Rodolfo Walsh en La Plata
Por Mariana Iglesias | Imágenes: Eva Cabrera y archivo
A mi padre, que le hubiera gustado estar vivo este mes.
El verdadero cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te acuno, te celebro
“Carta a Vicky”.
RJW.
Hace algunos meses, junto a Patricia Walsh, caminé por las calles de La Plata para hacer memoria urbana en la ciudad donde su familia vivió la primera mitad de la década del 50. Pero, sobre todo, para volver al lugar donde se produjo el cambio que convertirá a su padre, un escritor de cuentos policiales –que sólo quería jugar al ajedrez– en uno de los intelectuales más importantes de la Argentina del siglo XX.
Esperé mucho tiempo para escribir esta nota. Siempre quedaba para algún momento indicado. Sin embargo, desde aquel marzo de 1993 cuando escuché por primera vez esos dos yambos aliterados que configuran el nombre (Ro-dol / fo-Walsh), ya pasaron más de tres décadas y llegó el momento.
Desde aquel otoño menemista en el que una profesora de escuela secundaria de Tigre le acercaba a sus alumnos la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar para presentarnos a Walsh, y para que entonces pudiéramos pensar ese presente, hasta hace el día que por fin tuve frente a frente a Patricia, pasaron políticas de memoria, homenajes institucionales, urbanos, series, películas, libros. Hoy la cara de Walsh es remera, pero la memoria está en alerta y mientras la derecha avanza, los derechos retroceden y los fantasmas de los 70 amagan con asustarnos.
Me hice periodista para tener algo en común con ese hombre y para justificar horas de lecturas, investigaciones y reportajes que, de otra manera, sólo habrían sido capricho y pérdida de tiempo.
En la Argentina de Milei y a 50 años del inicio del último Golpe cívico militar y eclesiástico, y en el 70 aniversario del alzamiento del 9 de junio de 1956 –cuando el General Valle reaccionó contra la autodenominada Revolución Libertadora y se produjeron los fusilamientos de José León Suárez que dieron origen a Operación masacre–, ha llegado el momento de repensar a Walsh. Repasar sus aciertos, preguntarse por sus errores y actualizar formas de acercarlo a estas nuevas generaciones que también padecen planes económicos neoliberales, atropellos sobre derechos adquiridos y desfinanciamiento de políticas públicas que atentan contra la salud, la cultura y la educación, entre otros males de época.
“No me dejen solo, hijos de puta”
En la documentación de Walsh - hasta en su carnet de periodista- la calle 54 (418) de La Plata figura como su domicilio. Elina Tejerina, Rodolfo, María Victoria y Patricia convivieron con los alumnos de la escuela de ciegos que funcionaba en esta propiedad donde Tejerina fue designada directora. Aquí vivieron los cuatros juntos y en calma. Tal como cuenta Patricia: "Viviendo acá, mi padre retomó sus estudios secundarios, los terminó y se anotó en la Facultad de Humanidades de la UNLP. No sabremos nunca de dónde sacaba tiempo para todo".
En el prólogo de Operación Masacre, Walsh escribe: “Recuerdo que después volví a encontrarme solo, en la oscurecida calle 54 donde tres cuadras más adelante debía estar mi casa, a la que quería llegar y finalmente llegué dos horas más tarde, entre el aroma de los tilos que siempre me ponía nervioso, y esa noche más que otras”. Los tilos platenses son una idea importada de la famosa Unter der Linden, la principal avenida de Berlín. Y aunque en junio no florecen, el ejemplar que está en la puerta de la casa le trae a Patricia un recuerdo proustiano. En el mismo se mezclan su infancia, los paseos por el zoológico, el lago y el bosque platenses con la siempre presente necesidad de su padre de estar cerca del agua en los arroyos del Delta, así como en la laguna de San Vicente, una zona Walsh de la provincia de Buenos Aires.
Si bien la casa sufrió modificaciones, es imposible ver a Patricia parada delante de la persiana actual y no recordar otro pasaje del prólogo del libro que inaugura el género de non fiction en Argentina: “No olvido que, pegado a la persiana, oí morir a un conscripto en la calle y ese hombre no dijo: 'Viva la patria' sino que dijo: 'No me dejen solo, hijos de puta'.”
En este prólogo, Walsh reconfigura el trayecto que hace a pie desde el Bar Rivadavia, donde estaba jugando al ajedrez la noche del 9 de junio de 1956, momento en el que escucha explosiones provenientes de una bomba casera arrojada contra la vidriera de una zapatería frente al Jockey Club de la Avenida 7 entre 48 y 49.
Los papeles de Walsh
Seguimos caminando por la calle 54 (487) hacia Plaza San Martín y la sede de la Comisión Provincial por la Memoria es parada obligada. Se trata de un organismo público autónomo y autárquico que promueve e implementa políticas de memoria y derechos humanos.
La comisión fue creada en 1999 y desde marzo de 2001 tiene como sede el edificio donde funcionó la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (Dippba). Junto con este emblemático edificio, la CPM asumía la responsabilidad de custodiar y poner a disposición de la justicia uno de los archivos de la represión más importantes de la Argentina y América Latina. Este acervo documental fue reconocido por la UNESCO y declarado Patrimonio de la Humanidad en 2008.
En 1975, Walsh comenzó a ser vigilado por su participación política y su incorporación a Montoneros. El escritor tiene tres fichas personales en el archivo de la Dippba e integra una nómina de autores con “antecedentes ideológicos desfavorables”, comenzando por su libro Operación masacre (1957).
Esta incursión en la denuncia del Estado lo despertó a la vida política; a pesar de haber tenido vagas ideas nacionalistas en su juventud, supo experimentar un cambio lento pero contundente. Viajó Cuba durante la revolución socialista, fue parte del equipo fundador de la agencia Prensa Latina y ayudó a descifrar mensajes encriptados que anunciaban el ataque contrarrevolucionario en Bahía de Cochinos, entre otras acciones de inteligencia.
¿Puedo volver al ajedrez?
Mientras vivió en La Plata, Rodolfo fue socio del Club de Ajedrez en la esquina de 6 y 54. En la fachada hay varias placas que le rinden homenaje. Uno de los primeros textos que escribió en la ciudad es “El Ajedrez y los dioses”; lo publicó en la revista Fénix de la Facultad de Humanidades de la UNLP. Aunque mal jugador, también frecuentó la sede social del club de Estudiantes de La Plata y el Bar Rivadavia de la calle 50 entre 7 y 8.
Para llegar al Rivadavia hay que atravesar la plaza San Martín en diagonal, el camino que relata el prólogo de Operación Masacre y es justamente lo que hará el propio narrador, aquella madrugada del 10 de junio de 1956. Seis meses después, el 18 de diciembre, en ese mismo bar, frente a un vaso de cerveza, Enrique Dillon, un empleado de banco amigo de Walsh y aficionado al ajedrez y a la literatura, dirá la frase que hará historia: “Hay un fusilado que vive”. El bar ya no existe, en su lugar hay una galería comercial en vías de extinción. Pero al leer el cuento Zugwang, la literatura hace magia y viajamos en el tiempo a aquella ciudad de los años 50.
A partir de diciembre de 1956, el escritor de cuentos policiales se convirtió en investigador de verdad. Se obsesionó con “El expediente Livraga” y siguió la pista de Jorge Dillon, el capitán de Fragata que testificó detalles sobre la orden de fusilar a los civiles detenidos en San Martín. Cuando empezó a armar el rompecabezas se encontró con que había más de un fusilado vivo. Hizo entrevistas, trabajó con Enriqueta Muñiz, una periodista española, compañera de la Editorial Hachette; ofreció la primicia a varios periódicos y no tuvo suerte. Creyó que ganaba el Pulitzer, pero se dio cuenta de que esa historia no le interesaba a nadie.
Aparecieron más sobrevivientes, se desencantó de la Revolución Libertadora: la rebautizaría “La Fusiladora”. Abandonó su casa, escribió cartas contando esta historia para que la publiquen en el exterior. El 15 de enero de 1957 el semanario RevoluciónNacional se la jugó y publicó la entrevista que Walsh le había hecho a Juan Carlos Livraga, uno de los sobrevivientes del basural de José León Suárez. Rápidamente toma la posta el semanario Mayoría y convierte la investigación de “La Operación Masacre” en un material por entregas. La editorial Sigla publica la primera edición del libro en 1957.
Desde entonces Walsh no pudo volver al ajedrez. Al menos no de la misma manera. Operación Masacre cambió su vida, lo enfrentó a un compromiso más allá de la literatura. Se refugió en el Tigre y escribió “Esa mujer”, uno de los cuentos más impactante de la literatura argentina. Luego vendrían Cuba, la criptografía, la creación de Prensa Latina, nuevas investigaciones como ¿Quién mató a Rosendo?, El caso Satanowsky y sus aportes a la prensa obrera. También su participación en Ancla, su costado de cronista de viajes, el diario Noticias, su relación intensa con el peronismo, su incorporación a la lucha armada en Montoneros y la pérdida de Vicky, su hija mayor, en otra masacre, la de la calle Corro de la de la Ciudad de Buenos Aires en septiembre de 1976.
Carta marcada
El itinerario platense continúa y atraviesa el Pasaje Dardo Rocha que tiene una historia tan extensa como la ciudad. Fue la primera estación de ferrocarril a finales del siglo XIX, luego funcionó como centro cultural y en 1944 se estableció allí la oficina de correos. Walsh escribió cartas toda la vida, algunas de esas las envió desde este edificio. Pero hay otras como la “Carta a mis amigos” o la emblemáticas “Carta a Vicky” que trascendieron más allá y hoy forman parte de la memoria pública. En ambas, es un padre orgulloso el que habla.
Sin embargo, hay una misiva en la que vuelve a su lugar de escritor, la “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”. La termina de redactar en la casa de San Vicente que comparte con su compañera Lilia Ferreyra en el primer aniversario del Golpe, el 24 de marzo de 1977.
El documento es una denuncia contundente en la que Walsh da cuenta de los horrores cometidos por el régimen. El 25 de marzo, Walsh salió de su casa de San Vicente rumbo a Buenos Aires y antes de tomar el tren rumbo a Constitución, el dueño de la inmobiliaria que le había vendido la casa lo interceptó y le entregó el boleto de compra-venta de la propiedad. Cuando llegó a Constitución despachó algunas copias de la carta en buzones porteños. En la esquina de San Juan y Entre Ríos, un grupo de tareas lo atacó. Y entonces Rodolfo hizo lo que había previsto: se defendió. Pero fue acribillado a balazos.
Mientras cruzo la Plaza San Martín para llegar al Club de Ajedrez donde Patricia recorre y reconoce el espacio con una mirada lejana pero profundamente íntima, yo recuerdo que la primera vez que vine a La Plata lo hice con mi padre. Estábamos buscando las huellas de Walsh. Fue hace más de 30 años, nos perdimos un poco y el club estaba cerrado. Ahora está abierto, yo vivo en esta ciudad, nuestros padres están muertos y estoy parada frente a la hija de Rodolfo para ser periodista de verdad y preguntarle de la mejor manera posible: “¿Por qué cree que su padre se dejó matar?” Cierro los ojos, formulo la pregunta, intuyo que incomodo y como periodista, no me arrepiento. Quizás, como hija, sí. Por motivos distintos yo también busco esa respuesta en el aire.

