Turr4zo

Con “Turr4zo”, Trueno da un soberbio paso en su carrera virtuosa. Con una gran cantidad de voces sampleadas -de Spinetta a Cerati, de Gardel a los Wachiturros-, y colaboraciones con Rubén Rada, Milo J y María Becerra, el rapero de 24 años sale a caminar por el barrio y cuenta lo que le ve.

Por Gilda Fantin | Imágenes: @agustinmgómez

A los 24 años, Trueno no solo lanzó su cuarto álbum de estudio. Con Turr4zo, Mateo Palacios construyó una obra que funciona como manifiesto cultural, homenaje al barrio y declaración de identidad argentina dentro de una escena urbana cada vez más globalizada y homogénea.

Lejos de buscar fórmulas internacionales o diluir su sonido para encajar, Trueno hace exactamente lo contrario: exagera sus raíces, las convierte en estética, discurso y lenguaje. Y ahí aparece la gran fuerza del disco. Turr4zo no intenta sonar internacional; demuestra que lo local, cuando está bien contado, ya tiene alcance global.

Coproducido junto a Tatool y El Guincho, el álbum utiliza el sampling como herramienta de reconstrucción cultural. Pero no desde la nostalgia vacía ni el homenaje superficial. Trueno trae al presente voces y sonidos que forman parte de la memoria musical argentina: Gustavo Cerati, Luis Alberto Spinetta, Carlos Gardel y Sandro aparecen integrados a beats contemporáneos que dialogan con el hip hop global sin perder identidad. El pasado no queda encerrado en un museo: se transforma, se samplea y vuelve a vivir desde otro lenguaje.

Desde el comienzo del disco, con “Con el combo”, Trueno deja claro que el éxito no se construye solo. El barrio, los amigos y la pertenencia aparecen como punto de partida de toda la narrativa. Ese espíritu colectivo atraviesa todo el álbum y se conecta directamente con la idea del “combo”, la crew, la esquina y el grupo como núcleo cultural.

Pero el verdadero corazón conceptual aparece en “Turr4zo”. Sobre la base de “Tírate un paso” de Los Wachiturros, Trueno resignifica una estética históricamente ridiculizada. Lo “turro”, durante años asociado al prejuicio social y la burla clasista, acá se transforma en símbolo de orgullo. Las cadenas, las llantas, las zapatillas deportivas y los códigos del conurbano dejan de ser caricatura para convertirse en identidad cultural exportable.

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Esa misma lógica se profundiza en “X unas llantas”, probablemente uno de los temas más interesantes del disco desde lo conceptual. La mezcla de chacarera, mambo, house y hip hop no aparece como experimento aleatorio: funciona como una declaración sobre cómo se construye la identidad latinoamericana. Las zapatillas y las llantas son mucho más que objetos; son códigos sociales, símbolos de pertenencia y formas de reconocimiento dentro de la cultura urbana.

En “Estilo sudaka”, Trueno amplía el mensaje y lleva la discusión al plano continental. La palabra “sudaka”, históricamente usada de manera despectiva en Europa, es apropiada y resignificada como bandera latinoamericana. El tema plantea algo que atraviesa todo el álbum: América Latina no necesita copiar modelos externos porque ya tiene una identidad propia, rica y poderosa.

El disco también se permite explorar otros registros emocionales. “Bailando sola” baja la intensidad para hablar de vínculos y soledades desde un lugar más íntimo, mientras que “Zombi” funciona como crítica a la deshumanización de las redes, la industria y las personas que viven siguiendo tendencias sin identidad propia.

Las colaboraciones refuerzan el cruce generacional que propone el álbum. Milo J aparece en “Pumas”, una canción cargada de hambre, resistencia y supervivencia. María Becerra aporta nostalgia y química pop en “90s”, mientras que Rubén Rada conecta el presente del hip hop con la tradición afro-rioplatense en “Uruguay”.

Por otro lado, “Grillz” junto a Neo Pistea recupera la estética más trapera y ostentosa, aunque detrás de las joyas y el lujo aparece una idea más profunda: mostrar riqueza desde sectores históricamente marginados también puede ser leído como revancha simbólica.

En “Delivery Freestyle” vuelve el Trueno competitivo, el freestyler nacido en plazas y competencias como Red Bull Batalla. Ahí reaparece la técnica, el juego de palabras y la agresividad verbal que lo hicieron crecer dentro del rap argentino.

Uno de los momentos más potentes del álbum llega con “1000 horas”, reinterpretación del clásico de Los Abuelos de la Nada junto a Andrés Calamaro. Más que un cover, es un puente generacional entre el rock nacional histórico y el urbano actual. Lo mismo sucede en “Pity in the sky”, donde la presencia de Pity Álvarez conecta directamente con el rock barrial y la marginalidad urbana que también forman parte del ADN cultural argentino.

Sin embargo, el momento más humano del disco aparece en “Rain IV”. Ahí desaparece el personaje “Trueno” y aparece Mateo. El número cuatro atraviesa toda la narrativa —cuarto disco, 24 años, Comuna 4— y termina funcionando como regreso al origen. La canción, dedicada a sus padres MC Peligro y Juliana Corazzina, rompe con la estética desafiante del álbum para mostrar vulnerabilidad, memoria y emoción.

Después de años de consolidarse dentro de la música urbana, Trueno parece haber entendido algo clave: ya no necesita validación. Turr4zo no suena a búsqueda desesperada de hits globales ni a algoritmo. Suena a identidad.

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Y quizás ahí está la verdadera importancia del disco. En un contexto donde gran parte del urbano internacional empieza a sonar igual, Trueno decide apostar por el barrio, el lunfardo, el conurbano, el rock nacional, la cumbia, la cultura popular y los códigos argentinos. Lo que durante mucho tiempo fue tratado como “grasa”, “negro” o “villero”, acá se convierte en arte, concepto y legado. El disco habla de pertenecer. De crecer en el barrio sin querer esconderlo. De entender que la identidad argentina también puede ocupar el centro de la escena mundial sin dejar de sonar a esquina, colectivo, cancha y zapatillas gastadas.

Y quizás ahí está la verdadera fuerza de Turr4zo. No en intentar parecerse a algo de afuera, sino en agarrar todo eso que durante años fue tratado como “grasa”, “villero” o “demasiado barrio” y convertirlo en arte, identidad y orgullo. Trueno no busca limpiar sus raíces para entrar en la industria global: hace exactamente lo contrario. Las exagera, las muestra y las pone al frente.

Porque Turr4zo no habla solamente de música. Habla de crecer escuchando cumbia desde una ventana abierta, de las zapatillas como símbolo de pertenencia, de los amigos de siempre, de las cadenas, del conurbano, de los códigos que muchas veces fueron juzgados antes de ser entendidos. Y en medio de una escena urbana cada vez más homogénea, el disco encuentra algo difícil de conseguir: personalidad propia. Al final, Mateo Palacios entiende algo que muchos artistas todavía están buscando: lo local no limita. Lo local, cuando tiene verdad, puede convertirse en algo universal. Y quizás por eso Turr4zo se siente tan grande. Porque no intenta escapar del barrio. Hace que el mundo mire hacia él.