“Nuestra tierra”, de Lucrecia Martel

La realizadora salteña aborda, en su primer documental, “Nuestra tierra”, el asesinato de Javier Chocobar y la lucha de los pueblos originarios en defensa de sus derechos. El film, que le llevó catorce años, es el regreso de la extraordinaria directora después de “Zama”

Por Hugo F. Sánchez | Imágenes: Prensa

Casi una década después de Zama, su última película, Lucrecia Martel estrena Nuestra tierra, un documental sobre el asesinato del cacique Javier Chocobar, un crimen ocurrido el 2009 que tuvo como disparador la voracidad empresaria minera por explotar el territorio en donde se asienta la Comunidad Indígena Chuschagasta en Tucumán.

   En el comienzo Mercedes Sosa canta “Señor, ten piedad de nosotros” de la Misa criolla de Ariel Ramírez, mientras en la pantalla se ve al planeta desde la perspectiva de las cámaras instaladas en satélites artificiales. Luego la cámara baja a los campos vírgenes, a otros cultivados, hasta llegar a una cancha de fútbol en el medio de los cerros, un comienzo sobrecogedor de la belleza de la naturaleza antes de entrar al universo de lo humano.

    El 12 de octubre de 2009 Darío “el Turco” Amin y sus cómplices, los ex policías José Valdivieso y Luis Humberto “El Niño” Gómez, irrumpieron en las tierras de los diaguitas de Tucumán con la intención de desalojarlos y así desarrollar una explotación minera. Allí se produjo el asesinato de Javier Chocobar, que curiosamente quedó filmado por los propios asesinos y sirvió de prueba en el juicio que se desarrolló recién en 2018, en el que Amín fue condenado 22 años de prisión, Gómez a dieciocho y Valdivieso a seis.

    Sin embargo, desde la prisión preventiva los condenados apelaron y quedaron en libertad en 2020. Un año después, Amín murió durante la pandemia de covid, mientras que el año pasado los dos condenados restantes volvieron a la cárcel con la sentencia confirmada por la Suprema Corte de Justicia.

    Más allá de las idas y vueltas procesales, se trata de mostrar las monstruosas injusticias de siglos condensadas en el asesinato de Chocobar, la tierra como fuente de riqueza y de dominación del poder, primero de la colonia y después de un estado que se construyó en torno a esos cimientos erigidos en torno a la desigualdad, el racismo y la dominación.

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    “Lo que da origen a esta película es el asesinato de una persona que estaba defendiendo lo que tradicionalmente es su lugar, es algo que ha pasado en los últimos 200 años de nuestro país”, señaló Martel en la conferencia de prensa posterior a la proyección de la su película para la prensa. “Como país tenemos que ver este tema de la tierra como un continuo problema al que alguna vez le tenemos que encontrar una solución”, completó la realizadora.

    Ante la pregunta de Pampa sobre si Nuestra tierra podría tomarse como una continuación de Zama, en cuanto al colonialismo y situaciones que se arrastran hasta el presente, la directora respondió tajante: “La colonia fue un problema hasta 1810, después es un problema nuestro lo que inventamos, que fue una nación que con distintos argumentos despreció al indio y su descendencia”.

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Respetada y venerada en la comunidad cinéfila mundial, cada película de la salteña excedió los márgenes más o menos amplios del cine para desbordar hacia otros territorios del debate público, como la decadencia de cierta clase social acomodada de provincias (La ciénaga), las partes iguales de deseo y culpa esmerilándose mutuamente en la vida de una joven devota (La niña santa), la inesperada pausa que supone un incidente trágico en la vida de una burguesa (La mujer sin cabeza) y la insoportable crueldad del colonialismo en las Américas (Zama, basada en la novela de Antonio Di Benedetto).

   Pero con Nuestra tierra -que requirió nada menos que catorce años de trabajo hasta encontrar el tono justo del relato-, la directora más importante de la Argentina busca especialmente generar un debate público sobre la construcción del país, desde la época de la colonia hasta nuestros días, dirigiendo su mirada sobre las acciones que se tomaron como país para invisibilizar a comunidades indígenas enteras e instalar la idea de un país “limpio” de pueblos originarios.

   En ese sentido Martel plantea que la idea dominante y aceptada casi como un hecho irrefutable es que en el siglo XlX se produjo un genocidio que significó la desaparición definitiva de las comunidades indígenas en el país, un consenso que generó el espanto ante la magnitud de la tragedia, pero, paradójicamente, desde esa unanimidad tácita también ancló en el inconsciente colectivo cierta tranquilidad ante la resolución de un conflicto que ya no tiene ramificaciones hasta el presente y por ende, no constituye una amenaza.

   Pero la comunidad Chuschagasta existe, al igual que otros tantos pueblos despojados de su identidad que tuvieron que emigrar, comunidades enteras que trabajaron y trabajan en diferentes oficios para sobrevivir. Y también para vivir, para darse algún gusto, como muestran las fotos añejas de un orgulloso y joven Javier Chocobar de traje, imágenes tomadas con su propia cámara comprada con mucho esfuerzo como pelador de cañas en Tucumán. 

   Esa foto, como muchas otras que se ven en Nuestra tierra, es otro de los hallazgos de la puesta, porque a través de esas imágenes la comunidad toma carnadura, vida y goce más allá del sufrimiento. Los archivos fotográficos de las familias comuneras (“que siempre conocemos en desesperación, llorando porque mataron a alguien o porque los sacaron de sus tierras”, como dice Martel), muestran la vida familiar y en sociedad y abren un segmento dentro del relato bellísimo sobre una historia posible del siglo XX, con escenas en diferentes actividades del mundo del trabajo, fiestas, bailes, ropas elegantes y sonrisas de felicidad.

   Todo ese archivo forma parte de una puesta muy pensada, en la que conviven y se complementan las estremecedoras imágenes del momento en el que muere Javier Chocobar (videos tomados por los propios asesinos), con la reconstrucción del crimen que realizan con drones la policía y el poder judicial. Y, claro, las tomas que elige la cineasta para reflejar lo hermoso del lugar, una decisión que se hermana con la cosmovisión de los chuschas, que eligen dónde vivir de acuerdo a la belleza del entorno y no por la conveniencia de algún factor práctico como la cercanía del agua.

“Hay una intolerancia a que un pobre sea beneficiario de la belleza”, sentencia la directora. Con el manejo virtuoso del espacio, de los tiempos, con sus señalamientos morales, con la conciencia de una continuidad histórica que perpetúa la injusticia y sin prescindir de una poética propia, en donde el thriller judicial y la denuncia del cine explícitamente político contribuyen a tomar conciencia, Nuestra tierra es una de esas obras ineludibles para comprender el presente.