HISTORIAS

Un ex combatiente de Malvinas recupera aquel pasado espantoso pensando en este presente también espantoso. No es una mirada derrotista; es exactamente lo contrario.

Por Marcelo Rosasco | Imágenes: Eva Cabrera

“Son tiempos complicados. Demasiado, para gente como nosotros que vive todavía con esperanza como bandera  y pese a las dificultades,cada día se levanta sintiéndose un poco más patriota al ver cómo flamea nuestra bandera, mientras del otro lado nos hacen la vida un poco más complicada minuto a minuto. La poca plata que todavía tenemos apenas nos alcanza para darnos unos gustitos, siempre y cuando consigamos lo que queremos. Duele en el alma que compatriotas de nosotros, nacidos en la misma tierra, que hablan el mismo idioma, comparten pasiones como la futbolera igual que nosotros, ni siquiera disimulen el maltrato y el desprecio que en el fondo nos tiene pese a que estamos dejando lo poco de esperanza que nos queda para salir airosos de esta tragedia en la que ellos nos metieron. Y si salimos airosos, estoy seguro de que nadie se acordará de nosotros, de los que pusimos el pecho; pero nadie de nosotros pide tanto. A lo sumo, que se recuerde siempre a los que dejaron familia, amigos, trabajos, pasatiempos para venir a dar pelea. El triunfo será de los que nos hicieron perder; porque ellos nos trajeron hasta acá para salvarse y conservar todo este poder ilegítimo que usurparon a costa de miles de argentinos de bien, como en algún momento se les oyó decir…”

Esta descripción de la coyuntura, que bien podría describir los tiempos malditos de mileísmo que padecemos, se escribieron entre abril y junio de 1982 en medio de una guerra disparada por el delirio de una banda de asesinos y cómplices que desde sus escritorios, despachos y capillas avalaron esa locura, por el solo hecho de perpetuarse en el poder que escondía un plan económico´y social de destrucción masiva.

Esas palabras del principio se pensaron, se sufrieron y se lloraron entre camaradas en cada trinchera, en cada guardia,. en cada momento de imaginaria libertad en medio de la muerte; con frío, hambre, rezos, mugre, soledad, incertidumbre, miedo y dolor que bien podrían definir las situaciones límite de las que hablaban los filósofos existenciales a los que leía con devoción por aquellos tiempos de estudiante de filosofía y que, por cierto, me hacían correr cierto riesgo si lo hacía demasiado público. Mientras, esperábamos salir a escena para darle batalla al “verdadero” enemigo, que no hablaba español y que quería arrebatarnos lo que nos correspondía. 

Claro, eran otros tiempos. Cuarenta y pico de años atrás, no había Internet, la tele en colores todavía no era masiva; no se hablaba de fake news, pero las mentiras estaban a la vista, pese al esfuerzo por disimularlas de oficiales limpios, perfumados y engolados con el cinismo de un lenguaje pomposo y bien articulado, lleno de giros acartonados que replicaban con obediencia debida por los grandes medios en títulos tamaño catástrofe. Había que convencer de que el triunfo de las armas era inminente y permitiría mantener las urnas bien guardadas y alejadas de la casta política que tanto daño le había hecho al país.

Una publicidad dada a conocer en los últimos años refiere que “Malvinas nos une”. No encuentro mejor sentencia para relacionar momentos, contextos, coyuntura, sobre todo porque -como sostienen muchos entendidos en la materia- que la historia es circular, o que todo vuelve, dicho en términos más coloquiales.

Malvinas une. Une a la dictadura cruel del 76 a una actualidad de un país devastado en lo productivo y disgregado en lo social cuya única apuesta de crecimiento es a la timba financiera; une a los 30.000 desaparecidos del régimen con los cientos de miles de compatriotas que desaparecen día a día como sujetos sociales por la pérdida de sus trabajos y sus esperanzas de vida; une a aquel delirante conflicto y sus consecuencias sobre miles de jóvenes inocentes muertos en el campo de batalla y por traumas post combate con el aspiracionismo de un gobierno que compra todos los boletos para ser pasajero de cuarta de un conflicto que no le pertenece y amenaza con destruir a la humanidad. 

Pero también ese “Malvinas nos une” debería servir -como ocurrió a partir de junio del 82-, para ponernos de pie y reconstruir un país roto uniendo fuerzas por una sociedad con más trabajo, crecimiento y menos especulación, crueldad y dolor. 

En ese entonces se pudo. A los saltos pero se pudo. 

Nada impide que se pueda en estos tiempos difíciles y desalentadores. 

A lo mejor, Malvinas pueda ser un buen disparador.

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