desvarío”. Alguna vez Guillermo había dicho que Antonio escribía su biografía de manera alternada, aleatoria, dentro de su obra; que para reconstruir su vida a través de sus libros había que reordenar los tiempos en que fueron publicados.

Dice cosas maravillosas Saccomanno en Antonio: “Lo que no escribas vos no lo va a escribir nadie”; “la escritura no es inspiración, sino oficio”; “el tiempo se nos escapa y la memoria se empecina en traernos momentos del pasado”; “antes de sentarte a escribir acariciabas la computadora como domándola”. Es cierto: frente al monitor, Antonio había pegado un papelito que decía: “Justifica el día”. 

La última pelea

La última vez que vi a Antonio fue en un café frente al cementerio de la Recoleta. Un rato antes había pasado por su casa; toqué timbre y esperé que bajara. Anduvimos unas pocas cuadras: su salud venía en merma, se lo notaba lento, le costaba levantar los pies para subir el cordón de la vereda. Charlamos un buen rato, me recomendó Crónica de mi familia, de Vasco Pratolini, que Juan Forn reeditaría en la colección Rara Avis. Pura coherencia: un autor italiano, una historia familiar.

El Tano ya estaba dando la última pelea. La última pelea, así se llamó -pura coherencia- su última novela. Cada domingo por la noche le iba enviando un capítulo por mail a Guillermo Saccomanno -uno en Buenos Aires, el otro en Gesell- para que lo leyera y corrigiera. La terminó el 16 de octubre de 2015, diecisiete días antes de irse para siempre. La última pelea: esa novela que habla de un pueblo de provincia, de la niñez y la adolescencia, de un padre y una madre, de las dificultades de insertarse en una sociedad que nos ve como a un bicho raro, de los desafíos que plantea la crueldad del mundo. Esa que, hacia el final, dice: “Me parecía saber por primera vez en mi vida lo que tenía que hacer (...) simplemente iba hacia donde tenía que ir”.