Novedad
Por Victor Ego Ducrot | Imágenes: Prensa- Alejandra Zapata
El bar de Tlalpan lo habitan quienes recorrerán los universos de aquella infinita riqueza abandonada para recuperarla, para repararla después del dolor que lacera por la muerte de una camarada muy querida y siempre recordada.
Son ellos y ellas. Jóvenes parroquianos. En una vieja cantina mexicana a la vera del camino. Entre la capital y Cuernavaca. Ahicito nomás de donde estudian.
Allí, en entreveros de corazones latinoamericanos, entre jaranas, amores y eternos intercambios de sueños sobre un mundo de y para los justos; allí mismo tejieron una amistad para siempre, por la tozudez de ser uno mismo más allá del tiempo y las distancias, una amistad que hizo posible lo que Silvia Maldonado cuenta en su más reciente novela, El bar de Tlalpan (Ediciones Paradiso, 2026), que se presentará el jueves 17 de septiembre a las 19 en La Orquídea (Corrientes 4101, CABA).
Sobre su trama y alma, imposible contarlo mejor y con mayor agudeza que el texto de contratapa escrito por Sergio Olguín.
Por eso, de él tomamos algunos párrafos:
¿Quién fue Ana Filippi, nacida en Colombia y desgraciada en amores? ¿Qué fue de su vida y de su muerte? Viva y muerta, Ana Filippi no dejó de ser una andariega, una mujer militante y decidida (…). Son esos amigos los que van a reconstruir el destino de Ana y su portentoso viaje post mortem cruzando el continente. Novela coral de voces poderosas, que combinan lo íntimo y lo político, en una trama que avanza como piezas de rompecabezas: pequeñas partes que se entrelazan para darnos al final una imagen luminosa de personajes inolvidables (…). El bar de Tlalpan ofrece giros y descubrimientos prodigiosos. Hay un humor latente que aleja a los personajes de toda solemnidad. Hay también piedad, valientes gestos solidarios y la testarudez de los que no se rinden jamás (…). Una novela que se abraza con la mejor narrativa latinoamericana, esa que hace del lenguaje una fiesta. Cada frase, cada página de este libro es un despliegue de cruces verbales de todo el continente (…). Narrar es recordar. El bar de Tlalpan es una novela que ahonda en el recorrido trágico de una generación. Es un ejercicio sutil pero lacerante de memoria, de duelo y, por qué no, de justicia. O de venganza, que a veces se parece a la justicia.
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El título y las primeras líneas de esta nota evocan una obra maestra de Carson McCullers (1917-1967), El corazón es un cazador solitario, novela que nos habla de un anhelo casi desesperado de ser uno mismo.
También evocan al que quizás sea el poema más conocido del enorme poeta Edgar Bayley (1919-1990), “Es infinita esta riqueza abandonada”, porque dice y proclama, como lo hace El bar de Tlalpan, que infinitas son las potencias de lo humano, de nuestras existencias.
Notas no al pie de página sino aquí mismo. No son digresiones. Ya verán.
Edgar, el poeta, eligió el apellido materno para guardar cierta distancia, aunque no afectiva, de uno de sus hermanos, Tomás Maldonado (1922-2018), artista plástico, filósofo, diseñador de renombre mundial y profesor en las universidades de Bolonia y Princeton. Ambos, Edgar y Tomás, habían compartido las militancias estéticas de la vanguardia invencionista de los 40 en Argentina.
¿Por qué las referencias biográficas en torno a los hermanos Maldonado?
Porque Silvia Maldonado es sobrina del poeta y de Tomás, e hija de Héctor (1927-2010), uno de los neurobiólogos más destacados de este país, quien después de sus prolongados exilios fundó y dirigió el Laboratorio de Neurobiología de la Memoria en la UBA. Silvia nació y vivió entre libros y discusiones científicas, literarias y políticas; y como ella misma señalara más de una vez, ese mundo, sus lecturas y pasiones encuentran el modo de hacerse presentes a la hora de escribir.
Además de novelista es antropóloga y lingüista, egresada durante su exilio de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), de México. Fue profesora en la UBA. El gobierno de Néstor Kirchner la convocó como curadora de Letras en la Dirección de Asuntos Culturales de la Cancillería, cargo que desempeñó durante más de 20 años.
También evocan al que quizás sea el poema más conocido del enorme poeta Edgar Bayley (1919-1990), “Es infinita esta riqueza abandonada”, porque dice y proclama, como lo hace El bar de Tlalpan, que infinitas son las potencias de lo humano, de nuestras existencias.
Notas no al pie de página sino aquí mismo. No son digresiones. Ya verán.
Edgar, el poeta, eligió el apellido materno para guardar cierta distancia, aunque no afectiva, de uno de sus hermanos, Tomás Maldonado (1922-2018), artista plástico, filósofo, diseñador de renombre mundial y profesor en las universidades de Bolonia y Princeton. Ambos, Edgar y Tomás, habían compartido las militancias estéticas de la vanguardia invencionista de los 40 en Argentina.
¿Por qué las referencias biográficas en torno a los hermanos Maldonado?
Porque Silvia Maldonado es sobrina del poeta y de Tomás, e hija de Héctor (1927-2010), uno de los neurobiólogos más destacados de este país, quien después de sus prolongados exilios fundó y dirigió el Laboratorio de Neurobiología de la Memoria en la UBA. Silvia nació y vivió entre libros y discusiones científicas, literarias y políticas; y como ella misma señalara más de una vez, ese mundo, sus lecturas y pasiones encuentran el modo de hacerse presentes a la hora de escribir.
Además de novelista es antropóloga y lingüista, egresada durante su exilio de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), de México. Fue profesora en la UBA. El gobierno de Néstor Kirchner la convocó como curadora de Letras en la Dirección de Asuntos Culturales de la Cancillería, cargo que desempeñó durante más de 20 años.
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Ahora sí. Ya era hora. Avanzaré en la lecturas de El bar de Tlalpan y de la segunda de las novelas de Maldonado, La bienaventuranza (2009) –la primera es El ícono de Dangling (2007), todas en el mismo sello–, porque con ambas la autora ha trazado una escritura que dialoga entre susurros con diversas tradiciones de la literatura latinoamericana –algo de esto ya señaló Olguín en su contratapa–, pero lo hace sentando a la mesa de ese diálogo, y con especial sutileza, a un interlocutor que suele acompañarla en su recorrido intelectual: un pulidor de lentes en la Amsterdam de mediados del siglo XVII, oficio que acometió cuando fue excomulgado del Templo y de la comunidad judía.
Fue uno de los fundadores de la modernidad, de la Ilustración radicalizada. Deslumbró a Sigmund Freud porque localiza el deseo y la perseverancia en el ser en el fundamento mismo del ser humano y alumbró a los científicos del siglo XX. Por ejemplo a Albert Einstein, quien admitió creer en ese dios que no es otra cosa que una trama de leyes armoniosas del universo entero.
Se llamaba Baruch Spinoza y la autora de El bar de Tlalpan es una militante de esa perseverancia en el ser y las ideas del pensador sefaradí de Amsterdam están presentes en sus tramas, en sus búsquedas y en sus obsesiones, que con maestría danzan entre los velos del humor; en los cuerpos y en las almas de sus personajes. Tanto, que los conjurados de aquella vieja taberna cercana a la ciudad de México logran recuperar a Ana Filippi, a su cuerpo y a la riqueza infinita de su memoria.
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No lo sé pero es probable que aquellas discusiones en los ámbitos familiares de su infancia y primera juventud, sus estudios acabados de antropología en México y sus posteriores indagaciones y prácticas como lingüista formada en la obra de Noam Chomsky, hayan llevado a Silvia Maldonado hasta la biblioteca de Spinoza.
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Ahora sí. Ya era hora. Avanzaré en la lecturas de El bar de Tlalpan y de la segunda de las novelas de Maldonado, La bienaventuranza (2009) –la primera es El ícono de Dangling (2007), todas en el mismo sello–, porque con ambas la autora ha trazado una escritura que dialoga entre susurros con diversas tradiciones de la literatura latinoamericana –algo de esto ya señaló Olguín en su contratapa–, pero lo hace sentando a la mesa de ese diálogo, y con especial sutileza, a un interlocutor que suele acompañarla en su recorrido intelectual: un pulidor de lentes en la Amsterdam de mediados del siglo XVII, oficio que acometió cuando fue excomulgado del Templo y de la comunidad judía.
Fue uno de los fundadores de la modernidad, de la Ilustración radicalizada. Deslumbró a Sigmund Freud porque localiza el deseo y la perseverancia en el ser en el fundamento mismo del ser humano y alumbró a los científicos del siglo XX. Por ejemplo a Albert Einstein, quien admitió creer en ese dios que no es otra cosa que una trama de leyes armoniosas del universo entero.
Se llamaba Baruch Spinoza y la autora de El bar de Tlalpan es una militante de esa perseverancia en el ser y las ideas del pensador sefaradí de Amsterdam están presentes en sus tramas, en sus búsquedas y en sus obsesiones, que con maestría danzan entre los velos del humor; en los cuerpos y en las almas de sus personajes. Tanto, que los conjurados de aquella vieja taberna cercana a la ciudad de México logran recuperar a Ana Filippi, a su cuerpo y a la riqueza infinita de su memoria.
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No lo sé pero es probable que aquellas discusiones en los ámbitos familiares de su infancia y primera juventud, sus estudios acabados de antropología en México y sus posteriores indagaciones y prácticas como lingüista formada en la obra de Noam Chomsky, hayan llevado a Silvia Maldonado hasta la biblioteca de Spinoza.
Por suerte para nosotros, sus lectores, porque esa multiplicad de saberes y experiencias hizo posible una portentosa escritura, sinfónica, que transita territorios, tiempos y múltiples voces de la lengua.
Un estilo muy propio el de Maldonado, para recordarnos aquello de la historicidad de toda creación literaria, casi susurrándonos lo que por los 40 escribía el alemán Erich Auerbach (1892-1957) en “La cicatriz de Ulises”, del libro Mímesis, por cierto muy influenciado por el genial pensamiento del napolitano Giambattista Vico (1668-1744). Propuesta de muy especial relevancia toda vez que pertenece a una lingüista.
Y por último: ¿dónde ubicar, en el contexto de esos devenires del lenguaje convertidos en novela, la pasión de la autora por la lectura del barroco latinoamericano, conforme ella lo ha afirmado en varias entrevistas y que se expresa en su propia escritura?
Tampoco lo sé. Quizás a partir de ciertos papeles recobrados entre textos de dos literaturas lejanas en el tiempo pero tan cercanas, tan próximas entre sí e imprevistamente pasibles de ser releídas desde su perspectiva spinoziana, inmanente.
Dice Ricardo Fronesis en Paradiso, la eterna novela del terno cubano José Lezama Lima:
La sustancia no puede ser fragmentada sin dejar de ser ella misma; cada una de sus manifestaciones contiene la totalidad del Ser en un estado de temblorosa inmovilidad. El error del intelecto ha sido parcelar la extensión, cuando en realidad la extensión y el pensamiento son solo dos anchas ventanas para mirar un mismo paisaje absoluto…
Comienza El bar de Tlalpan con las siguientes palabras:
El mundo iluminado, y yo despierta… La primera vida de Leandro Vicálvaro se canceló una oscura mañana de febrero. La segunda, casi un año más tarde…

