ALEJANDRA KAMIYA
Por Inés Busquets | Imágenes: Lucía Prieto y Eterna Cadencia
En una época con grandes escritoras argentinas -es cierto: siempre las hubo, aunque marginadas- Alejandra Kamiya es una escritora argentina enorme. Por el momento, de cuentos. Sutiles, bellos, líricos y poderosos, de títulos largos y textos precisos.
Su trilogía Los árboles caídos también son el bosque (Bajo la luna, 2015; Eterna Cadencia, 2024), El sol mueve la sombra de las cosas quietas (Bajo la luna, 2019; Eterna Cadencia, 2024) y La paciencia del agua sobre cada piedra (2023, Eterna Cadencia) consta de 41 relatos que fueron pulidos como gemas, lo que no les hizo perder la naturalidad ni la frescura.
Kamiya se inclina más por el despojo que por la acumulación. Siempre tiene presente una frase de Saint-Exupéry: “Un cuento está terminado no cuando ya no se puede agregar nada sino cuando ya no se puede quitar nada”.
Durante años, fue una escritora ocasional que ni siquiera se percibía escritora. Hasta que, de manos de una cajera, recibió las bases para un concurso de textos cortos de un supermercado. Y lo ganó. El premio fue un fin de semana en un hotel cinco estrellas, lo que le sirvió para entender que podía dedicarse a seguir escribiendo con mayor regularidad, con aspiración a publicar y más. No se equivocó. Obtuvo los premios de la Universidad Católica-Suthern en 2007, de la Feria del Libro de Buenos Aires en 2008, del Fondo Nacional de las Artes en 2009, el Max Aub en 2010, el Horacio Quiroga en 2012, el de la Fundación Victoria Ocampo en 2012, el de Unicaja (2014) y el Premio Konex 2024: Cuento: Quinquenio 2019-2023.
En Japón, el término "hafu” (derivado del inglés half) se utiliza para describir a personas que tienen un padre o madre nacido/a en Japón y el otro extranjero. Kamiya, que nació en Buenos Aires, es hija de un japonés y una necochense, ambos muy lectores. “Soy half. Japonesa en Argentina y argentina en Japón”, se define ella.
En su trilogía de cuentos aborda las culturas japonesa y argentina, habla sobre los vínculos, la vida cotidiana, el amor, el tiempo y la muerte. Con respecto a los tópicos que utiliza considera que surgen naturalmente: “Intento ser lo más honesta posible y siempre ocurre lo mismo: si sos honesta repetís tus temas, porque son los que te obsesionan”.
Al ganar el concurso del supermercado, su madre estaba leyendo a Inés Fernández Moreno, la novela La profesora de español, y le sugirió que hiciera un taller con ella. Fernández Moreno vivía cerca de su casa, lo que facilitó un encuentro que luego se transformaría en amistad. Kamiya también fue al taller de Abelardo Castillo. “Fue bueno que primero fuera a ver a Inés, porque era muy lúdico, muy relajado, muy amable. De alguna forma, medio maternal. Castillo era lo contrario: muy estricto; daba el taller en un horario no muy amable, lejos de mi casa. Pero, en ese orden, fue muy buena experiencia. Se complementaron estos dos estilos para mí”.
Kamiya habla pausado, con suavidad, sin perder su estilo sereno. A la hora de escribir, siente que el mundo la interpela. “Vivo bombardeada de materia prima, todo puede serlo. Desde una escena que veo en un bar, una película, o dentro de mi cabeza. Me preguntan mucho por lo autobiográfico, eso también puede ser un puntapié inicial, más o menos cambiado después. La única condición es que sea un estímulo externo que ejerza alguna clase de fricción con algo interno. Eso lo convierte en materia prima de un cuento”.
Y agrega: “En general trabajo internamente antes de sentarme hacer el primer borrador, le doy muchas vueltas en la cabeza, en mi cuerpo y dentro de mí, sin diques, de la manera más libre posible. Después corrijo, pero más quitando”. Sabe que cada lectura le aportará una nueva mirada; sus propias apreciaciones sobre los textos que publica van variando con el correr del tiempo. Se sintió escritora, comentó alguna vez, al pubilicar el cuento Los ensayos, que le dedicó a Inés Fernández Moreno. “Hay una sobrevaloración de lo que es ser escritor, no me parece que sea especialmente importante”, aclara. Y dice que en el oficio “hay algo que se renueva diariamente, o al menos frente a ciertos dilemas: tu respuesta es una decisión”.
El verano, para ella, es dual: “Tiene dos caras: un fin y un comienzo. Entre ambas buscamos un lugar para poner la reposera, leer un libro, mirar el mar. Una pausa”. Por último, responde un ping pong literario estival:
¿Libro en papel o digital?
Siempre papel.
¿Libro nuevo o relectura?
Libro nuevo o relectura se retroalimentan, uno no es excluyente del otro.
¿Novela larga o textos breves?
Igualmente, lo interesante es la sinergia entre ambos.
¿Clásico o contemporáneo?
Depende, también se alimentan el uno al otro.
¿Algún autor/a que siempre vuelve en verano?
Invierno y verano en mi mesa de luz siempre están Los cuatro libros de Confucio y Mencio.
¿Leer de día o de noche?
Leo de día y de noche.
¿Algún paisaje en particular que te guste: playa, montañas, río, ciudad?
Cuando el paisaje es muy hermoso me quedo contemplando el paisaje, entonces para leer la ciudad es un buen lugar.
¿Subrayar o no subrayar?
Siempre subrayar, rayar, escribir los márgenes, doblar las puntitas.
¿Un libro para recomendar en verano?
Tengo un libro que es muy viejo, que compré usado, una joya que lo voy leyendo despacito para que no se me termine, es un texto en prosa que se llama Devociones y es de John Donne, traducido por Alberto Girri, en una edición de Santiago Arcos. Es una maravilla.

