Identidad y paisaje
Por Antolín Magallanes | Imágenes: Eva Cabrera-Archivo
Quizás para saber cuánto perdimos no haya que empezar analizando el agua. Quizás haya que escuchar primero las canciones, los cuentos, la poesía.
Hubo un tiempo en que los arroyos de la provincia de Buenos Aires no eran solamente una línea azul en un mapa, un problema hidráulico o el lugar hacia donde escurría el agua después de una tormenta, sin inundar. Formaban parte de la vida.
Aquí visitaremos algunos de ellos no tan mentados, como una aproximación al tema.
Se los cruzaba a caballo, se caminaba por sus orillas, se llevaba a beber a los animales. Los chicos se bañaban allí. Alguien pescaba. Una familia buscaba la sombra de un árbol para pasar la tarde. Había puentes, juncos, sauces, pájaros. Había caminos que conducían hasta el agua. Por eso también se los cantaba, se los ritualizaba.
En la provincia de Buenos Aires esa relación encontró su música. Fue milonga, cifra, estilo, huella. José Larralde hizo de la llanura de su Huanguelén natal una geografía de la memoria. Cuando sus canciones vuelven al pago aparecen como milonga, por ejemplo, “Piolín y mojarra”: “Como el agua que se evapora/ y sube al viento/ para mirar de arriba a la laguna /y volver a ser lluvia en otra parte/ transformándose en arroyo nuevamente”. El agua no necesita siquiera tener nombre en esta explicación de su ciclo. Está allí porque pertenece al lugar del que uno viene.
Omar Moreno Palacios construyó otro vocabulario del paisaje en su profundo “Criollo y soberano”: “Como en pedigüeña ida/ un arroyo de verano/ que termina en un pantano/ futura agua podrida/ renacuajos a medida/ de tifoideo paisaje”.
Antes, la literatura había hecho su parte. En Don Segundo Sombra, Ricardo Güiraldes hace que Fabio recuerde el remanso del arroyo donde solía bañarse. Cuando regresa a sus pagos, los olores del pasto y del agua participan del reconocimiento.
El arroyo era también eso: una manera de saber dónde estaba uno.
El agua tenía verbos, tal vez allí se encuentre una de las diferencias más profundas entre aquellos cursos y muchos de los nuestros.
Cruzar. Bañarse. Pescar. Abrevar. Caminar. Descansar. Jugar. Encontrarse. Enamorarse. Volver. Con el tiempo fuimos agregando otros. Entubar. Rectificar. Canalizar. Descargar. Contaminar. Evitar. Olvidar.
Entre unos y otros transcurre buena parte de la historia ambiental bonaerense.
Así, Divididos también canta, en “Agua en Buenos Aires”: “Llora el sauce sin talar/ chupa Atucha al río su canción”.
No se trata de imaginar un pasado perfecto. Los arroyos también se desbordaban y contaminaban. Había inundaciones, enfermedades y conflictos alrededor del agua. La vida rural que canta la milonga nunca fue una postal sin dificultades. Pero había una relación y eso es precisamente lo que empezamos a perder.
Las Conchitas fue el arroyo de Guillermo Hudson, entre Florencio Varela y Berazategui.
Antes de hablar de lo que ocurrió con sus aguas conviene detenerse en ese chico que creció cerca de ellas.
Guillermo Enrique Hudson nació en 1841 en Los Veinticinco Ombúes, en el actual territorio de Florencio Varela. Allí aprendió a mirar la pampa: los pastizales, los bañados, los árboles, los pájaros y los cursos de agua. Las Conchitas formaba parte concreta de aquel paisaje de infancia, junto a las tierras de su familia y a ese mundo natural que después convertiría en observación, memoria y literatura.
Por eso Las Conchitas no es simplemente un arroyo cercano a la casa de Hudson, es el paisaje de Hudson.
Mucho después de aquella infancia siguió siendo un lugar al que se iba. Hubo quintas y recreos sobre sus márgenes. Se pescaba. Se navegaba en pequeños botes. La gente se bañaba. En primavera llegaban familias en tren y caminaban hasta el arroyo para hacer picnic.
Los vecinos lo navegaron, lo pescaron, se bañaron en sus aguas. Después llegaron los otros verbos. Descargar. Contaminar. Evitar. Olvidar.
La ciudad creció, llegaron industrias, barrios, residuos y efluentes. Las Conchitas fue dejando lentamente de ser un destino. Los paisajes no desaparecen de un día para otro.
Primero una familia decide que ya no conviene bañarse. Después alguien deja de pescar. Un padre deja de llevar a su hijo. El bote queda en tierra. El picnic se hace en otro lado.
Hasta que una mañana el arroyo continúa pasando exactamente por el mismo lugar, pero nadie piensa ya en acercarse a él.
Quizás ésa sea una de las formas más profundas de la contaminación: un paisaje que pertenecía a todos pasa a ser disfrutado por nadie.
Y entonces Hudson adquiere una inesperada actualidad. Porque su mirada nos permite formular una pregunta que ningún análisis químico del agua puede responder por sí solo: ¿qué significaba ese territorio antes de que comenzáramos a perderlo?
Langueyú es otro arroyo que se debate entre producir sin perder el agua.
Tandil ofrece otra historia. Cuando pensamos en la ciudad aparecen las sierras, la piedra movediza y el salame. Paisaje y producción construyeron una identidad que Tandil lleva orgullosamente.
Desde esas mismas sierras también baja el agua, los arroyos Blanco y Del Fuerte forman parte del sistema del Langueyú. Con el crecimiento urbano, importantes tramos de aquellos cursos fueron entubados.
Fuera de la vista, comenzaron a pesar las aguas residuales de la ciudad, las plantas de tratamiento y efluentes de distintas actividades productivas, incluidas industrias alimenticias y establecimientos vinculados con la actividad cárnica.
Sería demasiado sencillo decir que el salamín contamina el arroyo. La pregunta es más interesante. ¿Cómo conseguimos que aquello que da trabajo, producción e identidad a una comunidad no termine degradando aquello que también forma parte de su identidad?
El Napostá debe esconder el agua. En Bahía Blanca ocurrió algo diferente.
El Napostá viene desde las sierras de Ventania y llega a una ciudad que creció alrededor y encima de su geografía. Una parte terminó entubada. En las inundaciones del 2025, ese arroyo oculto y olvidado se hizo presente con furia.
Es una de las paradojas de las ciudades modernas: cuando no sabemos convivir con el agua, muchas veces decidimos esconderla. Pero el agua no desaparece, sigue pasando.
Arriba circulan autos, alguien espera un colectivo. Debajo continúa corriendo un arroyo que alguna vez formó parte visible del paisaje.
Quizás recuperar un curso de agua no signifique siempre taparlo, sino calcular sus márgenes de inundación y convivirlo. No conducirlo, sino respetarle sus movimientos. Pero necesariamente significa volver a reconocer que existe.
En San Antonio de Areco, el agua es parte del pago y después está Areco. Allí todavía puede comprenderse por qué el agua ocupó un lugar tan persistente en la literatura y en la música de la llanura.
Los puentes, las barrancas, los caminos rurales, el río y los cursos menores siguen dialogando con un paisaje cultural asociado a Ricardo Güiraldes, a los paisanos, a los payadores y a la tradición gauchesca.
Areco importa porque no necesitamos que todos nuestros cursos de agua estén destruidos para comprender su valor.
Un arroyo no tiene que ser extraordinario para que lo conservemos. Puede alcanzar con que forme parte del pago y sus historias. Quizás la literatura pueda hacer precisamente eso: obligarnos a mirar nuevamente aquello que la costumbre volvió invisible.
Cerca de La Plata corre el arroyo El Pescado. Pastizales, humedales, vegetación ribereña, peces y aves todavía permiten reconocer allí buena parte del paisaje hídrico de la llanura bonaerense. Posee algo fundamental: gente que decidió mirarlo y cuidarlo, antes de perderlo.
Habitar Nuestro Salvaje es un colectivo de vecinos, artistas y profesionales que trabaja por la recuperación del arroyo El Pescado desde una perspectiva comunitaria e integral.
Que haya artistas junto a vecinos y profesionales no es un detalle menor. Porque recuperar un arroyo necesita conocimiento, planificación y trabajo ambiental, pero también imaginación.
Hace falta imaginar nuevamente qué podemos hacer junto al agua. Caminar. Mirar. Encontrarnos. Reconocer un pájaro. Sentarnos en una orilla. Contar una historia. Quizás hasta volver a cantar.
Y aquí aparece otro verbo. Habitar.
Después de los verbos del disfrute y de los verbos del deterioro aparecen los de la recuperación.
Habitar. Cuidar. Organizarse. Proteger. Restaurar. Volver.
De alguna manera, Hudson y estos vecinos, artistas y profesionales separados por más de un siglo, vuelven a encontrarse alrededor de una misma pregunta: ¿Cómo habitamos el lugar en el que vivimos?
Hudson aprendió a vivir aquel paisaje antes de escribirlo.
Habitar Nuestro Salvaje trabaja sobre un paisaje que todavía puede recuperarse. Las Conchitas nos muestra lo que sucede cuando dejamos de mirar.
El Pescado nos recuerda que todavía estamos a tiempo de volver al agua. Entonces la pregunta final ya no puede ser solamente qué les hicimos a nuestros arroyos.
Tenemos que preguntarnos qué ganaríamos si volviéramos a tenerlos en cuenta.
Ganaríamos agua de mejor calidad. Volverían plantas, insectos, peces, anfibios y pájaros. Recuperar vegetación en sus márgenes podría ayudarnos frente al calor y permitirnos convivir mejor con inundaciones y lluvias intensas.
Y ganaríamos algo más difícil de medir. Una costa. Un sendero. Una sombra. Un lugar donde caminar. Un sitio donde sentarnos a tomar mate.
La posibilidad de que un chico pueda acercarse al agua sin que alguien tenga que gritarle que se aleje. Quizás hasta algún bote.
Cuando contaminamos un arroyo no perdemos solamente agua. Perdemos paisaje, biodiversidad, memoria, perdemos espacio público y perdemos verbos. Dejamos de ir.
Y cuando una sociedad deja de ir hasta su arroyo, tarde o temprano también deja de verlo.
Por eso recuperar estos cursos no debería pensarse solamente como una obra hidráulica o de saneamiento. Se trata de reconstruir una relación. Que vuelvan los peces y los pájaros.
Que vuelvan los caminos hacia el agua. Que vuelvan las infancias.
Que vuelvan las palabras.
Y que alguna tarde, en algún pueblo o ciudad de la provincia de Buenos Aires, alguien vuelva a sentarse junto a un arroyo con una guitarra. No sabemos qué cantará, tampoco hace falta.
Alcanzará con que tenga nuevamente un arroyo al cual cantarle, como lo hizo Don Atahualpa Yupanqui: “Para el que mira sin ver/ la tierra es tierra nomás/ nada le dice la pampa/ ni el arroyo/ ni el sauzal/ pero la pampa es guitara/ que tiene hondo cantar/ hay que escucharla de adentro/ donde nace el manantial”.
Entonces quizás podamos decir que dejó de doler, porque volvió a cantar, porque pudimos ver.

