MAPAS, HUELLAS Y BANDERAS
Por María Pía López | Imágenes: Eva Cabrera
Cincuenta años del golpe militar que, si bien arrastraba y recreaba otras represiones, partió la historia en dos. Por el terror, instauró su persistencia, incluso cuando llegó la democracia que se desplegó un poco amenazada y un poco atrapada por esa herencia. La ruptura fue enorme pero también lo legado y actualizado. Los reales beneficiarios de la transformación de la estructura económica y social argentina, al servicio de la cual se desplegó la política de los campos de concentración y la desaparición forzada, siguieron siendo los recaudadores de la nueva etapa. Rodolfo Walsh ya lo había señalado en 1977, en su Carta abierta a la Junta Militar. Cincuenta años después, gobiernan los herederos de la Junta para los mismos beneficiarios, esa clase empresarial que tolera los agravios a cambio de terminar, de una vez por todas, con el país de los derechos laborales, de los reaseguros previsionales, de las instituciones de cuidado, de las universidades gratuitas, el país que tuvo la justicia social en su horizonte, no por realizada pero sí por deseada.
Hubo juicios y castigo, y alrededor de ese hueco intolerable que significa la desaparición de personas, los duelos impedidos, la insoportable espera de una información, se desplegaron innúmeros esfuerzos y grandiosas invenciones. Desde la creación de herramientas de lucha hasta la aplicación de descubrimientos científicos como el índice de abuelidad. También se desplegaron políticas de memoria desde el Estado, construyendo los sitios y generando instancias de difusión y conmemoración. A cincuenta años, una encuesta reciente dice que siete de cada diez personas condenan al régimen militar. Poco se pudo avanzar contra la complicidad civil, pero sí se pudo construir consensos condenatorios contra los militares.
A cincuenta años, vivimos en esa paradoja entre el cuestionamiento a los modos del Proceso y el voto a quienes continúan su política económica. Y a cierto resquemor generalizado contra la asociación entre las políticas públicas y los ejercicios de memoria. Por momentos, nos atraviesa la incomodidad, cuando la idea de memoria se convierte en un llamado moral, una alusión coercitiva, un mandato obligatorio. Nos tienta, incluso, poner otras palabras en juego, que no traigan el deber como halo. Ahora esos temas han vuelto al llano, al plano de la sociedad civil, a las murmuraciones peligrosas, a ser contraseña y encuentro. Algo se anuncia, en ese sentido, en los modos de conmemorar este 24 de marzo.
El CELS desarrolló un mapa fundamental en el proyecto “Acá dejamos huella”: se trata de señalar en los territorios una serie de lugares en el que se desplegaron experiencias de resistencia, creación, insistencia. Desde teatros a grupos de estudio, desde actos políticos hasta marchas, desde organismos de derechos humanos hasta cantos prohibidos en una cancha de fútbol. Aparece un plural -nosotrxs dejamos-, se construye ese colectivo que encuentra una genealogía, un pasado apropiable, y se piensa la trama urbana como el lugar donde podemos dejar señal de las felicidades comunes. En la Ciudad de Buenos Aires muchas veredas están señalizadas por las baldosas de la memoria. Siempre me detengo a leerlas. Cuentan que allí vivió o estudió o trabajó una persona que fue detenida-desaparecida. El proyecto del CELS también busca dejar esas huellas, para pararse a leer que allí un grupo de personas se reunió para diferenciar lo que hacían de lo que prescribía el régimen del terror estatal y de sus herederos. Huellas de los lugares y experiencias donde se quiso crear otros modos de vida.
Varios grupos de activistas están preparando para la marcha del 24 una larguísima bandera de banderas, en las que se cosen consignas de distintas luchas: algunas obreras, otras universitarias, varias en defensa de los bienes comunes, bastantes provenientes de las confrontaciones transfeministas y disidentes. Una bandera que construye otras memorias, las de unas peleas, unas perseverancias. Una bandera que sutura consignas que aparecieron separadas, de colectivos y grupos que quizás no se reconocerían en los otros, pero que al coserlas sueñan con una confabulación que podría surgir de esa recienvenida cercanía. Irá, supongo, cerca de la otra gran bandera que encabeza todos los 24 en Buenos Aires, la de los rostros de lxs desaparecidxs. Como ocurre con las baldosas y las huellas, estas dos banderas dialogan, para construir al lado del dolor insomne el recuerdo de la felicidad compartida.
Ante la paradoja política del presente –crítica de la sociedad al Proceso y proyecto económico que lo hereda– no nos alcanza con perseverar en la narración del horror. Es necesaria esta torsión, esta búsqueda de una serie histórica en la que podamos inscribir la crítica al terrorismo de Estado como parte de otras luchas, de otros actos de insistencia y creación, en los cuales se configuran unos modos de vivir que son antagónicos a los que se propugnan hoy desde el poder. Quizás la próxima vuelta sea la insistencia en unas narraciones de lo irreverente, lo crítico, lo dislocado, para que quienes nacieron mucho después que los acontecimientos que rememoramos, se sientan alojados y reclamadas.

