Federico Jeanmaire

Bali, la última novela del escritor bonaerense Federico Jeanmaire, relata los recuerdos de una mujer pueblerina mientras cuida a su madre con Alzheimer. Un texto que viaja entre el dolor y la ternura a través de la vejez y de la enfermedad.

Por Marcia Moroni | Imágenes: Prensa

No somos eternos, Miguel Ángel. Ni los faraones ni nosotros. ¿Qué es eso de alargar inútilmente la vida? No lo entiendo. Sufrir para seguir sufriendo. Y estoy segura de que, independientemente de lo que nos ocurra cuando morimos, habría que animarse a vivir solo lo que el cuerpo está predispuesto a vivir. Nuestro cuerpo y, sobre todo, nuestra cabeza”. Esta es apenas una de las reflexiones que nos dejan pensando en Bali, el último libro de Federico Jeanmaire, editado por Entropía. Bali es una novela epistolar: correos electrónicos que envía una maestra setentona, jubilada y viuda, desde un pueblo bonaerense, a su hermano radicado en Barcelona. Una especie de soliloquio, porque él no responde los correos.

El texto arranca con la mujer relatando a su hermano la muerte de la madre y se convierte en un vaivén entre el pasado y el presente de la maestra.  Esa oscilación de tiempos servirá de excusa para contarnos cómo una hija cuidó a su madre con Alzheimer: sumar jubilación y pensión para vivir con dignidad; bañarla, alimentarla, darle medicamentos; una rutina teñida de olvidos, pérdidas de palabras y escondite de objetos. Una ficción catártica que habla de la vejez y de la enfermedad, de personas que no vuelven y otras que se van, pero también de espacios cotidianos para el disfrute y viajes imaginarios por geografías e historias que les hacen olvidar la parte amarga del día a día.

Federico Jeanmaire nació en Baradero, en 1957. Escribió más de veinte novelas. Sus textos no se parecen entre sí. “Algunos escritores se repiten tanto que parece que siempre estás leyendo el mismo libro, por eso busco el riesgo, la novedad”, declaró alguna vez. En Bali, la importancia del territorio bonaerense se refleja, como en tantos libros del autor, en el modo de hablar que aparece en cada uno de los mails: Jeanmaire tiene presente qué se dice y qué se calla en el lenguaje de un pueblo. 

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Un elemento recurrente en esta novela, en esos viajes que ocurren en la mente de las dos mujeres, es la enciclopedia Lo sé todo. Aquellos doce tomos de distintos colores que parecen haber marcado también a otros escritores contemporáneos de Jeanmaire, como lo demuestra el bahiense Luis Sagasti en su nuevo libro La realidad absoluta (Eterna Cadencia). 

 “Lo sé todo sigue estando en la casa de mi madre -dice Jeanmaire-. Es maravilloso, sobre todo si sos de un pueblo. Baradero en la década del sesenta tenía 18.000 habitantes y en cada volumen de la enciclopedia estaba el mundo. La enciclopedia te mezclaba en una página Historia de la humanidad, La vida del picaflor, Qué tiene una gota de agua, En qué consiste la dinamita. Pasabas dos páginas y cambiabas completamente de rumbo, no había algoritmo. Era una de las grandes inyecciones de las ganas de saber”. Y en referencia a Bali agrega “La novela es divertida porque, a partir de Lo sé todo, la maestra de setenta años hace viajar a su madre en la historia y la geografía. El texto te permite viajar a Senegal y a un encuentro entre David y Goliat en el desierto. Es un momento en el día en el cual ellas dos son felices”.

La madre del autor, como la madre de Bali, padecía de Alzheimer. Vivía mientras Jeanmaire escribía la novela y falleció unos días antes de que el escritor presentara Bali en la Feria del Libro de Buenos Aires 2026. “Es una ficción, no es la historia de la enfermedad de mi madre ni mi cuidado de ella. En un principio intenté escribir eso y no podía porque me deprimía, entonces inventé otra historia para alejarla de la mía. Una señora de setenta años que cuida a su madre, una novela que trabajara con algún tipo de luz una enfermedad que es realmente fea para quienes cuidan y quienes la padecen”.

Bali nos obliga a pensar en la muerte, pero mucho más en la vida. “La manera en que vivimos es una ficción, por lo general hay un grupo de personas que nos marca cómo debemos vivir, cómo soportar la vida, qué hacer. Es una gran ficción muy inverosímil. Pero para todo el mundo es verosímil porque la acepta, sigue sus reglas. En ese contexto, el Alzheimer no deja de ser otra variación en cada ser humano para vivir: inventarse una realidad”, agrega Jeanmaire. “Hay que acostumbrarse a convivir con esa otra realidad que es el Alzheimer. No es una enfermedad nueva, lo nuevo es que vivimos muchos años más. Intenté contar lo que les pasa a los cuidadores, la cuidadora vive una realidad tan paralela o tan loca como la madre. La mía llegó a tomar catorce pastillas por día, como un mecanismo de sobrevivencia que no se condice con lo que nuestra cabeza o cuerpo están preparados para vivir. Prolongás un cierto tipo de vida que en algunos casos es maravilloso, pero en otros no”.

En Lo que resta de la vida, otro de sus libros, editado por Híbrida, Jeanmaire también escarba en la vejez y la muerte, a partir del recorrido por cementerios de Berlín, Buenos Aires y Baradero.  “Los cementerios son lugares que cuentan la vida. Cada sociedad crea sus cementerios a su imagen y semejanza. Por ejemplo, en los cementerios del norte de Europa la gente va a comer, a correr, a pasear con sus bebés; algunos cementerios tienen un bar. Los de México son una fiesta de colores, la gente les deja tequila y mezcal a los muertos. En el norte argentino también son muy coloridos. En el cementerio de la Recoleta los poderosos de la Argentina hicieron tumbas coquetas para decir que la muerte es lo mismo que la vida. En casi todos los pueblos de la provincia de Buenos Aires los cementerios están lejos de la ciudad. Baradero ahora tiene casi 40.000 habitantes, se extendió y el cementerio queda dentro del pueblo, pero cuando yo era chico ir al cementerio era un viaje, porque la sociedad elegía que la muerte estuviera lejos de la vida”. 

En Bali también se relatan visitas al cementerio del pueblo y largas conversaciones (¿monólogos?) de madre e hija. Todos hablamos con nuestros muertos, en la cama, en la ducha, en el transporte público, con las fotos, con los roperos, con las comidas, y Jeanmaire lo sabe. “Tengo la idea de que todos somos muy parecidos. Todos charlan con sus muertos cuando tienen un problema, cuando les surgió un inconveniente, cuando caminan por un lugar por el que habían caminado juntos. Quise escribir esa relación de un modo hiperbólico de la cuidadora y su madre muerta”.

En cuanto a la forma de sus textos, el escritor explica: “Me gusta la ambigüedad en la literatura. No me gustan las novelas en las que todos los lectores piensan lo mismo. Me gusta que en Bali el lector no sepa si ese hermano existe o no. Está pensada desde mi pueblo, quizá no en la actualidad, en el pueblo en el que viví hasta los diecisiete años. Tuve que ir mucho a Baradero por la enfermedad de mi madre. Mi madre no podía mandar un mensaje de whatsapp y hay mucha gente que a los setenta no sabe manejar la tecnología. Lo ves en los bancos: los jubilados tienen que ir a cobrar porque no pueden manejar una tarjeta de débito o el homebanking. Cuando apareció el mail uno escribía larguísimo y eso, con el tiempo, se convirtió en la nada misma. Hoy solo mandamos correos cuando es imprescindible porque no podemos hacerlo por otro medio. Y son cortos. No se usa en el sentido de lo epistolar. Me gustó pensar en una cosa anacrónica del mail como si fuera una carta física”.

Bali duele y divierte. Da una bofetada y consuela. Organiza la caja de los remedios y desparrama el mantel. Descubre Paris y el limonero del fondo. Tropieza con el cariño de un perro callejero y el olvido de un familiar. Te deja preguntas, pero no te aclara en qué enciclopedia buscar las respuestas.