Los rotos
Por Miguel Frías | Imágenes: Eva Cabrera-Archivo
Todo, en la curiosa edición de Los rotos, del sello Factotum, tiene un porqué. La sobretapa arrancada de un tirón vertical, al medio: un corte rudimentario, manual, que fractura la imagen de Javier Milei en el balcón de la Rosada, de espaldas, el puño derecho aferrando el bastón presidencial; la mano izquierda con los dedos crispados, como cuando recorren -cada vez con mayor frecuencia- un diapasón imaginario en modo patas de arácnido; la nuca con el (des)peinado medusa, la banda presidencial oblicua. Debajo de esa media sobretapa (el hemisferio occidental de la foto), la tapa entera, con la misma imagen. Adentro, la mitad arrancada, el señalador, entre los dieciocho cuentos anónimos y no. ¿Cómo? Sabemos quiénes los escribieron (la lista figura en la página de créditos y en la contratapa), lo que no sabemos es a quién pertenece cada uno. Relatos colectivos fuenteovejunescos, aunque con nombres y apellidos, muchos bonaerenses. Luis Mey, Federico Jeanmaire, Inés Hopenhayn, Daniela Aguinsky, Debret Viana (a cargo de la coordinación editorial de la edición), Cecilia Azzolina, Haidu Kowski, Emmanuel Lorenzo, Sebastián Basualdo, Francisco Moulia, María Inés Bedia, María Belgrano, Hernán Pueyrredón, Julia Coria, Lala Sosa, Matías De Rioja, Ariel Toledo y Marcelo Utje. Gente de la literatura, uno de los tantísimos blancos de un presidente que siente que gana la batalla cultural, aunque pierda la de leer de corrido. Y el subtítulo de Los rotos, que funciona como mensaje en una botella lanzada al mar del día después: 18 fábulas desde el infierno libertario.
Lean el texto de contratapa: “Algo se rompió y la realidad se volvió una distopía abominable. Mientras somos gobernados por psicópatas improvisados y sumergidos en un infierno sin épica, esta antología coral surge como el testimonio de quienes son barridos por la tormenta. Dieciocho relatos que funcionan como fragmentos de una misma explosión: la de una sociedad arrasada por el tecnofeudalismo, la crueldad burocrática y el neoliberalismo más salvaje. Estos autores decidieron, en contra del individualismo extremo y el sálvese quien pueda, apostar por lo colectivo y compartir la autoría o, según quiera verse, el anonimato de estas aguafuertes de una sociedad puesta en jaque”.
Pasemos ahora a la breve “Nota de envío”, el prefacio, un manifiesto:
“La rotura es la costura que une las partes desahuciadas de una sociedad convaleciente. Algo se nos rompió, de un tiempo a esta parte, del lado de afuera y del lado de adentro, y ese lugar que hicimos entre todos, la realidad, se volvió una distopía abominable.
Estamos en ese peculiar intervalo gramsciano: el mundo nuevo todavía no nace y el mundo viejo no termina de morir. Es, lo dicen muchos, el territorio más fértil para los monstruos: y si bien no es seguro que el mundo viejo caiga sin llevarnos puestos, como tampoco es del todo claro si el mundo nuevo vale la pena (lo que desde aquí se ve es fétido y hediondo), pensamos esta antología como un intento de articular las aristas del presente desde la arcilla más cargada de profecía que teníamos a mano: la ficción.
Desde luego, tuvimos que lidiar con dificultades. Tan atroces son estos tiempos, tan inverosímiles en su disparate, que narrarlos presupone una obra literaria obtusa, cacofónica e ilegible. No es sencillo contar el tornado cuando estamos siendo arrastrados por él. Pero la literatura no es sólo un modo de comprender lo que pasa. Es también una manera de vislumbrar lo no visible. Por eso nos arrojamos a la tarea incómoda de intentar darle un lenguaje a estos días hostiles. La premisa era espinosa: hablar antes de que sea tarde; no retratar, por ejemplo, el 2001 desde la comodidad del futuro, en el que el caos del momento ya se asentó, sino darle lugar al estallante presente mientras todo, como en mitad de un accidente, está todavía por los aires y colisionando.
Si bien cada segundo de nuestras vidas puede ser el comienzo de algo incierto, lo cierto es que eso, estadísticamente, no es así, y los segundos se parecen a los segundos. Sin embargo, no es insensato ver que hoy sí estamos en una disyuntiva colosal: no en vano el 27 de enero de 2026 el reloj del fin del mundo fue colocado por la comunidad de científicos atómicos a 85 segundos para medianoche: el punto más cercano que la humanidad ha estado de su propio exterminio. Nuestra vida y la del planeta no solo dependen de algunas tecnologías que podrían partir la Tierra en dos, sino de psicópatas con el poder de hacer arder todo lo que de la humanidad valía la pena.
El peligro, estimado lector, es real. Y como la irracionalidad impera, y como los imbéciles moldean la realidad a su imagen y semejanza, como sucios dioses lúmpenes, nosotros buscamos refugio y comunidad en libros, en el lenguaje, en la narrativa y, sobre todo, en los lectores. Estos cuentos quieren decir esta época y, si no prevenirla, al menos dejar claras las coordenadas del derrumbe, para que alguien, en algún futuro improbable, recoja lo que había de bello y no repita los horrores que diezman estos días.
Los cuentos que vienen a continuación ocurren en algún distrito del infierno libertario, en el particular cadalso que se volvió nuestro país bajo el gobierno de Milei. Son muchas las catástrofes que nos llevaron hasta aquí y no son pocas las que faltan. Los cuentos indagan a veces el origen de nuestras calamidades, y otras veces deliran terribles distopías futuras que por desgracia suenan hoy demasiado plausibles. A veces recogen un detalle de la crueldad de estos días, y otras veces señalan la contradicción de nuestros males. Hay algún cuento esperanzado, a qué negarlo: es casi ciencia ficción. Algún cuento se preguntará si el bullying que le hicieron al susodicho por ser tan mal arquero le dio el resentimiento y la locura como para esparcir su daño a nivel nacional, o si las causas no están eu un pacto con el diablo.
Todo lo que en el mundo racional era absurdo hoy ha dejado de serlo. Por eso, lector, te pedimos que suspendas la incredulidad. ¿O acaso es verosímil que te gobierne un panelista de la tele, o que una cosplayer terraplanista maneje un bloque del Congreso, o que una ex pastelera sin aportes tributarios maneje la caja de un país sin haber siquiera administrado el consorcio de un PH? Estamos más allá de las literaturas, en la inminencia de cataclismos que ni Philip K. Dick, ni Kafka, ni Orwell pudieron prever, por haberse vuelto nuestros destinos demasiado imbéciles.
Es, por tanto, indispensable que la literatura de hoy dé las respuestas para los conflictos de hoy. Esta antología es nuestro testimonio: así fracasamos. Y lo hacemos con elegancia y altura, porque triunfar en una época miserable sería triste y nos impediría contar el fracaso del mundo que soñamos, el modo en que se rompió y su desmembramiento.
Y no es por eso por lo que no hemos firmado los cuentos. El anonimato obedece a un motivo más sutil: que cada voz sea parte de una voz colectiva, que el tono, la prosa o la desesperación sean, no de alguien, sino de un intento de la época por pensarse y darle forma a algo que responda al horror. Los rotos somos un síntoma y no un individuo. Somos, de alguna manera, el rastro de la agonía de la comunidad. Y como hoy lo roto abunda (se rompió el pacto social, la democracia, la economía, el Estado de Derecho, el respeto a la inteligencia, el conocimiento y la ciencia, las vincularidades, la posibilidad de un futuro, las cuentas bancarias, la soberanía, la idea de patria, los derechos laborales, los derechos humanos y, según el presiduende, los anos de los “mandriles” que reclaman un país soberano), la rotura acaba siendo la distancia que nos une y que nos vincula. Estos cuentos están imantados con la misma tonalidad: la de quienes son barridos del mundo y aúllan mientras caen.

