FIN DE AÑO EN LA PLATA

La tradicional quema de muñecos sigue vigente en La Plata. Desde 1956 el rito se mantiene inalterable: se despide el año con la quema de muñecos que simbolizan el fin de un ciclo y se recibe al próximo ligeros de equipaje.

En La Plata, el año no termina del todo hasta que el fuego hace su trabajo. Cuando el brindis ya pasó, los abrazos se acomodaron y los deseos empiezan a tomar forma, los vecinos salen a la calle para cumplir un ritual que atraviesa generaciones: la quema de muñecos de Fin de Año, una tradición barrial, colectiva y emocional que lleva 66 años ardiendo.

Aunque sus orígenes se remontan a la antigua Grecia y a distintas celebraciones europeas, en la Argentina esta costumbre encontró su identidad más fuerte en la capital bonaerense. Desde 1956, los muñecos o “momos” se convirtieron en el gran espectáculo popular del 31 de diciembre, en una ceremonia en la que se quema lo viejo para dar paso a lo nuevo.

El primer fuego

La historia comienzó en la esquina de 10 y 40, frente al bar almacén Los Obreros, propiedad de Luis Tórtora. 

En 1956, Tórtora decidió homenajear al equipo de Defensores de Cambaceres, que acababa de consagrarse campeón en un torneo histórico: no solo por el título, sino porque marcó la despedida de la Liga Amateur antes del ingreso del club a la AFA.

Aquel primer muñeco representaba a un jugador del “Rojo” de Ensenada. Era enorme y llegaba hasta lo más alto del edificio. Llevaba el escudo en el pecho, pantalón negro, medias rojas y botines. Esa noche, cuando ardió frente a vecinos y familias del barrio, fue el punto de partida de una tradición que se repetiría cada fin de año.

Desde entonces, la quema solo se interrumpió una vez. Fue entre 1976 y 1977, durante los días oscuros de la dictadura. El resto del tiempo, el fuego siguió encendiéndose como un gesto de celebración, memoria y resistencia cultural.

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Un esquina con historia 

Décadas después, la esquina de 10 y 40 fue declarada de Interés Cultural por la Municipalidad de La Plata. El reconocimiento fue entregado a Roberto Tórtora, hijo de Luis, en un emotivo acto que reunió a vecinos, familiares y cuatro generaciones de muñequeros.

“Es un homenaje a mi padre y a algo que hoy es infaltable en la ciudad”, expresó Roberto. Porque, para su padre, el muñeco representaba mucho más que una escultura: era esperanza, trabajo colectivo y la posibilidad simbólica de quemar todo lo malo del año que había pasado.

El guardián del fuego

A pocos metros de donde nació la tradición, Maikel García mantiene viva la llama. Tiene 34 años, nació en el barrio y arma muñecos desde los 15. “Para mí esto es todo”, dice mientras levanta estructuras gigantes que, en cuestión de minutos, se convertirán en cenizas.

Con madera, hierro, cartón, diarios, engrudo y pintura, Maikel y su grupo trabajan contra reloj, a cielo abierto y muchas veces enfrentando dificultades: el clima, los robos, la falta de recursos. Aun así, el ritual se cumple cada año.

Durante este tiempo, su taller callejero dio vida a figuras como Maradona, Mafalda, Messi y la Scaloneta. En 2022, el muñeco del Dibu Martínez, campeón del mundo, volvió a reunir a vecinos y curiosos en la histórica esquina.

Este último año tuvo un condimento especial: Dante, su hijo de cinco años, lo acompañó todos los días. “No sé si seguirá conmigo el día de mañana, pero haber compartido esto ya es una alegría extra”, confiesa.

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Del juego barrial a la competencia

Lo que empezó como una celebración espontánea fue transformándose con el tiempo. 

Hoy, la quema de muñecos también incluye concursos oficiales, votaciones online y premios que pueden llegar a los 150 mil pesos. Las técnicas se perfeccionaron, los materiales se volvieron más sofisticados y la planificación incluye criterios de diseño y seguridad.

Arquitectos, ingenieros, artistas y estudiantes de la UNLP suelen participar del armado, mientras que los más chicos colaboran juntando fondos en las esquinas. Aun con la lógica competitiva, el espíritu comunitario sigue siendo el corazón del ritual.

Drako, el campeón de 2026

La edición 2026 volvió a demostrar que la tradición está más viva que nunca. Con 22 muñecos inscriptos y miles de vecinos recorriendo los barrios durante la madrugada del 1° de enero, la votación popular consagró a “Drako”, ubicado en avenida 72 entre 16 y 17, como el gran ganador con 73.470 votos.

El segundo lugar fue para “Avatar: Corazón de Pandora” (31 y 40), y el tercero para “La abeja”, en San Carlos. Más allá del podio, el verdadero triunfo fue colectivo: la confirmación de que La Plata sigue encontrándose en la calle, alrededor del fuego, para despedir un año y empezar otro.

En cada muñeco que se quema hay trabajo, memoria y deseo. Y mientras haya vecinos dispuestos a levantar estructuras, mancharse las manos de engrudo y reunirse a mirar cómo el fuego hace su magia, la tradición seguirá ardiendo.